Musas

Musas

martes, 23 de mayo de 2017

Las cosas que no pasan.

Al principio, las cosas no pasan. Quieres, con todas tus fuerzas, que pase alguna, pero no pasa nada. Lo intentas. Escribes cartas como si estuvieras en los años cuarenta. Te haces el gallito. Las cosas no pasan. Creces y sigues esperando a que pasen. Alguien, entre clase y clase, se interesa por ti y parece ser que las cosas pasarán, pero tampoco. Los miedos, unidos al telón de fondo que es el cementerio, te impiden lanzarte a algo tan natural como una cosa pasando. Sucediendo. Se aleja y se alejan las posibilidades. Te rehaces. Te animas. Las cosas pasarán, tarde o temprano. Solo hay que esperar, solo hay que dejarse llevar. Vals. Camiseta rosa, vestido negro. Mariposas. Septiembre eterno. ¡Las cosas iban a pasar, al fin! Pero tampoco. Se escurre entre unos dedos que tiritan buscando unos que la agarren. Mensaje para leer todas las noches. Para memorizar y entender que las cosas no te pasan, ¿qué creías? Todo seguirá tal y como siempre han sido. Ya no te rehaces. Ya no esperas que las cosas pasen, porque no te pasan. Entonces pasan. Entre los huecos del radiador de un pasillo. En el intercambio de clase. Cuando toca la sirena. Entre escaleras. En sofás. En el cine. Entre música, alcohol y paseos. En el fútbol. Las cosas te suceden. Se te encaraman y te vendan los ojos. Te abren la imaginación. La mente. El alma. El corazón. Te evaden y te impulsan. Eres el rey del mundo cuando aquellas cosas pasaban. Hasta que dejaron de pasar. Esta vez, estabas convencido, otras cosas podían pasar. En otro sitio, en otro lugar, pero no tardarían en llegar. Y miles de cosas distintas pasan. En las curvas de una carretera nueva. Entre el bullicio de la noche. Siendo inconsciente. Cerca de la hoguera. Cuando llega la Primavera. Las cosas pasan, pero no son las cosas que pasaban. Las que te llenaban. Te paras, las buscas y no pasan, porque han decidido pasar a otras cosas. Te paras. Las cosas que ahora te pasan puedes colorearlas para que sanen las que ya no pasan. Te distraes. Las cosas que no pasaban, quieren pasar, vuelven. No haces caso de la rubia que te suplica que te quedes, que pasarán mejores cosas. Las cosas que pasaban, después de eso, no quieren pasar. Florecillas por el camino quieren inhalar tu olor y desprenderlo. Que las cosas realmente le pasen. Ya no sabes si quieres que las cosas te pasen. Solo las que pasaban. Y eso pones de excusa cuando una risa eterna quiere que te rías de todas las cosas que os pasen. Pero aquellas cosas no, ya no pasan. Ni otras. Todo deja de pasar. Te vuelve aquel miedo. Por si nada vuelve a suceder. Llega un limón y casi las cosas exprime. Una candela de fuego la aparta y te abrasa y le entregas todas tus cosas. Ella se queda las suyas. Pasan tantas cosas, que quieres que sean eternas. Pero te las tira a la basura y se lleva algunas. Te quedas sin cosas que pasan. Definitivamente, no crees en que las cosas puedan volver a pasar. Ni las primeras, que te llenaron una vez, ni las últimas que casi te intentan matar. Las cosas dejan de pasar. De vez en cuando, a cuenta gotas, pasan. Aquí y allá. Pero te juras que no volverán a pasar. Estás bien como estás. Las cosas te dejan de pasar. Nada de nada pasa. El cuerpo te pide una cosa y la mente otra. Te llenas de cosas que dijiste que no volverían a pasar. Son las únicas que, pensándolo bien, pueden pasar. Al final, las cosas dejan de pasar. Nada pasa. Sigues escribiendo cartas, que nadie leerá. Lo intentas. Se te acaban las fuerzas. Las cosas no te pasan, ¿qué creías? Todo seguirá como siempre ha sido y siempre será.

Gregorio S. Díaz "Las cosas que no pasan" 

jueves, 18 de mayo de 2017

Nuestra guerra.

¿Te acuerdas de nuestra guerra? Los dos salimos heridos. Los dos de muerte. Nos enfrentamos cuerpo a cuerpo, beso a beso. Supimos el sabor de la sangre en el paladar. Lo que era la mala y la buena suerte. Lo que era el infierno y el paraíso. No quisimos dialogar. Como si la diplomacia no se hubiera inventado más atrás de Roma. Decidimos querernos, romper, batallar. Dejarnos provocar. Defender, defender y atacar. Yo un beso a otra, tú la mano a otro, y Guerra Mundial. Escondidos en las trincheras, hasta que, por fin, entre minas, disparos, balas y soldados nos volvimos a encontrar. Portaban una bandera blanca, sobre la que nos envolvimos, eran las sábanas de tu cama. Eso fue lo nuestro: guerra con breves treguas de paz. Treguas de paz con una larga guerra. No fue posible un acuerdo, ni tan siquiera un armisticio. Nuestras Coreas no se volverán a unir. Siempre estarán al borde de la guerra, del precipicio. Hoy, totalmente desarmado, ando por los campos yermos en los que mutuamente nos desangramos. Aquí dejo mi chaleco, mis botas y mi boina. Mi cigarrillo, mi reloj y mi revólver negro. Prometo no volver a disparar. Tú, si me ves, por favor, aprieta ese maldito gatillo una vez más. 

Gegorio S. Díaz "Nuestra guerra"

sábado, 13 de mayo de 2017

Las veces que te he negado.

No sabes cuánto y cuántas veces te he negado en voz alta. No sabes cuántas veces he dicho que dolió, pero que ya no importas ni dueles. Que fue difícil borrarte, pero que ya no me existes. Tantas veces que, cuando me lo repito, se hunde, más y más profundo, en mi garganta un puñal que debe ir ya por más de la mitad. No sabes que aún conservo en la mirada el brillo de echarte de menos y que a falta de tu rostro y tu figura a lo lejos, se lo regalo a fotografías que ha madurado el tiempo. Esas en las que nuestros ojos encajaban, como lo hacían también nuestros besos. No sabes que yo ya lo he entendido. Que lo de negarnos es mutuo. Y no es de ahora. Y no es de antes. Es desde el principio. Incluso puede que antes del principio. Recuerdo cuando por primera vez alguien me dijo que se me notaba. ¡Que me gustabas! En aquellas escaleras, un día cualquiera de mediados de septiembre, te negué la primera vez. Tiritando y nervioso me zafé de ti como quien se zafa de un mal recuerdo. Excusándome en lo que pude, negué una verdad que no podía ocultar. Te he negado tantas veces desde entonces…Te he odiado otras tantas…De mi boca han salido miles de mentiras en forma de despecho, ira, rabia y celos. En forma de nostalgia, pudor y miedo. Como si tuvieras que pedirme perdón por todo lo que me has hecho. Contando todo lo malo, el perdón no es necesario, pues supe qué es vivir y morir por tener a alguien al lado. Supe que estaba vivo, porque el dolor y la pasión, por iguales, me quemaban entero. Tantas mentiras de mi puño y letra han salido, que los mensajes del agua de la que mi cuerpo está hecha, se llenaron de geometrías pintorescas y demoníacas. ¡No sabía por qué! No sabía por qué de día te negaba ante el público y de noche te lloraba, cuando en mi cama y solo estaba. Ni por qué aún lo hago. ¡No lo sabía! Pero ya entiendo. Cada negación ha sido una aplastante afirmación. De ti, como persona perfecta para limar y rellenar unas piezas y unas fronteras, ahora aisladas y valladas con alambra de espino. Cada vez que dije ‘ya pasó’, sigue pasando. Cada vez que dije ‘te odio’, en realidad, era un ‘te quiero’. Y por eso te lo decía a gritos. Porque a veces las palabras que nos hieren se dicen en silencio. Se visten de otras porque uno tiene miedo. De decir la verdad y quedar expuesto. Ante tus mismos desprecios, ayudados por el tonto de turno, ante la sociedad, que nos enfrentó en duelo a muerte porque nosotros quisimos, y ante mí mismo y a mi puto orgullo. Cada vez que, de mi tinta mentiras han salido, fue porque he camuflado verdades, codificadas para que solo tu pudieras entrelíneas leerlas. Entenderme. Contigo comunicarme. Pretendiendo herir, otras veces hacer sentir, recordar. Cuando lo que quería erar querer todas esas contradicciones. ¡No lo sabía! Siempre será así. Volveré a negarte mil veces más. Volveré a decirte ‘te odio’. Compitiendo, hasta la eternidad, vamos a estar. Por un beso, por una noche, por una tonta, por una cosa más. Haciéndolo para que el otro un paso intente dar. Y así estamos. Que los dos, en vez de para adelante, los hemos dado para atrás. Y así no sé dónde estoy. No sé dónde estás.

Gregorio S. Díaz "Las veces que te he negado"

miércoles, 10 de mayo de 2017

Leyenda negra

Lleva toda una leyenda negra consigo mismo. Nadie se la ha impuesto, él la ha elegido. Está marcado por lo que ha hecho y de lo que es culpable. Yerra cada vez que quiere avanzar, siendo amable. Está marcado por esa mancha que inunda todo su pecho. Que al mal atrae y al bien y a la suerte espanta. Que quiebra y mata, lo que toca y lo que quiere tener y siempre le falta. Que impregna de líquido oscuro, también, toda su alma. Y eso que no han logrado encontrarla. Vive atormentado por aquel maremágnum de violentos pasos dados. Cómo pudo no agarrar la mano de aquella posadera que en el camino la esperaba con las crines doradas al sol. Cómo no pudo agarrar su mano y dejarse llevar a otros senderos, a otros caminos. Por qué seguía empeñado en el bosque lejano y embrujado, donde lo ataba Reina y Princesa ni se enteraba. Quizá quería huir de aquel paraíso que parecía el pasado. Cómo se dejó engañar por las sirenas de tierra, que tienen piernas y un destino fijado. Robarte el corazón, primero, lo que tengas de valor y lo que te queda de alegría e ilusión por continuar a su lado. Sus cantos aún siguen en su cabeza mientras camina. Anda haciendo su carretera, pero está solitaria. Anda mirando atrás, viendo sombras eternas y despertando de dulces y locas pesadillas. Anda y se pierde. Anda en círculos. Volviendo a empezar cada vez que se da cuenta. Como si alguna vez pudiera ese bucle terminar. Cansado, sudoroso y con lágrimas en los ojos, hoy, se pone de rodillas en el suelo y mira al cielo. No cree en seres superiores que le guíen y marquen su camino, pero alza la vista, en lo que cree que es su último suspiro: sácame de aquí y de esta carretera que he construido, dame la oportunidad de ver otros mundos y otros senderos, que siento que estoy maldito. Reina, déjame que Sirena me inunde con su miedo y sus excusas, vestidas de argumentos. Que deje de culparme por las oportunidades cristalizadas y no consumidas. Que tu Princesa se vaya con Príncipe. Que dejes de hilar y mover mis hilos, que me quites esta marca negra, que tú misma me pusiste.

Gregorio S. Díaz "Leyenda negra" 

lunes, 8 de mayo de 2017

Puede que no vuelvas.

La verdad, no sé, y no entiendo por qué, lo nuestro es como un giratiempos. Como un dado que no cae de ninguno de sus lados y se queda por el vértice rodando, infinitamente. Como el Día de la Marmota, como si el tiempo no pasase, pero nos pasa y nos deshace, como si no nos hubiéramos despedido nunca, pero lo hicimos y nos deshizo. Cada cierto tiempo nos aparecemos. Te me apareces. Rompes mi dinámica positiva, esa de los ciento veinte y tantos días haciéndome el tonto, creyendo no conocerte. No saber ni quién eres. Y, aunque no lo parezca y aparente, soy yo quien, como nadie, te conoce. Quizá el tiempo haya transformado, extirpado, potenciado y acabado con algunas de las cosas a las que estaba acostumbrado. Sé que no ha sido tanto ni demasiado. Si a los ojos llego a mirarte, vuelves a ser aquella niña, al fin y al cabo. Puede que, en realidad, sea yo el que sí que haya cambiado. Rompes mi rutina, mi día a día. Haces que mis dedos tiriten al escribirte. Que como un loco divague, obviando que ya no existen ningunas oportunidades. Tú reconstruida, yo maldito y en ruinas, como ya dije. Logras que piense y que recuerde, que lo bueno y lo malo se intercalen. Que no vea claras todas esas imágenes. Que no vea que eso es pasado muerto de lo que hay que olvidarse. Que no veo nada, porque no me quito esta venda con tu olor que me tapa los ojos. Puede que no vuelvas. Que lejos me vaya. Mientras quede un soplo de vida, malditos de nosotros, nos quedará una esperanza viva. A los dos. Por eso te odio y me odias. Porque no te vas a librar de mí. Joder, porque no me voy a librar de ti.

Gregorio S. Díaz "Puede que no vuelvas". 


martes, 2 de mayo de 2017

Aquellos mismos días

La pelea del día de antes. Por eso de que unas fiestas, aunque de todos, son exclusivamente tuyas y de nadie más, incorporando la idea de que nada ni nadie te las tiene que estropear, evitando así presencias no extrañas pero que impiden moverte a tus anchas. Como si eso fuera lo más importante. Eran excusas, realmente, para hacernos de rogar. Para encima estar y demostrar cuánto queríamos esa compañía, para convencernos a nosotros mismos que dos más dos en tres días, es mucho más que cuatro noches batallando en guerras de las que, de casualidad, sobrevivimos. El mismo momento en que los nervios no te dejan ni respirar. Por eso de que viene ella y todo en su orden se debe colocar. La ropa, el viento, la lluvia, cuando hace eco de presencia, los besos que no se dan, algo más, lo que siempre se escapó y siempre se escapará. Las tardes de soles nublados y madera con olor a hierro quemado, de fuegos artificiales, castillos y bandas, de pólvora mojada y chispas enloquecidas. De velas encendidas y llamas. De ron compartido y maquillaje en el espejo que guarda el recuerdo, de tu silueta, etéreo. O quizá son mis ojos que a veces, y no solo en sueños, te cree allí dentro. Noches de chalecos rojos y amarillos, de pañuelos y gorros llenos de flores, de imperdibles y miles de horquillas que pedía y perdía tu pelo. De esas que deambulan, aún, por esta habitación raída por el tiempo y por la tristeza que le arrebata mi cuerpo. Los mismos días de golpes, tiros y humo. De manos vendadas, esparadrapo, tiritas y guantes negros, que la palma de tu mano manchaban. Aquellos días de bailes y copas. De cansancio y tener la percepción de no estar perdiéndote nada. Temprano a la cama, tan estrecha que había que medir nuestro aliento para que no se no escapara. Esa mezcla de recuerdo, de tormento y miedo es lo que hace maldecir al tiempo por lo que nos ha arrebatado. Esos momentos que no fueron vividos y que pesan en el alma. Las mismas tardes enteras de vida, tú grabando mi bautizo de fuego, esas aventuras de cada año, cuando de negro me lleno y huelo, los pies cansados, conmigo, la magia de una mujer sentada en nuestro pecho, bendiciendo nuestra unión y nuestro lecho. Yo solo quería todo esto compartir. Que estuvieras aquí.

Gregorio S. Díaz "Aquellos mismos días" 

jueves, 27 de abril de 2017

Diva

Seguramente, hubiera tenido más suerte si en vez de naranja, hubiera elegido el limón con aroma a manzana del que quedé prendado, sin un beso, a pesar de dormir en su cama. Ella sabía a caramelo y no me dejaste probarlo. Primavera, ron y vasos. Celos, tu queriendo amor, yo muriendo por dártelo. Ahí fue cuando te elegí. Cuando dije, tienes que ser para mí. Ya no eras la diosa que por los cielos caminaba, yo a tu lado, en ese edén, estaba. Te robé tantos besos en el lugar donde se calientan los cuerpos, en tu portal, como tengo grabado. Me dejaste tan seco. Tan loco y tan disuelto. Tan cambiado y tan distinto. Quise creer que la última serías. Que eras la perfecta, la histórica y la musa de todas mis letras. La que esperaba y no encontraba. Con quien ser y perderse en viajes por la Antártida. Tuviste que ser tú diva del momento, la que me pararas los pies y me pusiera recto. La que me recogiera la baba y luego me dejara soltando lágrimas, de luto por el funeral de lo nuestro. Que quemabas tanto que pensé que tu nombre te hacía justicia. Hoy mi piel, por tu culpa, está negra y hecha cenizas. Tuviste que ser tú, la que me devolviera un sueño y, a la vez, la que hiciera en añicos romperlo. La que me devolviera todas las mentiras que había dicho y el mal hecho. La que se esfumó sin decirme un por qué o explicarme qué fue lo que la cambió por completo. El mismo que aún espero. Qué locura, diva del dinero, qué alejaste mi pasado y truncaste todo mi futuro.

Gregorio S. Díaz "Diva" 

martes, 25 de abril de 2017

Ostracismo

No creáis, compañeros, que esto no me duele. Me quema por dentro, me envenena. Me hiere. No lo consideréis, tampoco, el enésimo berrinche. En el último ya lo predije. En mí recae toda la culpa: la presencia de castigos, la ausencia de constante confianza, han hecho que llegue a creérmelo. Lo de que no llego al nivel apto necesario para ser medianamente competitivo, que voy de culo con los pies y no llego ni al centro, que ya no salto y no voy seguro, que, en definitiva, no estoy a la altura para enfrentarme a un partido importante, trascendental y decisivo. Que ya no valgo. Y no es por falta de voluntad, de esa no hay duda, pues reniego de los vicios de la noche antes de cada choque, sacrifico horas de trabajo y estudio por cientos de kilómetros en coche. Que me relego yo mismo al maldito ostracismo. Que ya más no me humillo ni me arrastro por campos en los que deberían contar el sudor, las lágrimas de alegrías y el contacto directo. Que el que ha estado siempre, va a dejar de estarlo. Por lástima, obligación o falta de alternativas, no quiero seguir jugando. Que no quiero, joder, seguir por esto llorando.

Gregorio S. Díaz "Ostracismo"

lunes, 24 de abril de 2017

¿Último adiós?

A ver si es verdad que este adiós es último que se nos va. Que la vida está cansada ya, de nuestro eterno errar. Del olvido sistemático. Del recuerdo colmado. De tener la necesidad. De hablar, de sentir, de ser y de colorear. Todo aquello que en blanco y negro está. Que también se vive si lejos estás. Que no por lo nuevo que hayas vivido voy a morir o te voy a olvidar. Es recíproco, querida, tú no lo controlas y no lo puedes evitar. Está visto y comprobado, más de un día se nos enciende la vena y se apura el vaso con una finísima gota, quedando todo desbordado. Inundado y anegado. Nosotros, ahogados. Se nos vuelve el puto tiempo atrás, pensando en lo que pudo ser y nunca será. En todo lo que perdimos en una guerra absurda. En que nos hemos reconstruido y no son los cimientos que conocimos. Que se han borrado todas aquellas palabras que un día nos dijimos. ¿Qué creías? Solo alimentas mi alma en pensamientos, dándole dinamismo a mi pluma que te escribe a través de mi mano. Que no eres la musa, ni tan si quiera un mito. O todo o nada, eso es lo que somos y fuimos. No hay un término medio. Como en la política, yo soy partidario de un extremo. El izquierdo, porque fui un revolucionario barbudo desembarcando en la playa del girón de tu piel. Esos acontecimientos que ya son Historia que en páginas de libros tendré que leer. Tú también. Que no es perversión, sino impotencia. Qué quieres, si me explican lo acaecido o lo que puede ser, en realidad, apariencia. Lo que no te iba a preguntar porque no quiero saber ni la mitad. Hemos cambiado, yo ya lo daba por hecho. La perspectiva, el tiempo, el viento y todos los cuentos. Ellos tienen la culpa, ellos han sido. El recuerdo que se hace olvido va siendo más benévolo que el tiempo convulso que vivimos. Y si no, ¿qué querías? ¿Trastocar un mundo que pedazo a pedazo relamía? ¿El que sigo haciendo todavía? ¿Mover hilos para que supieras que estás ahí a pesar de tus nuevos mil días? ¿Repetirte como vacuna? ¿Sostenerme en tu juego, el de toda la vida? Que yo no me arriesgo por causas perdidas. Por besos que no son míos, ni por letras que no me priorizan. Que yo, me da igual si tu no, seguiré pensando en lo que fui contigo. En lo que me has convertido. Olvidando que tengo una sangre no tan roja y pura, esa que ya has bebido. Que ya no somos destino, porque ninguno de los dos ha querido. Tú habías elegido. Yo, cuando me levante del letargo, ya habré decidido.

Gregorio S. Díaz "¿Último adiós?" 

sábado, 22 de abril de 2017

Arregla lo tuyo.

Esta vez no has sido un huracán. Un tsunami. No has sido un lacrimoso temporal. No has arrastrado, a tu paso, a este corazón cuarteado. Ni se aceleraron los latidos ni las pupilas se dilataron. Solo quise morirme, en esa ola, cuando tus vientos agitaron como antaño. Solo sentí esa nostalgia de querer ser maltratado, corrompido y por la marea, hasta que se calmara, llevado. Esta vez soy más fuerte, por si no lo has notado. Inmune ya, a tus cien mil olores envenenados, que me llegan cada cierto tiempo, como siempre has hecho. Que fueron tus dardos solo copias de algunos pasados. Que esos, conmigo, también los habías tirado. Que lo haces cuando los besos se resquebrajan y quieres provocar dolor y daños. Sentirte superior por tener alguien con quien hablarlo. Con quien asustar y asustarlo. Yo ya me he resarcido. He buscado el perdón en ojos que, como nunca he visto yo, me han mirado. Por mis aventuras, locas y creídas, por mis hazañas, no memorables, me he disculpado. He puesto el grito en el cielo porque yo también supe lo que era salir malparado. Porque tengo la certeza de que el bien y la suerte, es algo que te tienes que ir ganando. No puedo decirlo más claro: fueron años idealizados por dos niñatos que no sabíamos a lo que jugábamos. Que se rompió el globo de tanto golpearlo. Que, de aire, queríamos que durara hasta los mil cumpleaños. Y sí. Eres la bruja por la que estaré cien años embrujado. La que dibujaré, sin un por qué y de casualidad, en algunos de mis cuadernos. En quien piense cuando tenga saturada la mente. No en lo que eres, sino en lo que fuimos. No en esto en lo que nos hemos convertido. En seres muertos y perdidos. Añorando tiempos por lo que significaron y no por lo que han sido. Que a mí ya no me importa estar perdido porque tengo un camino. Y me da igual si no lo recorro contigo. Es algo que me has enseñado y que yo he aprendido. Que tú has forjado alianzas estrechas, así que no tires por la borda todo lo construido. Tal y como nosotros hicimos. No esperes a que la perspectiva del tiempo te pregunte qué hubiera sido. Que te golpee la realidad con el “qué tonta he sido”. Arregla lo tuyo. Luego piensa en mí alguna vez, como dijimos.

Gregorio S. Díaz "Arregla lo tuyo"