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26 de septiembre de 2026

Una mujer sin sombrero

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El tiempo flota en el agua, errante velero de velas negras. Una mujer, elegante, sin sombrero, apoyada en la baranda, deja sus faldas libres al viento de otro septiembre. Saboreando la sal en la humedad, se pierde en su forma de amar—en lo que fue capaz de querer y llorar— admirando el temblor de las olas oscuras. Hacia el polvo va, sin remedio, y maldice su sino. Recuerda que dejó pasar lo que no tuvo. No fue por cobardía, sí por el simple hecho de vivir, ver las horas correr, sorprender a otra arruga tardía. Titila una luz, el mar se estremece, enfurecido. Porque ella no puede volver a ser la niña que sonreía, ni atisbar en la lejanía el acantilado de una noche de finales de verano en las que las mariposas le regalaron un baile inolvidable. El silbido de los pasillos es solo un eco que no trae asociado un nítido recuerdo. Ni siquiera aquel primer tímido beso. Porque ni el salitre impide que huela a tierra mojada, a olivo empapado, a calles de pueblo eternas, a tardes de invierno nubosas, a carros de compra en la madrugada, a colgantes erosionados y fotos enlatadas, a paseos cuadrados, años en círculos, escaleras rodadas. A labios profundos, instantes de pudor, lujuria contenida, vida que no pudo crear otra vida. Semilla que no reblandeció, que no pudo germinar y se quedó en condición de posibilidad. Intentos en vano de unir dos almas, un hilo rojo, como si se pudieran forzar las manecillas del reloj, cambiar de posición a los leones de la gran fuente, provocar el terremoto que unirá la llave y la mano de diferentes frontones. El velero flota ahora por todo ese tiempo. Una mujer sin sombrero me dice adiós y con los ojos me pide perdón. Levanto mi copa y brindo por los dos.


Gregorio S. Díaz "Una mujer sin sombrero"






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