Musas

Musas

martes, 25 de abril de 2017

Ostracismo

No creáis, compañeros, que esto no me duele. Me quema por dentro, me envenena. Me hiere. No lo consideréis, tampoco, el enésimo berrinche. En el último ya lo predije. En mí recae toda la culpa: la presencia de castigos, la ausencia de constante confianza, han hecho que llegue a creérmelo. Lo de que no llego al nivel apto necesario para ser medianamente competitivo, que voy de culo con los pies y no llego ni al centro, que ya no salto y no voy seguro, que, en definitiva, no estoy a la altura para enfrentarme a un partido importante, trascendental y decisivo. Que ya no valgo. Y no es por falta de voluntad, de esa no hay duda, pues reniego de los vicios de la noche antes de cada choque, sacrifico horas de trabajo y estudio por cientos de kilómetros en coche. Que me relego yo mismo al maldito ostracismo. Que ya más no me humillo ni me arrastro por campos en los que deberían contar el sudor, las lágrimas de alegrías y el contacto directo. Que el que ha estado siempre, va a dejar de estarlo. Por lástima, obligación o falta de alternativas, no quiero seguir jugando. Que no quiero, joder, seguir por esto llorando.

Gregorio S. Díaz "Ostracismo"

lunes, 24 de abril de 2017

¿Último adiós?

A ver si es verdad que este adiós es último que se nos va. Que la vida está cansada ya, de nuestro eterno errar. Del olvido sistemático. Del recuerdo colmado. De tener la necesidad. De hablar, de sentir, de ser y de colorear. Todo aquello que en blanco y negro está. Que también se vive si lejos estás. Que no por lo nuevo que hayas vivido voy a morir o te voy a olvidar. Es recíproco, querida, tú no lo controlas y no lo puedes evitar. Está visto y comprobado, más de un día se nos enciende la vena y se apura el vaso con una finísima gota, quedando todo desbordado. Inundado y anegado. Nosotros, ahogados. Se nos vuelve el puto tiempo atrás, pensando en lo que pudo ser y nunca será. En todo lo que perdimos en una guerra absurda. En que nos hemos reconstruido y no son los cimientos que conocimos. Que se han borrado todas aquellas palabras que un día nos dijimos. ¿Qué creías? Solo alimentas mi alma en pensamientos, dándole dinamismo a mi pluma que te escribe a través de mi mano. Que no eres la musa, ni tan si quiera un mito. O todo o nada, eso es lo que somos y fuimos. No hay un término medio. Como en la política, yo soy partidario de un extremo. El izquierdo, porque fui un revolucionario barbudo desembarcando en la playa del girón de tu piel. Esos acontecimientos que ya son Historia que en páginas de libros tendré que leer. Tú también. Que no es perversión, sino impotencia. Qué quieres, si me explican lo acaecido o lo que puede ser, en realidad, apariencia. Lo que no te iba a preguntar porque no quiero saber ni la mitad. Hemos cambiado, yo ya lo daba por hecho. La perspectiva, el tiempo, el viento y todos los cuentos. Ellos tienen la culpa, ellos han sido. El recuerdo que se hace olvido va siendo más benévolo que el tiempo convulso que vivimos. Y si no, ¿qué querías? ¿Trastocar un mundo que pedazo a pedazo relamía? ¿El que sigo haciendo todavía? ¿Mover hilos para que supieras que estás ahí a pesar de tus nuevos mil días? ¿Repetirte como vacuna? ¿Sostenerme en tu juego, el de toda la vida? Que yo no me arriesgo por causas perdidas. Por besos que no son míos, ni por letras que no me priorizan. Que yo, me da igual si tu no, seguiré pensando en lo que fui contigo. En lo que me has convertido. Olvidando que tengo una sangre no tan roja y pura, esa que ya has bebido. Que ya no somos destino, porque ninguno de los dos ha querido. Tú habías elegido. Yo, cuando me levante del letargo, ya habré decidido.

Gregorio S. Díaz "¿Último adiós?" 

sábado, 22 de abril de 2017

Arregla lo tuyo.

Esta vez no has sido un huracán. Un tsunami. No has sido un lacrimoso temporal. No has arrastrado, a tu paso, a este corazón cuarteado. Ni se aceleraron los latidos ni las pupilas se dilataron. Solo quise morirme, en esa ola, cuando tus vientos agitaron como antaño. Solo sentí esa nostalgia de querer ser maltratado, corrompido y por la marea, hasta que se calmara, llevado. Esta vez soy más fuerte, por si no lo has notado. Inmune ya, a tus cien mil olores envenenados, que me llegan cada cierto tiempo, como siempre has hecho. Que fueron tus dardos solo copias de algunos pasados. Que esos, conmigo, también los habías tirado. Que lo haces cuando los besos se resquebrajan y quieres provocar dolor y daños. Sentirte superior por tener alguien con quien hablarlo. Con quien asustar y asustarlo. Yo ya me he resarcido. He buscado el perdón en ojos que, como nunca he visto yo, me han mirado. Por mis aventuras, locas y creídas, por mis hazañas, no memorables, me he disculpado. He puesto el grito en el cielo porque yo también supe lo que era salir malparado. Porque tengo la certeza de que el bien y la suerte, es algo que te tienes que ir ganando. No puedo decirlo más claro: fueron años idealizados por dos niñatos que no sabíamos a lo que jugábamos. Que se rompió el globo de tanto golpearlo. Que, de aire, queríamos que durara hasta los mil cumpleaños. Y sí. Eres la bruja por la que estaré cien años embrujado. La que dibujaré, sin un por qué y de casualidad, en algunos de mis cuadernos. En quien piense cuando tenga saturada la mente. No en lo que eres, sino en lo que fuimos. No en esto en lo que nos hemos convertido. En seres muertos y perdidos. Añorando tiempos por lo que significaron y no por lo que han sido. Que a mí ya no me importa estar perdido porque tengo un camino. Y me da igual si no lo recorro contigo. Es algo que me has enseñado y que yo he aprendido. Que tú has forjado alianzas estrechas, así que no tires por la borda todo lo construido. Tal y como nosotros hicimos. No esperes a que la perspectiva del tiempo te pregunte qué hubiera sido. Que te golpee la realidad con el “qué tonta he sido”. Arregla lo tuyo. Luego piensa en mí alguna vez, como dijimos.

Gregorio S. Díaz "Arregla lo tuyo" 

miércoles, 19 de abril de 2017

Yo te he creado, tú nunca te has hecho.

Yo te he creado. Tú nunca te has hecho, ni me has inducido a hacerte. Yo te he moldeado. Solo tenía tu sombra, después de comerte la carne y los huesos durante un tiempo breve, efímero, en el que al saciarme te despedí, como quien dice adiós agarrando otra mano. Otro cuerpo. Solo tenía tu recuerdo etéreo. Ni adecuado era el momento, la coyuntura, ni tampoco lo era tu pensamiento, tu nula locura. No existían las ganas, los besos y las palabras. Alguien decía que esperara a que una bola entre nosotros se creara, y yo temía que esa misma bola se hiciera tan grande que me aplastara, que los movimientos me redujera. Yo te he creado, después de sentir en mí el vacío de alejarte en ese tren y verla a ella diciéndome adiós en la estación, agarrando ya otra mano. Otro cuerpo. ¡Como yo mismo había hecho! Tú nunca te has hecho, no supiste ponerme las cartas sobre la mesa, cogerme fuerte la cabeza, gritarme tus miedos, soltarme toda tu rabia. Yo te he moldeado, tras la madurez y la perspectiva, de la que ahora entiendo. Te he construido en mi memoria. Te he puesto los adjetivos calificativos que no veía cuando te tenía. Tú nunca me has inducido a hacerte. Se derrite el helado, la tarta y se me cae el vaso. Dejo de hacerte, de recomponerme para recomponerte. Acabaré, otra vez, estoy seguro, destruyéndote, ganándome el rencor que convertiste en perdón. Todo es recíproco. Todo lo que viene va y lo que va viene. Acabarás de nuevo haciéndome, leyendo mis instrucciones. Y yo haciéndome a mí mismo y compartiendo piezas y helados, complementándome.

Gregorio S. Díaz "Yo te he creado, tú nunca te has hecho."

martes, 18 de abril de 2017

Remedios.

Ojos vidriosos al mirarte. Todavía no logro explicarme por qué no puedo ni la mirada aguantarte. Por qué se me humedecen los ojos de lágrimas que como puños quieren las mejillas recorrerme. Yo las aguanto, evitándote. Es que, sin creer, sé que te viste esa magia con la que fantaseo entre palabras. Que, de tu aura, tienes rodeada toda mi figura, mi camino y mi vida que es ciencia, pero no exacta. Me he quemado por ti tantas veces, que no me duele. Que lo haré hasta que loco me quede. Te he visto con cuatro ojos, porque ella, cuyas manos a las mías entrelazaban también te contemplaba. Lo siguen haciendo desde un pañuelo que todavía huele a mí si es que no está hecho harapos. Te he cantado cada noche que delante de ti he corrido. Hoy ya no me queda voz. Y lo he hecho desde chico. No sé sí es porque me gusta desentonar o porque has hecho que de cultura me llene, pero sabes que no creo ni en dioses ni reyes. Que ellos llaves de ningún destino tienen. Creer en ti, por ilógico que parezca, es de lógica. Tu alma está llena de todos los que un día pisaron estas calles. Y yo soy de aquí, diga lo que diga mi sangre. Que tengo miedo a que tiemble mi mano, ahora que escribo tu historia. Que tengo miedo de mis miedos,  y necesito que los remedies.

Gregorio S. Díaz "Remedios." 

martes, 4 de abril de 2017

Lo que nunca te dije.

Alguna vez habría que enfrentar a la verdad. Los hechos, el tiempo, las palabras. Aunque, como de costumbre, no exista el cara a cara. Eso nos disuelve, nos esquiva, nos lleva por las ramas. Nos hace hablar por hablar, sin medir del discurso la importancia. Aún hoy, después de lo que ya son cuatro años malditos, de miles de guerras diarias contra la vida, el dinero y los amigos, de osadías y conflictos, siento el suave tacto de la sangre que derramé en lo que fue un disparo contra mí mismo. Me duele más la que cayó por tu vientre, al impactarte de rebote, la bala que iba directa a mis sienes. Tú no lo sabes, pero me salvaste. Me impulsaste mientras te caías. Mientras te dejaba caer. Aquello que prometí nunca hacer. Hiciste a todas mis piezas, distorsionadas y dispersas, recomponer. Me enseñaste que yo podía, también, crecer y creer. Querer. Confieso, no supe qué hacer. El ritmo de la vida me estaba llevando por delante: el pasado no hacía más que tocar a la puerta, convenciéndome de que la tuya era una cama fría. La juventud me colmaba de besos, susurrándome que aún tenía tiempo. Las amistades para el hielo y la barra me seducían. Decían que la primavera, si yo quería, flores de colores traerían. Los exámenes y aquella puta, llamada Paleografía. Y luego estábamos nosotros, errantes de un camino con solo dos salidas. Que, llevados por el azar, y la boca cerrada, moríamos en la rutina. Recuerdo que no sabía cómo enfrentarme a ti y a tus miradas. Quería preguntarte si me querías y si te gustaba. Supe que sí la noche que se convirtió en la última. Yo ya ciego y envenenado estaba. No fue hasta ese verano cuando comencé a dibujar el error y el ‘dejarse llevar’ se me incrustó como filosofía de vida. De primera mano, no conocía la angustia y el dolor provocado, saber qué ocurría cuando alguien se va yendo, así de pronto y de paso, como si estuviera hecho de material etéreo. Justo lo que luego me tocó vivir y conocer, cuando, lejos tú, quise continuar y me tocó perder. Mil perdones no ayudarían a sanar lo que cicatrizó, sabía muy bien, pero tuve que obsesionarme con él. No solo para que me perdonaras, sino para perdonarme yo por huir y no confrontar mi destino. Hoy no sé si existe el perdón o el rencor. No sé por qué, a veces quiero y otras no. Meses enteros empezándote yo. Un helado, efímero, de paz y transición. Y justo cuando digo: no hay nada que hacer, me marché sin decir ni adiós, no merezco ese perdón, me empiezas tú. Entonces me confundo y pienso que no, que no deberías tener pudor ni compasión. Y, sin embargo, tienes la que no tendría yo. Para terminar, debes saber, que me quemaré cada vez que recuerde el olor de tu pelo rubio y el frío de invierno, las chucherías y el Fin del Mundo. Que me torturaré, cada año, por los daños que provoqué y que no sanan con los años. Que aquel que era solo fue una sombra del yo que soy, y nada del que quiero llegar a ser.

Gregorio S. Díaz "Lo que nunca te dije" 


domingo, 2 de abril de 2017

Separados, muertos.

Colorear el cielo de negro y rojo por querer una realidad alternativa donde serías, de verdad, la única. Suplicarle al dios atmosférico que despegue su furia cuando te pienso, y que me llene y empape de lluvia, para que moje mi tristeza al imaginármelo. Maldecir a viva voz que no es justo. Que podría ser perfecto. Que tu risa y tu beso serían los alicientes de mi vida en los días de sol, balón y desierto. Entender que todo pasa y nada queda, salvo los momentos. Que todo fue ya, en su momento. Cuando no teníamos conciencia del amor ni de hacerlo. De parecer dos ni de serlo. Que solo reñimos y perdimos, a nosotros mismos y a las horas en las que, convencidos, nos quisimos pensando que tenía que ser cosa del destino. Como si el mundo estuviera para los dos construido. Y ahora, para mi deshecho, para ti paraíso. Eso no importa, es lo de menos. Ni el hecho de que no estés aquí conmigo, ni querer hacerlo. Qué más dará eso. Yo ya sabía que separados, pero joder, no así de muertos. Así de rotos y tan lejos. No obstante, lo entiendo. Me hacen falta minutos de lectura y cinco segundos de pensamiento para hacerlo. Estamos desgastados de querernos en vidas que ya hemos vivido. En cuerpos que yacen inertes, en los huesos, y sobre los que dibujamos millones de besos tuertos. Estamos cansados de compartir cada generación. Tanto que queremos dejar de lado esta conexión tan fuerte que, incluso hoy, tira de mí hacia ti como si no existieran los imposibles. Lo peor es creerte inepto. Débil, frío y marchito por dentro. Lo peor es que te olvido a cada paso que doy y de ti no me acuerdo. Que me sustituiste, borrándome por completo. Que cambiaste mi risa y mis besos. Mis mierdas y mis textos. Que ya no sé si cuando volvamos a vernos, cuando los de esta vez dejemos de ser, querrás volver al camino correcto.

Gregorio S. Díaz "Separados, muertos." 

jueves, 30 de marzo de 2017

¿En qué pensabas?

¿En qué pensabas? En qué pensabas cuando los vientos soplaban a tu favor. Cuando hacías y deshacías a tu gusto, lleno de furor. Cuando la vida te sonreía y una nueva cara cada día de traía. Cuando besabas doble, triple, y mentías por cuatro. Dime, por favor, que sabías que algún día se acabaría. Las oportunidades y la juventud. Que conocías el precio a pagar por tantos años de vaivenes de colores y de no tener ni siquiera pudor, de tolerar la esclavitud. Que sé que te daba igual las noches en las que dormías y en las que no, que se interconectaban en sábanas de todas ellas el olor. En qué pensabas cuando todo cambió. Que por mucho que quemara, la candela del que creías amor, no fue tu perdición. Que no te incineró. Más hubieras querido. En el fondo lo sabías. En el interior de ti, tonto, conocías de lo que perdiste el valor. Ya no de aquella que a tus manos esposó. Esa que no te dejará de querer y odiar a la vez. Sino de esa que te quiso, como quieres que te quieran, y que ni la piel traspasaste. Ella, ahora, sí que te aflora en los poros de la tuya, que muere. La misma que tiraba de ti, sin atarte, en pos de ver un mundo que ya no entiendes. En el que no crees. Del que quieres huir y del que no vas a poder. Esa con la que escribes finales felices, que no se cumplirán, los que lees tantas veces que quisieras que se hiciera realidad. Y todo por no dejarte llevar. Por no olvidar lo que te ha olvidado ya.  

Gregorio S. Díaz "¿En qué pensabas?"

sábado, 25 de marzo de 2017

Séptimo sentido.

Mirando al frente, sin ver lo que sucede alrededor. Con el punto de mira siempre en el camino, pensando cada paso que doy, si es el correcto o es el mejor. Así me pierdo la vida. Pierdo mi vida. No me fijo en esos árboles que de nieve ya se han cubierto varias veces, que han florecido otras tantas y que se han ido quedando sin hojas, por aquellos otoños melancólicos, que tanto se me parecen. No doy oportunidad a que me cuaje. Huyo. El tiempo que no tengo no quiero que me lo arrebaten. Tengo millones de proyectos por acabar, y por idear, y no los quiero deshilvanar porque son lo que me permitirán avanzar. Eso sí, a veces es necesario un tiempo de relax. De dar una patada al reloj y tener un hombro en el que llorar. Con el que sudar. No veo nada. Estoy distraído. Absorto. No consigo entender viejas palabras ni comprender nuevas miradas. Estoy como siempre, un poco tonto. He roto con aquel mundo. El de colores y cero preocupaciones. Se ha dislocado mi olfato. Ya no soy un asesino. Se ha desactivado, por completo, mi séptimo sentido.

Gregorio S. Díaz "Séptimo sentido" 

jueves, 16 de marzo de 2017

Solo pido, solo quiero.

Solo pido una pizca de suerte. Un poco de justicia, que ya va siendo hora. Y que llegue pronto la muerte. Solo pido una última oportunidad, llena de enjundia, que ir despojando de pétalos de rosa. Hasta que se acabe, bebérmela, de un trago las noches, poquito a poco los días de puestas de Sol, carmín y derroches. Solo quiero parar el tiempo, idealizar a otra y subirla a la barra del bar, para armar, con botellines de cerveza y esas flores deshojadas, su propio altar. Que ni virgen ni santa, pero joder, qué más da. Que sea mía y yo de ella por una vez. Que me deje retratar su silueta a través de papeles que se mojarán y no llegarán a nada. Como mucho a tinta ilegible llena de lágrimas. Solo quiero un dulce final. Algo de verdad. Alguien de cristal, para rayar y desgastar hasta el final. Yo prometo no romperla. Solo quiero a mis muros derribar, a los miedos asustar, esos que parecen comerme en pesadillas, a mis monstruos matar. Solo quiero todos mis pecados redimir y remediar. Dejar de pedir perdones a personas que me olvidaron, aunque al pensarlo duela y cueste. Solo pido piedad, que sigo aquí encerrado, malherido y derrotado, y nadie de este abismo me salva.

Gregorio S Díaz "Solo pido, solo quiero"