¿Y si fuéramos como el poeta y la granjera que tuvieron un idilio hace siglos? Yo, embutido en mis libros, aburrido, leyendo y escribiendo lo que aún no existe, creando lo que perdurará por años, pero no más de unos cuantos. Tú, fiel a un gato gris desaparecido, que te perseguía desde niña por el pasto, por el huerto, por el bosque, por el sendero que llevaba a un cortijo lejano. Dijeron lo mismo de mí que de aquel: que, sin oficio ni beneficio, sin ganas de querer callos en las manos, sin atisbos de doblar el lomo, de trabajar como un burro los cercados… me iba a morir de hambre, que no iba a tener a nuestros hijos nada qué darles. Aquí me veo, ahora, viviendo no del aire, no de las palabras, sí de lo que enseño, como preceptor, que es más que jornadas de sol a sol a temporales, sino la siembra de la semilla para subvertir este podrido orden. Porque dijeron lo mismo de ti que de aquella: que lanzabas maldiciones con la mirada, que a escondidas dabas órdenes a todos los animales, que se posaban sobre ti las mariposas y no te importaba que te rozaran las ortigas salvajes, que podías comunicarte en sueños con quienes ya no viven y lo hacen más allá de este universo. Que me habías vencido con un embrujo y tizando mi sangre de negro, quebrando mi voluntad con tus desaires. Y, a decir verdad, nada de eso era cierto. No hubo nada sobrenatural, ni inhumano. Ni magia negra ni ojos ciegos por una venda. No podían entender los que de estas cosas no comprenden, que nos habíamos visto, olido y amado. Que los cuerpos bajo nuestras manos perdieron sus límites y, fundidos, se rindieron al deseo, porque no nos pertenecían, todas las personas que ya fuimos nos los prestaron. Que, bajo esa capa de carne, sudor y huesos, residían no sé cuántos gramos de lo que fuimos tiempo atrás. Porque entre tus muslos, subiendo por el ombligo, cerca de tu boca, hallé la puerta a siete paraísos. Nos elevamos, intuyendo el futuro. Impacientes, esperamos el golpe definitivo de un tiempo hostil y de un macabro destino. No fraguaron las promesas ni los juramentos que con llave sellamos, cayeron en el olvido, quizá, cuando dejamos de ser aquellos niños. Tal vez no hayamos vuelto a sonreír como entonces, con aquella pureza; puede que más, pero no lo mismo, no con esa esencia. Y aquello, ahora sé, no fueron ni maldiciones ni hechizos. Fue amor. Sin ambages, sin prejuicios. Fue amor, genuino y primigenio, sin delirios. Como el de la granjera y el poeta. Como el que todavía pervive en los libros…
Gregorio S. Díaz "Como la granjera y el poeta"

