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28 de abril de 2026

Madera

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La providencia me insufla de nuevo aire, como cada primavera. Recupero la consciencia y no me he movido ni un centímetro del pedestal que me sostiene sobre la faz de esta Tierra. Mis ojos se iluminan por el brillo de la vida, aunque de piernas hacia abajo esté hecha solamente de astillas de madera, bien cubiertas por el manto bordado en oro por el alma inmaterial de este pueblo.

Otra vez abril y siempre las mismas dudas: a ratos sale el sol, luego huelo la húmeda lluvia. No hay tormenta que les impida llenar mi anda de plata de flores ni mecerme entre sus brazos o cantarme la misma canción que conozco de memoria desde hace siglos. 

Me rodea la eterna gente de siempre—veo a sus ancestros, que los acompañan—, llevan grabado mi nombre en sus cuerpos, mi cara en sus pañuelos. Tiñen de rojo y amarillo la noche, me abren un camino de fuego que recorro empujada por las manos cálidas de quienes no me dejarán caer al suelo. Disparan sus salvas, resuenan como rayos las dulces descargas que protegen mi sendero. El viento arrastra hasta mis labios los restos de la pólvora que cubre, como un manto, el cielo. A mis pies se posan las cenizas negras de todos los que fueron y ya no están.

Siempre es igual y siempre es distinto. Hay un chiquillo que corretea a su madre. Imita los golpes del tambor con sus finos dedos. Me recuerda a su abuelo, con el mismo hoyuelo en la barbilla, el mismo deseo de agitar los palillos en un eco eterno. Uno de los tiraores hace un gesto serio y deja de disparar su arcabuz moderno. Se planta con él y pierde los ojos, durante unos minutos, en el tiempo. Vuelve de su trance y reinicia su promesa de amor verdadero: continuar hasta el final, así le tiemble todo el cuerpo. Una mujer, ya muy mayor, llora desconsolada en la puerta de su casa ante mi imponente paso. Yo sé por qué lo hace, yo sé que memorias le traigo, porque era la misma que, de mozuela, ayudaba a su madre a colocarme la corona de la que todavía hago gala.

Todo se vuelve silencio, más oscuro y denso. Todo el mundo mira en su interior, como un presagio pasado. La gente huye, despavorida, hacia el Portichuelo. A mí también me recorren los nervios, como a esos muchachos que tiritan sin motivo. Una salva a mi nombre, Remedios, y salgo a correr sostenida sobre sus espaldas. Me llevan en volandas por el camino que siempre ha sido mío. Llegamos a ver el campo y lloro ante los jadeos, las sonrisas, los besos, los aplausos. Se va acabando el divino milagro. Lo presiento. Al unísono mi pueblo entero canta la canción que quita los miedos. Todos me quieren, y yo a ellos. Todos me cantan, y yo velo por sus sueños. Siempre serán mis fieles hijos, y yo la Madre que nunca dejará de acompañarlos. 

Y entonces lo veo. Todavía se encuentra recuperando el aliento, colocándose bien el traje de tiraor, ajustándose el sombrero, revisando sus manos negras, apretándose el cinto. Mientras todos cantan, él me mira. Por un momento quiero responderle: ponerle la mano en la cabeza, sentir sus latidos desbocados, llenarle de serenidad y sosiego. 
Y lo miro, muevo mis ojos para que sepa que estoy escuchando todos sus ruegos. Él, confuso, contiene las lágrimas que derrama como puños cuando agacha la cara y se marcha. Porque se reinicia el jaleo. Él es el primero que dispara justo a mi lado, se vuelve hacia mí cuando ha acabado y me deja el corazón encogido.

Agotada, aguanto el porte antes de volver a mi inexpugnable templo. Veo que, aunque todo ha cambiado, nada lo ha hecho. Y me alegro. Me despido de mi pueblo, de mis leales guerreros, del milagro que me devuelve, cada año, a esta vida mitad divina, mitad madera.


Gregorio S. Díaz "Madera"


 

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