Un haz de luz, en forma de relámpago, una grieta. Una daga en la espalda, bien clavada. Una mirada furtiva, de las que duelen. Una bomba en forma de fuego griego que dilapide la madera de un barco pirata. Así, como empiezan los desastres. Así, como acaban todos los finales. Puede que no fuera tan espectacular, ni tan certero, pero se ha abierto lo que bajo siete llaves llevaba años a buen recaudo. Y ahora qué queda, qué me queda. Si solo importa lo que tenga, y no es lo que posea, sino lo que tenga: aquí arriba, en mi cabeza; aquí adentro, en mi pecho; aquí fuera, en las manos, en los ojos. Más allá de lo que toco, veo, escucho y pienso, es un mar enfurecido, una isla desierta, un apocalipsis, una montaña maldita, un rastro de sangre seca. Ya uno se cansa de los juegos y de las juergas, solo quiere versos, palabras, poesía, bastante tiempo como para darse el lujo de perderlo. Ser libre de toda carga, morir solo, vivir para recordarlo, mancharse de lodo, limpiarse el barro, quemar cada foto y acostar no para dormir, sino para escuchar en bucle las canciones que escuchaste pensando en mí.
Gregorio S. Díaz "Como acaban los finales"

