Embadurnarnos con al aroma presente, enfundarnos en la libertad y la inocencia que creemos asir con nuestros dedos, nos aletarga, nos pesa sobre el alma, hace olvidar la verdad que ya hemos olvidado. Que somos hijos de un tiempo que ya fue, en un presente que ya es un viejo pasado. Porque pertenecemos a la tercera—puede que a la cuarta—generación que vive después de la guerra. La vida que disfrutamos no es más que lo que nos separa de aquella guerra. Unos la padecieron, y reconstruyeron Europa. Los partisanos italianos, los alemanes resignados, los franceses rearmados. Otros la disfrutaron y piensan ahora que fueron los años dorados. Los veranos suaves y tranquilos, el trabajo seguro, en la fábrica, el fútbol no alterado por el dinero, la moda cambiante de estilo, la televisión, la lectura, la educación del obrero. Nosotros nacimos en entretiempo, en los noventa, cuando todo se derrumbó y el mundo entró en un futuro sin rumbo. Ya no hay historia, porque no la hacemos. Nos la arrebataron, nos hacen y nos deshacen, no hay conciencia, ni de ser humanos, ni de pertenecer a una clase. La URSS cayó, sus herederos europeos abandonaron el sueño de la emancipación que iniciaron tantos y tantos hace doscientos años. De los ochenta tan solo queda música que permite viajar en el tiempo; de los setenta vuelven los pantalones de campana, los ritmos acartonados, los videoclips hipnóticos, la excentricidad; de los sesenta solo el sexo, las drogas y el desenfreno, a quienes hemos alzado en los altares, a los que dedicamos nuestras plegarias, por quienes nos desvestimos los sábados y arrepentimos los domingos. No hay canciones de lucha, de protesta, de rebeldía, solo ruido, seco, letras polvorientas, repetitivas, destructivas, que dejan dolor de cabeza. No hay amor de los que traspasan la barrera del tiempo, ni juventud aireada en un bosque encantado, en un pueblo lleno de vida. Viven en casas yermas, llenas de pantallas, sin libros, ni bravas historias, tampoco besos. Por no haber, no hay esperanza ni futuro, solo nostalgia de quienes nacimos lejos de la guerra, pero cerca de ella. Nuestro tiempo es una encrucijada. El hoy ya no nos pertenece porque es oscuro. No sé si llegaremos a ver el mañana, porque está teñido de rojo, de odio, de muerte, de desencuentro, de rabias contenidas, de ira no encauzada. Unos nacimos tarde, otros se fueron porque ya nos vieron. Ahora toca vivir lo que los muertos ya sufrieron.
Gregorio S. Díaz "Tercera o cuarta generación"

