Musas

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domingo, 18 de febrero de 2018

Si me dejas

Si me dejaras, solo si me dejaras. Si me dejas, pintaría todas las letras que escribo, de colores. Para ver si así saltan y bailan, entre tus miedos y mis penas, como si al unirse te hicieran un ramo de flores. Si me dejas, puedo romper el tiempo. Machacar el eje cronológico que nos ha traído a este ahora y que nos negó la vida en su momento. Marcar con una ‘x’ todas las casillas en las que he caído por puro azar, no por gusto ni placer, para no volver a caer. Revertiría todos los días que pasamos, porque fueron los mismos que, en realidad, nos mataron. Si me dejas, y hablo en serio, prometo obviarlo. No olvidarlo. Obviarlo. Si me dejas, puedo contarte todo lo que he aprendido en este lapso en el que he crecido, y en el que desde el primer instante he estado perdido. Si me dejas, quiero enseñarte mis manos. Limpias, vacías, a veces llenas. Mis ojos, no mentirosos. Las palabras más verdaderas. No solo lo que soy, sino cómo me he construido. Si me dejas, solo si quieres y me dejas, no será el último libro que tengas sobre tu regazo con tu nombre en la dedicatoria. Si me dejas comer ese eterno helado nuestro de tu boca, te debo un abrazo de esos que hasta llega a doler el pecho. Si me dejas…Pero yo también tengo que dejarme. Si yo me dejara llevar, como de costumbre me has dicho…Si yo te diera la mano o un tímido beso, repentino, en la cara y en los labios…Si lo hago mientras que te enseño nuestra historia…quizá siempre te quede en la memoria. Solo así podremos descubrir si solo es una tarde más, o la primera de todas…

Gregorio S. Díaz "Si me dejas"

miércoles, 14 de febrero de 2018

Una cana blanca al cielo.

Una cana blanca, que un día fue rubia, sube en forma de polvo hacia el cielo. Uno podría imaginarse que, por la vida que ha llevado, su lugar sería el infierno. Estoy seguro de que conocería cada una de sus calles, cada uno de sus recovecos. Cada palmo de esa tierra quemada, de esa música alta, de esas pastillas de colores, de esa cerveza caliente, mala, de esas mujeres interesadas, de ese dinero que nunca y siempre tuvo, que fue como una navaja. Que lo sedujo de tal manera que lo llevó a pasar media vida entre rejas. No. En el infierno ya estuvo. De él, más bien, no se ha movido. Atrás quedan las chupas de cuero y las camisas rajadas. Los puños bien cerrados, marcados en mandíbulas ajenas, las palmas levantadas. La adrenalina al huir, con el sonido a sus espaldas de la policía y sus sirenas. Atrás quedó creerse el rey del mundo, porque solo fue el dueño del instante, ese que se va rápido, que no existe. Lejos de ese mundanal ruido, siempre ha sido un cordero herido. Ha ido derramando, hasta el día en que definitivamente ha dormido, toda la sangre que no es suya, pero que siempre por las venas le ha corrido. Fue calmando el dolor de verse arrebatado de su otra idéntica mitad, con más dolor, con lo mismo a lo que un día la vida los acostumbró a los dos. Dando tumbos, sintiéndose culpable, tal vez, nostálgico y triste, por todo el mundo. Siguiendo haciendo girar la ruleta. A ver hasta donde era capaz de aguantar y de llevarle la mala cabeza que tenía por veleta. No. El diablo no busca esas almas. Demasiada inocencia para tan enorme tarea. Ellos dos, al fin, caminan de la mano sobre las nubes blancas, planeando nuevas travesuras…


Gregorio S. Díaz "Una cana blanca al cielo"

lunes, 5 de febrero de 2018

Mi letra y mi firma.

Es noche, noche cerrada. Hace frío de nieve y pasan rápido las líneas delgadas y entrecortadas de la carretera, que está helada. La música suena, muy alta. La conducción es agresiva, entre la tenue luz roja del interior y las curvas cerradas. Las calles están completamente vacías, las casas, blancas, no solo por la nieve sino también por sus fachadas, se erigen como anónimas protagonistas. Estás ahí, en la parada del bus, esperando a que llegue, inclinando a destiempo las rodillas, combatiendo la sensación térmica de menos siete grados. Hasta veo tu respirar blanco a través de la ventanilla. “Tengo los pies helados”, dices cuando entras y te quitas del cuello tu nuevo pañuelo, dejando al aire tu pelo largo y las orejas, rojas. Luego me miras, y nos quedamos callados, como paralizados, tras tanto tiempo sin mirarnos a los ojos y conocernos solo a través de las letras del teclado. Me das, al final, los dos besos de rigor y haces una de tus bromas. Te metes conmigo, me quejo y me río. Meto primera. Cuando el aire del coche te calienta, te digo que abras tu regalo, que está en la guantera: un libro que siempre he esperado que leyeras y tú siempre has postergado, como problema. Tiene mi letra y mi firma. También tu nombre en la dedicatoria. Al lado de unas gracias en mayúsculas y un perdón omitido, pero implícito. Ahí estás tú, entre esas líneas. Todo por ti y por las lecciones de vida que tanto tú como el tiempo que nos ha pasado por encima me han enseñado. Lo demás, todo lo demás, las copas, las sonrisas, tus palabras y las mías, el abrazo que no es beso y el beso que se torna abrazo, las dejo al azar, porque pueden ser, pero no serán. Ni me leerás, ni en el asiento contiguo te sentarás. No sé si te podré firmar. Lo que sí sé es que no te vuelvo a empezar. Que no te voy a abrir mi corazón, ni mi mente, en canal, como otras tantas veces. No tocaré tu pelo rubio, solo de él me tendré que acordar.

Gregorio S. Díaz "Mi letra y mi firma."

martes, 30 de enero de 2018

Ya no le teme a nada.

Ya no le teme a nada, porque a nada ha de temer. Lo que le venga, le viene, lo que se fue, no vuelve, solo fue. Ya no le teme a nada. Ni a las más tormentas caprichosas que él busca, a sabiendas que lo pueden hacer volar y hacer daño. Ni al mar enfurecido, que se resiste, a ver si es capaz de crecer tanto para que pueda engullírselo entero, de un bocado. Ya no le teme a todo lo que un día temió. Que más le da ya, si sale a la luz su etiqueta o si se dirigen a él a partir de ella. Oídos sordos, ojos llorosos. Es lo que es, y punto. Da igual que el eje de la tierra se parta, o deje de girar el planeta. Que se detenga, o que continúe con su imparable movimiento. Incluso que llegue el fin del mundo, a él se arrastraría, sin perder un segundo, dejando de lado todos los planes locos que allá por la lejana juventud hizo. A todo, de verdad, ha perdido el miedo. También a lo que más terror genera en la sociedad marchitada: la Muerte. A una Jeannette de labios rojos y azules ojos, besaría sin más, cualquier tarde negra y triste de domingo. Ya no le importa si jamás vuelve ella, o si se queda solo. No le tiene miedo a que no llegue ninguna, ni si quiera a la perfecta que hasta el día de ayer esperaba y hoy se cansó de hacerlo. Total, si cada vez que vienen ellas le arrebatan algo, le dejan más vacío, le quitan lo poco que de él le queda. Ya no le teme al tiempo y su destino. Está harto ya del casi cuarto de siglo, de un siglo que nunca quiso vivir, que no sabe aprovechar y que solo le permite perderse entre palabras en lo que fue y, a veces, solo a veces, a lo que nunca será. Prefiere soledad y libros, leer acompañado de tenue música y un caliente café. No solo buscando cultura, sino armas. Mecanismos para luchar contra esta estafa de sistema. Buscando la revolución, a sabiendas que eso le hará perder lo que le queda. Pero ya que no le teme a nada, por qué no regalar su vida a causas malditas. No utópicas. Malditas. Con sangre y con tinta de la mentira tendrán que escribir su historia. 

Gregorio S. Díaz "Ya no le teme a nada"

jueves, 25 de enero de 2018

Milán.

En Milán siempre es de noche. Incluso antes de llegar, todo era densa niebla, luz amarilla y oscuridad. En Milán siempre es de noche, y no solo desde las cinco de la tarde. Los Alpes, cierto es, la quieren iluminar con el manto de nieve, observándola en la lejanía. Pero allí, en la ciudad, donde los coches se aglutinan, donde los turistas preguntan y donde los milaneses solo caminan, ahí, ahí siempre es de noche. Milán, a decir verdad, es como una eterna postal. Tiene mil caras, todas tan parecidas, que puedes perderte en ellas, sin haberte movido del mismo lugar. No te miento, posee ojos en todas sus ventanas. Ojos que han visto pasar tanta gente distinta, tantas generaciones…que llevan el alma de su Historia impresa en las volutas de todos sus balcones. Milán huele a lo que quieras que huela. Lo mismo huele a pizza que a especias. A incienso, a sudor y a palacio cerrado. Huele a Stéfano, a chino y a tranvía quemado. No me olió nunca a ti, ni a nada que se te parezca. Pero, sobre todo, sobre todo, Milán huele a tierra mojada. A una lluvia lenta, que no cesa, que hasta los huesos empapa. De nada te sirven los paraguas. Sin embargo, Milán no me sabe a Roma. Tiene más de Praga que de Sicilia. Y eso que no he tenido el privilegio de visitarlas. No sé cómo explicártelo, pero Milán es más centroeuropea que mediterránea. Es más trágica y mucho más fría. Milán es tan fría que ella misma tirita. Para darse calor en los largos inviernos, creo, se ha construido a sí misma. Tiene un arco de la paz, como así lo llaman, y, ¿te lo puedes creer? Conmemora una guerra. Es de cuando Italia no era Italia, sino solo pedacitos de lo que hoy es ella.  Un castillo, en el que se gastaron más monedas de oro de lo que podamos imaginarnos. Es tan inmenso y tiene tanta magia, que no merece el apellido de un linaje de la nobleza. Ellos no levantaron sus muros. Ahí dentro no me sentí rey, ni señor de vasallos, tampoco príncipe ni caballero. Me sentí campesino. Sucio, andrajoso, de todo despojado. Sonriendo, pues te tenía como campesina, de esas que son desheredadas. Aquellos laberintos de piedra, por desgracia, hoy ya solo lo recorren sombras. Zombis con flash, que solo piensan en la épica medieval. Un castillo que parece artificial, lo ha engullido toda la ciudad de Milán. Luego está la catedral y sus tejados. Toda ella, con sus picos, esculturas y con todo su misterio, tiene a la Luna siempre de su lado. Ahí es muy fácil sentirse un gato. Famélico, tuerto, hambriento, sacado de siglos donde las brujas ardían como si fueran cristos en maderos…

Milán es más bonita en Navidad, la noche de fin de año. Es más fría, también es verdad. Ni el café calienta, ni el abrigo resguarda del viento que aprieta. Milán, esa noche, tiene algo de sórdida. El halo extraño de estar cerca de casa y, a la vez, a miles de kilómetros. Milán llena copas que no te puedes beber, y que son caras al pagar. Tiene luces que no puedes ver en su totalidad y tiene un tiempo un tiempo que es imposible de detener. Tiene vida propia y te llega a tomar, que te pierde, con el peligro de nunca más volver. Milán no es solo una canción que habla de ti, ni un día que llega y te cambia la perspectiva. Pero Milán sí que es la dirección a la vida. Milán, a fin de cuentas, es una mujer que te vuelve loco. De verdes ojos, cabellos rubios y botas altas. Con falda de Minie, rímel y labios muy rojos. Dispuesta a todo por ella misma, y que le den al que no lo quiera así. Milán es esa mujer que no baila moviendo las piernas, sino que lo hace moviendo la lengua, con ese acento que no solo al corazón, sino a las más burdas pasiones, despierta. Milán lo es todo en este dieciocho, todo menos tú. Milán es más mía que nuestra. Milán no es solo la Piedad y el arte. Milán es todo lo que un día quise y no supe mostrarte…

Gregorio S. Díaz "Milán"




viernes, 19 de enero de 2018

Todavía me queda.

Ese cierto regusto a amargo que dejan, al amanecer, al despertar, los sueños. Como si al abrir los ojos se fueran, poco a poco, a un sitio recóndito, del que jamás van a regresar.  A partir de letras, solo me queda, intentarlos rescatar. Era todo desconocido. Hacía frío y te abrazaba, dando tumbos por aeropuertos y estaciones de metro. Volvíamos, creo, del mapa que durante los últimos años habíamos recorrido. Volvíamos, ahora estoy seguro, a los lugares que sí puedo darles forma con la mente. Volvíamos a un hogar caliente, a una habitación, la mía, completa y rellena de libros y de buena suerte. Toda ella, aunque parecía la misma, era totalmente diferente. Más viva, más iluminada, con más porte. Trataba de ordenarla un poco, a la vez que te escuchaba tararear en la ducha la canción que nos había acompañado durante todo nuestro viaje. Y entonces llegaste, la línea cruzaste, con el pelo mojado, menos claro, y una sonrisa marcada al verme. En mi toalla envuelta y… Y te fuiste haciendo más pequeña. Más borrosa. Menos real y más etérea. Todavía me quedaba por vivir mucho más el momento, todavía me quedaba por dejarme llevar como me enseñaste aquella tarde de febrero. Todavía me quedaba por guardar en la memoria aquellos instantes, cada gota que te recorría el pecho y los hombros hasta el final de tu cuerpo. Todavía tenía que grabar en el recuerdo el peso del infinito tiempo que duró tu tímido beso. Todavía me quedaba por agarrarte de la cintura y atraerte, mientras me mirabas, atenta. Me quedaba, te lo juro, susurrarte al oído que quería a tu lado recorrer todo el planeta. Todavía me quedaba tanto…que al despertar, fue, como digo, un trago demasiado amargo. De la realidad real sufrí un puñetazo al despertar. Y aquí me veo, encajando distintos pedazos de sueños, uniéndolos con el hilo de las palabras y el recuerdo, intentándolos encajar y ver el puzle perfecto. A ver si al menos así tengo algo nuestro, aunque solo fuera un sueño. Hoy, que te escribo, y te recibo, a ver si le dibujamos un quizá a lo no real, a lo que solo en sueños ha sido.

Gregorio S. Díaz "Todavía me queda" 

domingo, 14 de enero de 2018

Luzca el blanco y rojo de su boca, mi señora.

¡Cuánta belleza, mi señora! Y no solo lo digo por usted, su espectacular brillo y su transgresor vestido. También los balcones de todas las casas, de todas las calles del castillo, así como del Reino entero, están engalanadas con sus mejores paños. Todo para celebrar con usted, y por usted, este magnífico día. Tan especial. Los niños pasean por los parques, con globos de colores, en los que están dibujados sus iniciales. Se han organizado juegos, carreras de caballos y hasta hay una competición para ver quién es el gato más gordo de los cuatro confines y los catorce reinos. No sé, a decir verdad, qué le tiene preparado el príncipe, pero llevas días maquinando, usando sus contactos, llevando a cabo tejemanejes para mantener en silencio cada uno de los mil regalos que le va a hacer. Y más de mil usted se merecería. Lo que sí sé, a ciencia cierta, es que el Reino no puede brindarle mayor pleitesía que convertirla en heredera de la corona. Usted misma se percata de lo difícil que ha sido llegar hasta aquí. Mantener, en la paz y en la guerra, la unidad de nuestros territorios. No solo nos han amenazado los enemigos internos, que buscan sangre en la rutina, encontrando cualquier pequeña grieta para hacernos daño, para lanzar en contra nuestra todas sus fuerzas. Los mantuvimos a raya. Y qué decir de los extranjeros. ¡Nuestro Reino es el más codiciado! Todos quieren lo que tenemos. Y todos te quieren a ti. Solo es envidia, créame, por no poder construir lo que usted aquí sí. Hoy es su día, mi señora. Y yo, como su eterno y fiel guardaespaldas, habiendo jurado lealtad a los actuales reyes y al príncipe, le deseo toda la suerte que el trébol pueda darle en este ciclo más que cumple, que le añade a su cuenta. No será el primero ni el último en el que tenga todo esto. El calor de su pueblo, el visto bueno de quienes la quieren bien y saben hacerlo. La complicidad y el cariño que solo se consigue con el tiempo.

Anda, devuelva esa sonrisa que yo me sé a su rostro. De inmediato, mi señora. Déjeme que le pida que no llene más sus ojos con ese extraño brillo que denota melancolía. No piense, ni por un segundo, que lo de hoy es una fiesta efímera, que es burbuja de un solo día, que hace que de todo te olvides. El mañana, recuerde, también traerá alegrías. Aunque te recorra el cuerpo un escalofrío, la cabeza te dé vueltas y te dé por pensar tonterías. Mi señora, yo sé que lo hace. A escondidas. Cuando no la ve nadie. Sé que tiene guardada, bajo llave, una caja de terciopelo, en la que siempre ha guardado objetos valiosos, aunque ya van quedando pocos: un retrato en blanco y negro, una carta vacía, mil letras que nada son, quizá escritas con la tinta de la mentira, de la traición. No me pregunte, la he visto por las noches, cuando llora hasta quedarse dormida, leyendo, con todo eso encima del pecho. También cuando se enfada y le da por quemarlas en la chimenea, como si fueran secretos que jamás quisieran o debieran ser revelados. La he visto, de la misma manera, arrepentirse, quemarse la mano, en busca de un pergamino chamuscado, intentando descifrar alguna que otra frase. No se preocupe, mis labios están más que sellados. Sé que ya solo sucede cuando tiene las defensas bajas y algún que otro accidente trae recuerdos. Que ya van siendo menos las ocasiones en la que le sucede todo eso. Que pronto dejará de tener esas pesadillas, y esos sueños. Que van viniendo a menos. Sé, de sobra, que nuestro príncipe es solo suyo, que lo quiere con el alma, de quien se va a poner, en el dedo anular, su anillo. Así que no tenga miedo. Tampoco se preocupe más por aquel despojo. No está lejos, pero tampoco cerca. No ha vuelto a escribirle desde aquella última otoñal reyerta. No va a hacerlo más. Le corté medio dedo, le soborné con mil monedas de oro, pero las rechazó, jurándome que no volvería a hacerlo. Le quité su caballo, su puta y le dejé el pájaro de mal agüero. No sé, ahora, qué caminos andará, pero se tiene que estar jugando el cuello. No tiene nada: ni espada ni reino. El suyo lo ha heredado alguien más pequeño, que parece ser, sigue sus malditos pasos. Me gustaría saber cómo se tiene que ganar la vida, puesto que se ha convertido en un auténtico bandido. Quizá se dedique al campo, aunque con la dudosa fama de la que su apellido hace gala, supongo que su fuerte será la rapiña, el robo y las plantas medicinales que huelen a manzanas. Se lo prometo, no va a volver ni le va a escribir. Simplemente, no puede darle, mi señora, aquello que ya no tiene y de lo que carece. Ni tan siquiera su corazón: dicen las malas lenguas que se le ha oscurecido, que aúlla en las noches, que tiene encima más de un orzuelo o algo parecido, que, herido, ha dejado regueros de sangre de un color tan negro como el azabache.


Así que, mi señora, salga a saludar a su pueblo. No tema, no mire atrás, no dude. La están esperando para celebrar con usted el día de su efeméride más importante. Borre de su rostro cualquier atisbo de recuerdos, de toda esa pena y la rabia. Que el destino ya lo había escrito. Lo había predicho. Lo demás, son cosas que pasan. Que suceden. Que nos forjan y hacen tal y como somos. A partir de ahí, todo es nuevo. Luzca el blanco y rojo de su boca, mi señora, que todo lo que han preparado por usted no es nada comparado a lo que le espera cuando sea reina…

Gregorio S. Díaz "Luzca el blanco y rojo de su boca, mi señora."

miércoles, 10 de enero de 2018

Flor.

Algún que otro lluvioso atardecer, como lo es este, se me pasa tu dentadura blanca, tus pétalos rojos y tu piel morena por la retina. Realidad me golpea cuando me quedo mirando al infinito horizonte. Y es que se me va la consciencia en la noche en la que, por fin, lejos del ruido de la calle en obras por siempre donde dormía con ella, bailaste pegada a mi cintura encima de aquella tarima. Cuando la nieve sorprendía a una Granada acostumbrada solo al frío seco de la madrugada, y el suave tacto de los guantes polares parecía acariciar a mis hibernadas hormigas. Esas que se habían quedado dormidas por aquella chica rubia y fría, que me mandaba a dormir cuando quería y que no fue, nunca, del todo, mía. Que solo estaba empezando a saber cómo funcionaba el querer la piel y yo no albergaba ni pizca de paciencia y empatía. En noches tan oscuras como lo es esta noche, me sube al paladar el té caliente, abrasándome la garganta. Me inunda la pituitaria el olor a especias que desprendía aquel balcón con ventanas a la Historia. Cómo no percibí tu aura de sultana del reino nazarí que yo tanto ansiaba. Que eras la morisca del Albaicín que a su morisco de las Alpujarras buscaba, esa que podía devolver al corazón su latir y al cinto su espada para luchar por una tierra de la sangre de antepasados bañada. Que eras con quien, una vez, en el quinientos, viví y nos dejamos flores de colores heredadas. De vuelta al tráfico lento, me negaste un beso. Tenía que ganármelos. Y entonces, obtuve infinitos. Los que quise. Besé la flor que eras allá por cuando empieza la primavera. En verano entré explorando el tallo y tu savia, para luego dejarte sola, seca y marchitada. Dejé que el Sol llenara de lágrimas a una barriga que todavía tenía bultos de esperanzas. Llegaron carcajadas exageradas, mientras permitía que el pasado, de nuevo, con su fuerza y sus cuerdas me aprisionaran. Me olvidé de todo y no te recordé, para nada. No tenía ni idea de que aún ahí estabas. ¡Que me esperabas! Que fue tu día, y no te hice nada. Aún me da por ver todo lo que escribiste en esa verde y naranja caja. Todavía huelo el azúcar de los corazones de chicle de los que lleno estaba. Guardo en el armario, también, la camiseta blanquiverde rayada. De ti me queda la voz con la que me dictabas las palabras, como susurros, grabadas. Alguna que otra noche, como estas, tengo que levantarme a las tantas de la madrugada y llenar el folio de una vida que parece ya muerta y enterrada. Al amanecer, se me pasa. Pero quedan en la ventana las gotas de rocío, que dibujan todo lo que no vi para que me queme cada mañana. Escriben con sus trazos sangre que tortura el alma: que entre mis manos tuve una flor que brillaba, y le quité los pétalos uno a uno, como si no fueran mías esas alas.  

Gregorio S. Díaz "Flor"

domingo, 7 de enero de 2018

Te previne.

Ya te previne. Te avisé, indirectamente. Incluso lo comprendiste. Ya te dije que llegaría este momento. Que vendría la noche en la que soñarías conmigo y que ya lejos me encontraría. Que te faltarían esos abrazos en la noche oscura de tu cuarto. Que el portal ibas a encontrar vacío el amanecer en el que giraras hacia atrás la cabeza.  Que me buscarías sin quererlo. Sin pensarlo. Que llegaría el momento, después de tanto movimiento, que al pararte reflexionarías. Que arrepentida volverías a maldecir a los caminos que no recorrimos juntos. No hace falta que me cantes trozos de canciones que hablan de juventudes eternas, ni que me recuerdes las noches de bulerías, vino e historias. Ni me hables de tu cama ni de mis promesas de amor modernas. Que ya te creí una vez, y me disparaste al cuello. Que ya he elegido mi destino, y eso que no sé ni lo que tengo ni lo que quiero. No me jures que el tiempo ha pasado, que otros somos y que puede volver a la luz y el calor al fuego: las cenizas se esfumaron, forrando un corazón que solo tú volviste negro. No me des unas explicaciones que llegan a deshoras. Solo leyéndome podrás entender todas las horas que he pasado llorándote. Todos los años que guardado el luto, que he estado de duelo. La risa que siempre regalé hoy ha envejecido. La rutina, de la que te sacaba, me ha estado torturando. No me han quemado otros labios, y eso que lo he intentado. No me han roto otros rostros, ni he idealizado otras piernas. Me he endurecido. No voy a dejar robarme lo poco que me queda: mis últimas ideas. Esas que no pudiste llevarte cuando desapareciste. Esta vez no voy a dejar engatusarme. Soy mucho más fuerte. Esta vez tendrás que irte por el mismo sitio por el que vuelves. Ya no quema en mi piel tu nombre.

Gregorio S. Díaz "Te previne" 

martes, 26 de diciembre de 2017

Nuestra calle.

En esa calle donde esperan los desheredados. Los que no tienen nada material, tampoco espiritual. Los que esperan y esperan, solos, tras tanto poder y espectáculo del que han disfrutado. Los que ya están agotados. Por esa calle, llevo casi tres años, andando. Siempre que he llegado a la esquina que había que torcer para seguir, me daba la vuelta, por si en el camino me había dejado algo, por si oía un grito de ‘vuelve’ de los coches procedente, que me llevara a otro lado. Ahí, entre el tráfico, las tiendas, el humo y los pisos desconchados he estado esperando. Soportando la nieve, el viento y el frío, desarropado. A veces me he resguardado en los portales de luces verdes de las chicas con las que me he topado. Otras tantas, he tenido que dormir en los ascensores de los pisos de barro, mirándome fijamente al espejo, preguntándome qué coño había hecho para estar tan borracho, si apenas había bebido tres o cuatro tanganazos. Porqué era tan desheredado y por qué esperaba, yo que tanto, juego, luces, labios, música y argumentos para el futuro he dado. La verdad es que no he sabido apretar ninguno de ellos. Mil días no han bastado, porque sigo al igual que en el inicio. No sé en cuántas ocasiones he tratado de cruzar esa esquina y el corazón me ha dolido. La mente me lo ha impedido. “Tienes cosas por esperar, confía en nosotros que somos los que te hacemos”, siempre me dijeron. Pero solo era yo y lo que quería creer. Era yo que me decía a mí mismo que ya sabía cómo funcionaba aquella calle: el mendigo de las siete, que te pide vino, la chica de las nueve, que te pide que subas y tú no subes, por si te echa el lazo y te ata, la tienda de por la mañana llena de fruta y telarañas. Cómo cambiar de lugar, de sueños, de tiempo. Cómo hacerlo si ya tenía eso. Por más que se llamara calle del Lagrimal, cualquiera de sus números eran todo un hogar. Esa calle, es cierto, también fue nuestra, un día. En ese portal crecimos y en aquel fui completamente tuyo. Cada tarde vuelvo allí, a sentir lo que dejaste prendido en el aire. Cada noche en el que el termómetro baja de cero, nos he visto, como cristalizados en el tiempo, dándonos un cálido beso. Tampoco es que esté muy seguro de eso: no sé si es la hipotermia o el alcohol, que esa imagen formaron.  Desde que te fuiste, desde que me fui. Desde que nos alejamos y desde que nos perdimos, sigo en este laberinto, del que no quiero salir. Como si solo por el hecho de permanecer aquí, la esperanza en ti siga vigente. Pero ya no. Ya sé que esta jamás volverá a ser tu calle, que caminas por otras aceras, que no nos volveremos a perder en la ciudad entre el frío de enero, ni serás la Reina de los Tacones de Invierno ni seré el Chico que te escribe Relatos. No dibujaré sonrisas como cuando el agua abría ojos, ni tendré la satisfacción de llorar desconsolado sobre otro hombro. Quizá algún día, cuando la barba encane y la cabeza aclare, cuando te salgan arrugas y la memoria te condene, vuelvas a nuestra calle. Espero que te sigas acordando de las facciones de mi cara, cómo era mi voz al hablar y que te sigan gustando mis pantalones. Puede que, al compartir una copa, repasemos cada momento en los que, de verdad, nos creímos para siempre inmortales. No nos arruinará nostalgia la velada. Así tenía que ser, y así habremos envejecido. Así, simplemente, elegimos. Pero hasta que eso pase, hasta entonces, que el tiempo actúe. Ahora tengo que cruzar como sea esta calle. Llegar a un nuevo mundo. Tratar de forjar un nuevo tiempo, lejos de los juegos y los espectáculos, comenzando por el bolígrafo, como estos años he hecho. Comenzando por agarrar otra mano cuando llegue el momento justo, que, aunque no me colme, me llene. Que firme el pacto que todos vamos a firmar, más pronto que tarde. Para las noches ciegas, de frío y mucha compañía dejo que venga el olvido a recordarme cuatro cosas de ti y cinco que hice contigo. Hasta entonces, avanzar, no estancarse. Seguir adelante. Cruzar y decir adiós a nuestra calle…

Gregorio S. Díaz "Nuestra calle"