Musas

Musas

domingo, 17 de junio de 2018

Esto era lo que yo te decía.

Esto era lo que yo te decía. Que creceríamos y pasarían más de mil días. Que caeríamos y nos daría la espalda entera la vida.  Esto era a lo que yo le temía, y en innumerables inseguridades banales quise plasmarte mis miedos. Me asaltaban las dudas, el pensamiento y el futuro. Me podía el orgullo y el saber que iban a suceder las imágenes macabras que pasaban por mi mente, y que yo iba a ser para siempre tuyo. Esto era lo que yo te decía y a lo que le temía. Que te desenvolverías, que mirarías más allá, por encima de mi hombro. Que lo nuestro no se alargaría. Esto era lo que yo vaticinaba. Dos que no son nada si no son algo. No otros, no rotos, sino recompuestos. Con pegamento bien soldados. Uno soplando las cenizas al viento para que no se las devuelva y el otro tratando de buscarle la mecha al aire a ver si arde. Todo esto era lo que yo te decía. Por lo que me torturaba y maldecía. Lo que tú no entendías. Porque yo ya lo sabía. Que explotaríamos y, como el universo, nos expandiríamos, alejándonos. Como dos líneas perpendiculares que no se cruzan, que no saben que la otra existe. Que no mira atrás y solo avanza, hasta el infinito. Esto era lo que yo te decía. Por eso todas aquellas dudas. No sabía si seguir viviendo al día aquella aventura que teníamos o cortar por lo sano, sabiendo que tendría que desintoxicarme, salir de las rejas en las que tu recuerdo me encerraría a cadena perpetua. Y me quedé a medias. Entre el sí y el no. Entre el ‘una última vez’ y el ‘adiós’. Esto era lo que yo te decía. Que tú olvidándome acabarías. 

Esto era lo que yo te decía "Gregorio S. Díaz"

domingo, 10 de junio de 2018

California, Texas y Nuevo México.

Quisimos hacerlo todo. Cualquier loca aventura prometimos algún día hacerla realidad. Qué locura. Queríamos hacer de todo. No había barreras, no hacía falta dinero ni tiempo. Solo las ganas. Tú y yo, por un lado, el resto del mundo por otro. Quisimos hacerlo todo y no pudimos. No nos dejamos. Aquellos planes no eran tan reales: no íbamos a tumbar la torre Eiffel, ni la Muralla China. No íbamos a bordar en oro y grana nuestros nombres entre los pasadizos de la Alhambra. No íbamos a romper el sistema. Pero al fin y al cabo eran nuestros. Nosotros mismos los dibujamos, en un papel en blanco. No hubiera hecho falta cumplirlos. No sé, solo tenernos. Querer compartirlos. Ya solo sería suficiente uno. Quizá el último. No para cumplirlo, solo para tenerlo. Olvidar lo que hemos jurado, lo que hemos dicho. Dejar de esperar a que el tiempo consuma dos vidas que se van al infinito cada minuto. Que se esfuman. Antes de que seamos demasiado viejos para todo eso que quisimos hacer. Es solo que ganemos vida y perdamos el tiempo. Que te tiñas de rubio y te cortes el pelo. Que te coloques un lazo y te ates un pañuelo al cuello. Que robemos un descapotable rojo, a juego con tus labios, y me quites de un beso y un susurro la chaqueta de cuero. Que te mires en el espejo, mientras me agarras la mano del cambio y yo acelero. Gastando rueda. Que compartamos helados, hamburguesas e idiomas. Que recorramos California, Texas y Nuevo México. Que pasen las líneas amarillas de la carretera recta que no termina. Que me hagas cumplir dos sueños: tener a América bajo mis pies y tenerte cogida de la mano.

Gregorio S. Díaz "California, Texas y Nuevo México"

domingo, 3 de junio de 2018

Entre Hoover y Colingwood.

Por el rabillo del ojo ya te atisbé, justo al principio de la osadía. Con libros sobre el pecho. Tomando apuntes, a velocidad de vértigo. Justo cuando la mirada volvías. No te conocí hasta que llegaron Hoover y Colingwood. Cuando mi vida se había vuelto de blanco y negro puesto que Bonnie había decidido dejar morir solo a Clyde. El mismo otoño en el que no solo el martes y el jueves, sino todos los días se calificaban como negros. No sé si recuerdas, compartimos paseo bajo la lluvia antes de entrar al glorioso final de fiesta americana. Donde me llevé el segundo oro, quizá tu la plata. Y ella no sé qué se llevó, la dejamos sin nada. Te desvaneciste en una foto de promoción, ya caducada. Años después, la embajada norteamericana pareció unir al fin nuestras almas. Como si de una comedia típica se tratara. Yo te quería enseñar la Alhambra, como si fueses Eisenhower en aquellos años cincuenta donde España no contaba. Quería dejarte mi huella marcada: la puerta de las Granadas. Por si, en el futuro, tuvieras otras fiesta americana y tuvieras que enmarcarla. Corregirla. Comentarla.  Un beso, quizá, para terminar la velada. No sé si, como Selena, tendrás ganas. Puede que te rehaga. Que te mantenga cerca. Que te cure. Así, luego te marchas. Y escribiré que grites mi nombre. Y yo gritaré el tuyo las noches estrelladas. 

Gregorio S. Díaz "Entre Hoover y Colingwood"

martes, 29 de mayo de 2018

Son besos de pólvora

Son besos de pólvora, lo que yo te doy. Son besos de pólvora y fuego lo que procuro darte cada año, durante días que son efímeros y que dejan eternamente colmado el recuerdo. No creo en tu dulce historia. A decir verdad, solo creo en ti y en la magia que tienes. En los ojos vidriosos con los que me miras, como si yo fuera diferente. Por eso me ensucio las manos, me visto con mis mejores galas y salgo a la calle corriendo. Es por ti. No es por el humo, la música, el alcohol o la jarana. Es todo por ti. Me has hecho, desde pequeño, y desde que he crecido, no paro de enamorarme de ti. De lo que guardas. De lo que encierras y has visto. Tengo envidia de tu eterno respirar, puesto que tus ojos han tenido la suerte de ver las centurias pasar. Las caras de otros, que somos nosotros, girándose en torno a tu bailar. Por ti me sangran los dedos, me duelen los brazos, me rompo el oído y te regalo tímpano. Por ti me pongo de rodillas y lanzo una salva al cielo. Estoy seguro de que la podrás llevar con quien no he podido compartirlo. No voy a dejar de besarte la mejilla y los labios, de bailar de rodillas y lanzar al aire mis lazos. Me conformo con ver tu sombra entre tu casa y palacio, cada año. No con tenerte bajo mis hombros, sino sobre mi pecho. Quizá por eso, cada lunes, beba y me emborrache. Porque te me vas y se acaba. Porque ya no te puedo besar con pólvora. Porque tú ya no puedes hacer nada por mí que no sea esperar a la siguiente salva. A ver qué somos y donde estamos para cuando llegue de nuevo la hora…

Gregorio S. Díaz "Son besos de pólvora"

domingo, 27 de mayo de 2018

Te he querido después

Te he querido después, mucho más que antes. No en el momento, no cuando eras mía y yo creía no ser de nadie. Justo en ese momento, no. Un poco. Algo. ¿Nada? Pero ¡ay! cuando volví por primera vez la cabeza hacia atrás, cuando me fui. ¡Ay!, cuando me dieron la receta que en tantas estaciones repartí. Cuando hice inventario de mis sentimientos y ordené cronológicamente cada beso. En ese preciso instante, cuando me paré a pensarlo, empecé a quererte. A maldecirme y a arrepentirme de mis actos, como sabes, como ya he dicho, no bondadosos. Te quise en el recuerdo, en el perdón y en el intento. No como si se pudiera volver atrás en el tiempo, sino como si se pudiera escribir en él a partir de aquel mismo momento. Te he querido después, porque durante no vi con la perspectiva del proceso de toda una vida. Tenía, en el oscuro pasado, puestas mis miras. Te he querido después, porque tú no lo has hecho. Por eso me querías cuando me tenías: porque yo no lo hacía. Te he querido tanto después, en silencio, que quizá tú ni te lo imaginas. Tampoco mucho te lo creas. Yo he querido todas las oportunidades que he perdido. Con ellas, infinitamente, me lastimo. Y así no veo lo que tengo justo delante, en el camino. Y tropiezo, me rasguño y me quedo en el valle de los vencidos. Y me levanto y repito. Y así hasta que deje de tener frío.

Gregorio S. Díaz "Te he querido después"

domingo, 20 de mayo de 2018

Huesos.

Siempre supe que algún día llegaría este día. Aún sabiendo que tenía que pasar, había momentos en los que daba auténtico pánico pararte a pensar, bajarte de este loco mundo que gira y gira, rápido y sin parar, y ver qué has hecho bien y qué mal. Siempre supe que llegaría la hora en la que ni el recuerdo nos pudiera salvar. Que, por más que se retrasara en la relatividad del tiempo, era inevitable. Lógico. Iba tener lugar de cualquier forma y de todos modos. Siempre lo supe y casi nunca le temí. Puede que al principio un poco, pero incontables veces lo he querido y deseado. Lo he buscado. Como si eso significara pasar a la siguiente página en blanco. Como si eso significara que no iba a escribir lo mismo. Y ahora que no estás, qué miedo da. Ni en el hueco del pensamiento, ni en las novelas que no leo por falta de tiempo. En ningún sitio. Quizá ya solo te quedes en las canciones. Así, al menos, te tengo en la música.  Siempre supe que llegaría la mancha negra del olvido, que la damnatio memoriae romana aplicarías a mis fotografías de cara y la ignorancia a todos mis escritos. Siempre quise pensar que encontraríamos la manera. El momento. Que el lazo atraería por sí solo al enorme jodido universo. Que la conexión terminaría por invertir los polos magnéticos. Que nuestra fuerza era eterna, y no etérea. Pero nunca imaginé tal destrozo. Este huracán que se lo ha llevado todo. Mi voz y mis ojos. Mis mierdas y mis logros. Lo que conseguimos nosotros. Tal vez no fuera tanto ni tan loco. Ni tan grande ni tan único. Al fin y al cabo, la huella se desdibuja con el tiempo. Nos tatuamos unas nuevas. Habrá que esperar a que se caiga la piel y sus besos. Habrá que esperar a ver qué pone en tus huesos. 

Gregorio S. Díaz "Huesos"

domingo, 13 de mayo de 2018

Ya.

Ahora sé qué baldosas pisan mis pies, qué estela siguen mis pasos. No porque sepa hacia dónde voy, pues eso será siempre un misterio irresoluble, sino porque veo con certeza y claridad lo que tengo a mi alrededor, dónde estoy. Me fijo más en la suela de mis zapatos y en el suelo de barro en vez de señalar a las nubes. Ahora entiendo que quien se va, se va, y no tiene pensado volver. Que a quien echas, ni por mucho que la llames. No vuelve. Solo eres tú, pagando altos precios por tus propios errores. Repitiéndolos. Ahora llego a captar el por qué te fuiste. Sin una nota, ni una explicación. Nada. Y te doy las gracias. Por todas esas horas de llanto, de pesadillas y de dolores de cabeza. Ahora sé, de verdad, que las cosas pasan porque pasan y porque tienen que pasar. Que todo tiene su por qué y su final. Que el aprender es eterno, al igual que errar. Que todo llega y lo que llega, aunque haya que esperar, es lo único que te tiene que hacer volar. Bocanadas de aire respirar. Basta ya de mirar atrás. De querer volver a la carretera llena de lluvia y pegar el vaso de cristal. De seguir un rastro invisible, tan solo para entender, no para averiguar. De seguir esperando en mi particular muelle de San Blas. Que un día te dije ‘hasta que me olvides’ y no super ver que en realidad era hasta que te olvidara yo. Ya. 

Gregorio S. Díaz "Ya"

lunes, 7 de mayo de 2018

Heridas de guerra.

Si no permanezco impasible ante las críticas, mucho menos lo hago ante el halago. Otra cosa es que me quiera recrear en pasiones, para mí siempre infundadas, pues no tienen base lógica. Recuerdo otro tiempo en el que tan solo el escuchar parecidos versos me extasiaba el alma y creía volar por torres demasiado altas. La realidad las estampó primero en mi pecho, luego en mi espalda. Esas, supongo, son las heridas de guerra de las que hablas. Hace tiempo que aprendí a cerrarlas, a no ir por los bares presumiendo de carne abierta, tratándolas de cerrar con fuego y cubatas. También supe que no debía dejar entrar cuchillos hasta tan dentro de mis entrañas. Qué me vas a contar tú de valentía si yo no sé ni que significa. Qué más da que sea a medias, si yo no tengo ni un cuarto de eso de lo que hablas. Por eso no te niego mi cobardía, cuando con esas mismas y justas palabras, antes, he salido corriendo por patas, huyendo sin despedidas, ni flores, ni versos, ni nada. Hoy no me voy, pero tampoco me quedo. Confieso, soy un cobarde con todas las letras, tengo demasiado miedo. No sé qué estoy haciendo contigo. Si me preguntas, te digo. No voy a prometerte un para siempre. Demasiadas promesas he hecho, dos he cumplido. Las dos a mí mismo. No voy a pensar en quererte hasta diciembre. Solo ver qué pasa, tratar de agarrar el presente. Que dibujen las velas y las luces, en forma de estrellas, lo que ha de ser si es que ellas quieren. Yo, de momento, me quedo en el lado derecho de tu cama, agarrado a tu espalda, batallando contra esas agujas del reloj, que me absorben la vida y la calma. Él tiene todas las respuestas: el tiempo manda. 

Gregorio S. Díaz "Heridas de guerra"

jueves, 3 de mayo de 2018

Quién no...

Quién no. Quién no ha cometido un error alguna vez. A ver, que salga aquí delante quien tenga el currículum inmaculado y ningún tachón en el diario. Quien no haya hecho una locura algún domingo o dos o tres veces al año. De ella, ahora, solo ahora, me sirve su lección: antes de señalar, a ver qué dedos están mirando para ti. Yo sé, yo sé, que a veces loco me he comportado. Que como la persona que aspiro a ser no he actuado. Que el bien no he hecho y el mal me ha seducido. Que las normas de la sociedad he cruzado y los ojos de los vecinos me han acribillado. Y qué si me bebo hasta la copa de los floreros, y qué si bailo contigo o le digo a ella lo que casi nunca oyó de mí: que la quiero. Y qué si no recuerdo. Como si ninguno de los mortales jamás lo hubiera hecho.

Gregorio S. Díaz "Quién no..."

domingo, 22 de abril de 2018

Veintidós y veinticinco.

Veintidós. Otra vez. Otro más. Y ya van tantos, que parece que fue ayer cuando abría los ojos por primera vez, mientras en los Balcanes estallaban en guerra. El tiempo con todo arrasa, como dice Hasel, y deja barba y arrugas en mi cara, y acaba con mitos tan enormes como la gran Yugoslavia. Veinticinco y tengo los sueños perdidos, a pesar de que, aunque duela, tengo que reconocer que sigo soñando contigo. La ilusión, el cariño y la magia ahora me la dibujan dos bichillos de siete años, que me tienen en las nubes. Esa que siempre ha estado ahí. Aquella que viene y va, por venir. Y otra que acaba de llegar y estará pensando en ir. La que no acaba de llegar y no lo hará, ni por ella ni por mí. Veintidós y veinticinco. Y aún tengo heridas que no se han cerrado. Cicatrices que, en relieve, me recuerdan los pasos que no debo dar. Las promesas que nunca cumplí. Soplan tiempos de cambios. Años de nuevos rumbos. De dejar de esperar en el Muelle de San Blas. De nuevas rutas explorar. Nuevos libros que leer. Nuevos recuerdos que recordar. Dejar lo pasado, pasado, atrás. Para ti y para mí. Para los dos. Para todos. Los veinticinco para quien los quiera. Yo me quedo con lo que me dejan. Con lo que me traen y con lo que me llevan. Con todo lo que tengo, y he conseguido, hasta llegar aquí. Que no es poco, pero tampoco mucho. Hay tanto por hacer, por leer, por escribir. Hay tanto, más allá, que voy a parar. Queda tiempo de sobra para vivir lo no vivido y vivir lo que vendrá. Hay tiempo por delante. Por detrás, borrado todo queda. 

Gregorio S. Díaz "Veintidós y veinticinco"