Musas

Musas

domingo, 10 de febrero de 2019

Globos aerostáticos.

Lágrimas como globos aerostáticos, que no solo surcan los cielos de las mejillas sino las montañas de mi nariz. Que no sé ni por qué vienen. Por qué salen de su escondite. Pensamiento fugado, mientras recorro, tácito, con la vista, los “momentos de una vida”, como si estuviera deseando encontrar esa sonrisa del final de la película. Dolor incrustado, rellenando hasta el tuétano de mis huesos. Cara de póquer, de no saber qué hacer. Joder, si esto es el futuro, el cumplir años, la estabilidad, la felicidad de los besos que se inmortalizan en fotos, ¿qué hago yo aquí? En tierra de nadie. Mirando por la ventana las historias de sábado noche de otros. Qué mierda hago con este entretiempo. Entre lo que fui y lo que seré. Minutos que no sé cómo aprovechar. Ni escribiendo ni trabajando. Solo lo amenizo con letras machacadas, melodías tempranas. Con tinta invisible, ideas descabelladas. Planes que creo infalibles. Aquí, mi pecho, ha tratado de absorber cada gota de lluvia, cada palabra, cada calada y cada pisotón al acelerador. Cada curva y cada abrazo. Aquí, mis manos, han estado para moldear lo que un día solo era primigenia conexión y barro. Ellas te lo pueden decir. Pero, ahora, que ya fue, soy el que solo se encuentra en este sitio. Asustado, al hacerte desaparecer. No por ello, sino por lo poco que queda de mi al vaciar tu sombra de este laberinto que mi vida es. Vulnerable, aunque parezca mentira, todavía me puedo romper. Como si estuviera gritando la cuenta atrás para quebrarme otra vez. 

Gregorio S. Díaz "Globos aerostáticos."

lunes, 28 de enero de 2019

Qué cerca y qué lejos.

Qué lejos. Madre mía, qué lejos. Qué lejos hoy, y qué cerca estuvimos ayer. Compartiendo vainilla, rebeldía y saliva. Los típicos primeros lazos. Primeras experiencias. Lágrimas, vida y besos. Segundas vías de acceso. Demasiada mierda al final, ya sabes, todo eso. Qué cerca y qué lejos. A mil metros bajo tierra todo aquello. Bajo losas impenetrables del puto tiempo. De más de diez inviernos. Renegando de todo lo que un día juramos no hacerlo. Como si, de verdad, ya no tuviera trascendencia y no importara cada vez que fuimos más que un deseo. Dejando a la memoria de lado y construyendo nuevos edificios altos, con pegamento bien fundido. Sin grietas de ningún pasado. Reconstruyendo la identidad del haber sido, del tener un clavo al que agarrarse pero que, en realidad, es lo auténtico, lo que siempre ambos hemos querido. Alguien con quien no solo perder el tacto y el sentido. Con quien saber ser y tener abrigo. Un respaldo tras el agotamiento diario, puesto que ya no somos los ociosos de antaño. Qué lejos y qué cerca hemos estado. Más allá de nuestro tiempo, aunque sigamos rondando por el mismo espacio. Tú para arriba y yo para abajo. 

Gregorio S. Díaz "Qué cerca y qué lejos."

sábado, 26 de enero de 2019

Lo que me dices entre beso y beso.

Que claves con cada mirada una daga en el fondo de mi pecho, no sé si es una bendición del cielo o una mala maldición de todos los ojos. Porque sí, enciende el alma. Mi viento, mis principios y mi calma. Pone a mi cuerpo en tensión constante. Presto a cualquiera de tus planes. Dispuesto a, en nuestro escondite estrecho, mil veces amarte. Pero, también, puede que sea el final de mi final. La puntilla a una vida, casi entera vivida, en la que he ido poniendo tiritas a todas esas heridas que me han puesto todo el mundo cuesta arriba. Porque es más que probable que vueles y dejes vacío el asiento de al lado de mi particular cama. Que el espectro de colores nos funda a rojo y negro. Y es que yo, sin pretender mitos, me voy a quedar para siempre aquí en mi nido. Cada vez menos, y más conforme pase el tiempo. Por eso tengo claro que la puerta que abres es la única que puede llevarme a campo abierto. Albergar un futuro directo. Y cuando me dices, entre beso y beso, que si su coche, que si su dinero, no puedo evitar un requiebro de todos mis adentros. Nunca tendré todo eso, tampoco lo quiero. No te invitaré a mil noches de copas en antros patéticos, ni me pondré esos mocasines azul intenso. Simplemente, yo no soy eso. Solo tengo unos vaqueros desgastados y tres libros viejos. Es cierto, lloraré tu partida. Al menos las tres primeras semanas. Me echaré a mí mismo la culpa, por las cosas que no habré hecho. Luego, como siempre ha sido, surcarán mi piel nuevas cicatrices. Leeré solitario novelas las tardes de domingo y escribiré recordando cómo gritabas mientras mis pestañas rozaban tus dedos. 

Gregorio S. Díaz "Lo que me dices entre beso y beso."

miércoles, 9 de enero de 2019

Lloro

Ya sé que un día me dijo Hasel que no llorara, que transformara mi pena en acción. Pero es que hoy no más remedio que el de derramar algunas lágrimas. Como puños, bajan por las mejillas. Como si ya predijeran un fatídico destino. Los espero en la puerta de casa, con los brazos abiertos. A esos cinco o seis cobardes, que solo saben recurrir a la sangre y no han salido del cortijo. Ni han limpiado de polvo un libro. A los mismos que tendrán que acabar con todo, de un vil y traicionero tiro. Hoy lloro por mí y por mis convicciones. Añorando haber vivido el siglo XX y las victorias de las que forman parte mis recuerdos, donde están mi mente. Tomando Berlín, construyendo futuro, Laika viendo el universo, médicos por todo el mundo, la mujer por encima de su actual sitio. Lloro por la España que murió una vez y que puede que le toque hacerlo de nuevo. Por Lorca y Hernández. Por los milicianos y las milicianas. Por la República y por la Democracia. Por todos aquellos y aquellas que tuvieron que soportar el hambre, la miseria, la Dictadura. Cuarenta años de oscuridad no fueron suficientes. Lloro por Andalucía y sus olivares. Por los jornaleros que no ven más allá de esos verdes mares. Que agachan la cabeza y sirven. Por las mujeres de otro tiempo y las del mío, que vuelven a parecerse en este absurdo espectro político. Lloro por ti y por ellos. Por ellas. Lloro por lo que podría haber sido. Lloro porque no podré cambiar nada, porque no tendré ni tumba ni vestigios. Lloro por los que me llorarán en el futuro. Por quien muero, de verdad, para que vean el suyo.

Gregorio S. Díaz "Lloro."

lunes, 7 de enero de 2019

Evitar la locura.

Cuando paras. Cuando todo, de forma temporal, se acaba. Cuando dejas de estar para arriba y para abajo, de aquí para allá, eternamente. Lejos de todo ese ruido. De empujones y chillidos, la sirena, el boli y el cristal. Más allá de besos, copas y fines de semana que fugaces pasan. A través de todos esos días en los que se pegan las legañas, despertando de madrugada. Y, de repente, todo se vuelve silencio. Frío invernal fuera, envuelto dentro de sábanas de piel. Caliente. Despertador sin sonar. Pospuesto hasta enero. Paz, puedes llegar a pensar. Nada más lejos de la realidad. Fragor de la batalla por la cordura. Por evitar la locura. Dónde estoy y que he hecho conmigo mismo. Cómo he llegado hasta aquí y si ha valido la pena tanto sacrificio. Este es mi sitio, o hay algún otro camino. De verdad te tengo o es solo un espejismo. Estoy solo o es que me he rodeado solo de peligros. Quiero comerme el mundo o ya estoy en su estómago, podrido. Tengo el tiempo en mis manos o ya se ha consumido. Deseo la juventud de antaño o el 2008 yace muerto entre los miles de recuerdos. Quiero ser el mismo o ya solo me arrepiento. Quiero seguir solo o me agarro a tu cuerpo y al mío, ardiendo. Deseo mi destino yermo, o lleno de obstáculos y premios: soledad, depresión, disgustos, compromiso. Quiero esperarla o será tarde cuando se haya atrevido. Quiero tenerme a mi mismo o ya me he vendido.

Gregorio S. Díaz "Evitar la locura"

lunes, 31 de diciembre de 2018

Te vas y me dejas.

Te vas y me dejas, aquí. Te marchas, como si fuera evitable que dejes este mundo. Que te conviertas en otro número. Te vas y me dejas Milán y Madrid. Milán me enseñó la dirección a la vida, Madrid susurró a mis oídos que no todos los sueños estaban perdidos. Te vas y, como siempre, me dejas uno más. Otro que vivir y soportar. Menos pelo aquí, una arruga allá. Me dejas media novela por terminar, tres o cuatro más por escribir. Te vas y transformas la realidad. Me dejas un trabajo que amo, aunque me quite todo el tiempo. Me dejas besos de verdad, de esos que besan a la vez que hablan. Te llevas fantasmas pasados, dejándome las armas necesarias para enfrentarme a sus intermitentes apariciones. Me dejas el frío de febrero, el miedo al sacrificio muerto, que luego resulta victorioso, en el cuarenta y ocho. Me dejas resaca de abril, besos de calor en agosto. Kilómetros de carretera en otoño. Crisis existenciales a comienzos del invierno. Te vas, y te doy las gracias. Acabaste con mi mala deriva. Y ahora viene otro, y a saber qué es de mi y de mi historia. 

Gregorio S. Díaz "Te vas y me dejas"

domingo, 25 de noviembre de 2018

Demonios.

Mis demonios están bien atados. Cada vez que aprietan, de hecho, sus cadenas se ajustan más. Se tensan todas las cuerdas. Mis demonios no van a escapar, ni llenar de nuevo este Paraíso de fuego. No van a seducirme sus excéntricos juegos, ni voy a caer en la trampa de miel en la que suelen doblar los insectos. Yo ya les vencí y tienen puesto un sello irrompible, casi eterno. No son ellos los que han provocado todo ese caos y desperfectos. Hemos sido nosotros queriendo ser un huracán un día y al otro tormento. La incertidumbre de no saber si despertaré pudiendo coger tu mano o desayunado tu desamparo. Analizando cada paso que he dado, como si estuviera siempre pisando fango. Nada me guía ahora más que tu faro, y no sé por qué te empeñas en cambiar de luces e incluso, a veces, apagarlo. No tengo, ni quiero, otro lugar al que regresar. Toda isla ha quedado muy atrás. Lejos de la realidad. No hay más orilla que la de tu piel, ni más castillos que los que quiero en tu pecho erigir.  No hay nada que necesite del ayer, ni aunque algunos capítulos todavía tenga por escribir. No. No son mis demonios. Quizá sean los tuyos los que no te dejan dormir y te susurra por la noche cosas oscuras sobre mí. Que tienes un ojo abierto y otro cerrado, por si me da por salir. Esperando cogerme por sorpresa para poder decir: yo sabía que sí. Que tienes miedo de que te quieran y no quieres oír que yo te quiero  a ti. 

Gregorio S. Díaz "Demonios"

lunes, 19 de noviembre de 2018

Notre Dame

A veces hablo de más. Es superior a mí. Mi lengua dispara y dispara saliva, sin parar. En ocasiones digo cosas que no pienso y que no repetiré más, otras son más profundas y quieren salir en forma de quizás. Es el miedo, la ansiedad. De tener el corazón volcado hacia tu lado y que quede pisoteado. Muerto. Sin posibilidad alguna de sanar. No es mi culpa, la tiene el dolor, el pasado y su suciedad. Que me cortaron las alas antes de volar. Es mi instinto de supervivencia, que quiere poner la tirita antes incluso de sangrar. Son esas típicas inseguridades del ‘sé que te irás’. La rigurosa certeza de no tener nada que ofrecerte que sea material. Una piel con escamas, una voz pálida, mil libros y alguna que otra palabra. Pero nada más. No sé si eso valdrá. Si será suficiente. Luego, es cierto, tengo terquedad, malos hábitos y arrebatos en caliente. Dieciocho manías, menos pelo y más carne de cañón que agarrar. No solo eso. Que soy lo que no soy, aunque lo sabes ya. Que no tengo lo que habría que tener, aunque ahora te de igual. Querrás algo más que un abrazo frío y existe el temor de no poderlos calentar. Querrás alguna que otra cosa y puede que yo no sepa cómo actuar. Darte lo que necesitarás. Solo puedo dibujarte entre edificios antiguos, dentro de historias sin final. Hacerte eterna en el tiempo, con tinta de cristal. Prometerte, solo en el papel, París y Notre Dame

Gregorio S. Díaz "Notre Dame"

jueves, 8 de noviembre de 2018

Cementerios olvidados, castillos derrumbados.

Se niega a expandir más su frío. Porque hasta las páginas que lee, y pasa, se están llenando de húmeda escarcha. No se maldice a sí mismo por creer, de verdad, eso de la leyenda negra y el hechizo. Lo hace porque entiende que, vacío, moriría precipitado al abismo. Solo le quedaría vagar solitario por las ciudades de su imaginación, con la oscuridad de la noche en el cielo y las luces rojas y amarillas de la civilización al fondo. Andando sin rumbo, sin destino fijo. Pero, aunque el hielo sigue aprisionando su pobre corazón congelado, tu barro caliente le ha devuelto los latidos perdidos. Son lentos, pero constantes. Poco a poco más rápido. Le ha costado sudar agua, tinta y tiempo. Le ha costado travesías por el desierto en épocas de autoconocimiento, batallas nucleares entre frases, películas y versos, tormentas solares por culpa de los excesos. Y sigue vivo. No solo por sobrevivir, sino porque tiene que existir algo más que eso. Por esta razón se ha repuesto de la locura y las decepciones en forma de tortura. Por eso todo el hielo que rodeó toda su mente y cuerpo. Y vas tú y te pones en su camino. Seria y angelical, dando un puñetazo sobre la mesa. Abriendo la puerta del coche y cogiéndole la mano, para ayudarle a meter tercera. Girando el volante de manera brusca, hacia asfalto ya desgastado. Abandonado. Lleno de cementerios ya olvidados y castillos casi totalmente derrumbados. Que desembocan en otras ciudades, con otras vistas y con otras calles. Con nuevos huecos en los que esconderse y perderse. Por ello, se niega a permanecer impasible ante las señales del futuro. Se derrite poco a poco, con cada caricia en el cuello y con cada beso en la mejilla. Aunque siempre continúe con la mirada fría. Con la figura inalterable. Ahora quiere explotar con hechos y palabras. Destruir al hielo con tu ayuda, necesaria. Sentirse vivo. Vulnerable. Dejar la piel, de nuevo, amenazada. No importa que vuelvan a cortarla. Vale más que puedan tocarla. Provocar sensaciones olvidadas. Quiere decir más a menudo eso de: tú a mí, conmigo. Yo a ti, solo contigo

Gregorio S. Díaz "Cementerios olvidados, castillos derumbados."

sábado, 3 de noviembre de 2018

Mundo digital.

Fueron las primeras imágenes que no solo me hicieron llorar, sino volar. Soñar. Imaginar. Cuando tenía todo el tiempo del mundo para gamberrear y universos primitivos crear. Sentía que, de verdad, otra realidad podía tocar. Ese mundo digital me conformó. Me dio las ganas de transformar el mundo real y alcanzar, así, un futuro más justo. Mejor. La conciencia revolucionaria, de acabar con la oscuridad y las ruedas negras. De luchar contra quienes se aprovechan del abuso. Tener el control y la fuerza. La ayuda de amigos que prefieren perder que perderte. Morir a ver morir. El deseo de mandar fuera toda esta maldita realidad, que no permite creer en lugares que no existen en los mapas. Fue el mejor regalo. Tener un sitio al que huir, escaparse. Al que viajar. El mundo digital. Sin fronteras posibles y mucha vida que dar y derramar. La mano de alguien, que en el fondo eres tú, que no se va a soltar. Un lazo mental contigo mismo, en versión animal. Fueron años que no supe explotar, pero que hicieron a este loco creer en utopías, en canciones y en revoluciones. En el amor y la amistad. En los ideales de un emplazamiento más allá de la carretera y la ciudad. Más lejos de lo que podemos tocar. Cerca de lo que solo se puede escribir.

Gregorio S. Díaz "Mundo digital."