Musas

Musas

viernes, 12 de octubre de 2018

Admiro.

Te admiro y admiro la capacidad que tienes para olvidar. Para dejar atrás. Para que ni una de mis palabras te inmute, si con las tuyas yo me derretía. La capacidad que tienes para que nada de nada te revuelva el estómago, la barriga, el pecho y la frente. Que ninguno de mis escritos te haya llegado, de verdad, dentro. Tan profundo como el resquicio interior de donde saco esas letras. Tan dentro como para que dijeras: joder, el puto tiempo, ¿qué nos ha hecho? Admiro que no seas capaz de pensar más allá. En otro beso, en otra caricia. En otra oportunidad de la vida. Ni siquiera se te pasa por la cabeza, aunque fuera mentira. Admiro cómo has conseguido tener el cupo de noches ocupadas. Que no dirijas un solo pensamiento a aquellas madrugadas que pasamos en mi cama. Que, para ti, todo sea un borroso recuerdo del que solo extraer lecciones y sonrisas a destiempo. De dejar a nostalgia que actúe para que, dos minutos después, pases a tu trabajo. Y si te he visto, ni me acuerdo. Admiro que no se te salga el corazón, ni se te dilaten las pupilas. Que tengas una mano que ha suplantado la mía. Que no recuerdes esos pasillos como si fueran fantasías. Que hayas aprendido a soltar lastre y vivir la vida como si fuera una, con simples postales de bienvenida y despedida. Como si el sentimiento no hiriera, ni lentamente matara. Como si se pudiera borrar todo, por arte de magia. Admiro en lo que te has convertido y al mismo tiempo desprecio lo que ha hecho la vida contigo. Y conmigo. A mi no me ha dado lecciones de olvido. Solo de egoísmo. De frío. De no ser el mismo. De ser otro, totalmente distinto. No merezco tanta condena, ni tal castigo. No saber querer, no tener destino. 

Gregorio S. Díaz "Admiro"

lunes, 8 de octubre de 2018

Está bien.

Está bien. Ahora son solo sueños que no se atreven a salir, a despeinarse. A convertirse. Algunas madrugadas han hecho mella en lo que dormido piensas. Ni helados, ni viajes lejanos. Ni Bibrambla, ni Granada. Ni el cuello lleno de colores y pajarillos. Ni cristal ni añoranzas del doce. Está bien. Todo esto te pertenece porque nunca lo tuviste, en el principio. Porque lo quise desparramar, luego, como si el tiempo no me hubiera enseñado lo que era el abismo. Supongo que es eso. Y está bien. Tendré que saldar una deuda de la que ya va quedando poco. Escuchando llantos tardes cualquiera, de verano y de velada. De empeños, lágrimas y peludas heladas. Poniendo fin al camino que, ahora, parece nunca acabar. Pero acabará. Y pasarán las horas. Las barras. Las palabras. Y llegaremos a estar en paz. Te habré pagado por todos mis delitos, por todos mis pecados. Me alejaré de espaldas, con la flecha de ella bien clavada. Y entonces, tú, quizá, puedas volver a querer guerra.  

Gregorio S. Díaz "Está bien"

jueves, 4 de octubre de 2018

Eso es todo

Esa curva. La que se te forma justo debajo de la nalga, donde empiezan tus piernas. Es todo un mapa donde perderse. Carreteras que recorrer, moteles donde descansar y gasolineras abandonadas en las que repostar. Esa línea curva, que marca la casilla de salida. El camino a una isla desierta, paradisíaca, donde encontrar el tesoro, tras vagar por desiertos y valles de lágrimas. Esos ojos verdes de ciencia ficción que, cuando en mí se fijan, iluminan un rostro que tiende cada vez más a la tragedia, a la oscuridad. Esas manos que queman a otras que han aprendido a no tocar, tocando. A no sentir. Esos dedos que, sudorosos, se entrelazan con otros, como si ya hiciéramos el amor antes de beberlo. Mente con mente. Tan alejadas y a la vez tan conectadas…que puedes leerme, de arriba abajo, hasta con las luces apagadas. Esos besos, que han tardado todo lo que yo he desesperado. Dame a pedacitos tu cielo. Dámelo, y no me dejes sordo con tus besos. Ciego con tus ojos. Roto, si no te tengo. Miras más allá y despedazas lo que a simple vista exporto. Una etiqueta que pesa, y con la que no puedo. No tengo más que palabras para ofrecerte. Quizá alguna risa, puede que muchos besos. Eso es todo. 

Gregorio S. Díaz "Eso es todo"

jueves, 6 de septiembre de 2018

Puto oxígeno.

Puto oxígeno. Solo eso. Lo que necesitaba en tiempos oscuros, cuando el agua al cuello atormentaba. Navegando mar adentro y profundo. Meses de ahogamiento. Cuando la marca negra explota y mancha todo lo que tocas. Cuando nadie quiere y tú tampoco, pero lo intentas: ni quien estuvo, rechazando tardes de helado de sandía, ni quien podía hacerlo, achacando dolores de barriga. Oxígeno. Necesitaba respirar y tu aire me dio vida. Me quedaba poco de la mía. Deambulando, una última oportunidad para sacarme de la deriva. Me parecieron mil cervezas y besos robados. No míos, solo prestados. ¿Cuántas? ¿Siete veces mal contadas? Siete noches en tu cama. Una por cada día de la semana. Varios meses de desahogo y rellenando de la sangre que me faltaba a vasos. Esperando a otra. Otro momento. Antes de meterme entre tus sábanas ya sabía que iba a tener que dejarlas. Puto oxígeno. Lo que en ese momento necesitaba. No una vida entera, ni fútbol, ni manos entrelazadas. 

Gregorio S. Díaz "Puto oxígeno"

lunes, 27 de agosto de 2018

Tres formas de decir vuelve.

Una vida por delante.
Dime lo de siempre.
Hagamos Navidad.
Son tres formas de decir: vuelve.

Distintas y diferentes, pero al fin y al cabo iguales. Y es que cuando la fría brisa de las noches entre agosto y septiembre llega, lo hacen también todos los cuadernos y notas en los que plasmamos nuestras memorias. Cuando las calles se engalanan de luces y se llenan de borrachos con bolsas en las manos. Cuando hay que subir, solitario, una cuesta andando, a las seis de la madrugada. En esos momentos se echa en falta el olor a orquídea y mi sonrisa pícara. Cosas que han venido a menos por el paso de los años. Por eso siempre he esperado un ‘vuelve’ y tú que yo siempre volviera. O quizá solo es la vida, que sigue poniendo trampas en formas de canciones.

Una vida por delante.

Fue el primer ‘vuelve’ en forma de melodía. Aún no queriendo que, de verdad, lo hicieras. Tenía una mezcla de rencor, rabia y miedo. De dolor y fuego. De no saber si perderte y olvido. Solo pretendía entender el por qué. Por qué el viento y el recuerdo fueron juntos llevándose todo aquello tan lejos…Fue cuando la bola en el pecho se hizo grande y no me dejaba respirar. Mientras, tú te perdías entre unas calles nocturnas y desconocidas en el lugar en el que siempre sucedieron las cosas. No lo pronuncié, pero no sabes cómo lo gritaba con los ojos. Tuve que disimular y agarrarme a una cabellera rubia para evitar el abismo al que me llevaba tu terremoto. Cómo dolía aquel vuelve. 

Dime lo de siempre.

Vino solo, cuando ya me acostumbré al tira y afloja. A nuestra maldita guerra. Al ‘esta es la última vez’ y siempre había una siguiente. Fue un vuelve que quería romper con eso de “que me quieres, pero no puedes tenerme”. Estaba a la espera de que, aunque nos separaba exactamente la misma distancia, tú la recorrieras. Necesitaba que, con tu palma en mi espalda, me recogieras. Como si necesitara un achuchón que me sacara fuera de la candela. No fui ni a por ti, ni a por todo. Puede que fuera el momento, porque ya tenia la vida casi hecha: cuatro ruedas, un diploma y unas ganas tremendas. Esa que se diluyeron en la abundante comida del chino y el extraño silencio del coche. Ahí entendí eso de que no se tira lo que se quiere.

Hagamos Navidad.

Ha sido el último ‘vuelve’ y el más difícil. Como si dijeras: quiero que lo hagas, pero será mejor que no. No creo que merezca la pena quebrar lo que ya se ha construido. Una estructura en la que no estoy yo. Es un vuelve resignado, puesto que sabe que no. Que se marchitó hasta la flor roja de plástico que prometió nunca hacerlo. Un vuelve que quiere dejar para siempre grabado en la retina un baile de rosa y mariposas. El ron bebido y todos los besos que nos dimos. Un vuelve que ya no duele tanto. Uno que se dice sin miedo, porque ya tengo destino. Otro camino. Pero al mismo tiempo temblando: no habrá otra vez. Y puede ser bien. Pero de qué sirve eso. El barco. La muerte. El mal. Eso también es bien. Es un vuelve que tiene más de cariño que de vuelve. Es un vuelve que no pretende lo que significa. Solo que no nos dejemos en el olvido. No dejarnos listos. 





jueves, 23 de agosto de 2018

Cientos de kilómetros por carreteras secundarias.

Cientos de kilómetros por carreteras secundarias. Dejando lo rural atrás y buscando la ciudad. Por el camino difícil, por el más largo y menos transitado. Por si podíamos parar en bares de carretera venidos a menos. Con unas luces parpadeando y otras fundidas. Con comidas aceitosas y Jennifers que fueron jóvenes de camareras. Miles de canciones en esas horas. Miles de frases y melodías. Tus pies desnudos en la guantera, con las gafas de sol puestas. Mezclando la luz del sol y los rayos de luna, la noche y el día. Compartiendo vida, palabras y silencios. Sobre todos estos últimos. Preguntas retóricas. Joder, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Si ayer solo Arte y hoy todo Historia. Puede que al revés. Habitación de invitados. Una cama y en ella un mundo. Abrazos. Besos lentos. Latidos. Tú marchas a por copas, a darle a la red lo que quiere y desea a deshoras. Yo echo la llave y me olvido. Te amanece en el pasillo del hotel, donde la madera chirría. Mi móvil apagado o fuera de cobertura. Abro y ahí estás recostada, dormida. Al fin despiertas. Cientos de kilómetros por carreteras secundarias. De vuelta. Solo un sueño. Otro día que va de rutina y cosas parecidas. Otro día de mierda. Y voy, resignado y sin peinar. Y ahí estás. Como si hubiéramos soñado los dos las cosas por igual. 

Gregorio S. Díaz "Cientos de kilómetros por carreteras secundarias"

miércoles, 15 de agosto de 2018

Paz

Tranquilidad. Algo de paz. Otro tiempo y otro lugar. Lejos del ruido, de la ciudad. Lejos de las voces, los problemas y esta húmeda suciedad. Fuera de toda lógica real. Fuera de esta morada blanca. Del calor y su asfixia. Cerca del naranja, al atardecer. Con la sensación de la piedra al crujir bajo unas botas, que siguen el caminito que va desde la verja a la puerta de madera. Quizá en algún lugar al este de Europa. Allí donde el verde bosque y el agua planean por toda la superficie. Entre agosto y septiembre. Para que así pueda vestir camisa de manga corta las mañanas y arroparme con la manta por las noches, resguardándome del recio aire. Que sean posibles cortos paseos en bicicleta, cada tarde, antes de que el frío del otoño llegue y se adueñe de todo. Un libro que leer en la silla que se mueve del porche. Una copa poco cargada que sabor a hielo deje. Escuchando el silencio del bosque y los cantares de pájaros, exclusivamente. Como si no tuvieran que migrar a otros lugares. Que se puedan entender las letras, hilarlas también. Unir conceptos. Subir las escaleras y que chirríen. Ver completas las estanterías. Tener un gran espacio que me pertenezca. Que permita renovar el oxígeno. Compartirlo con quien a mí me parezca. Solo paz. No más gritos, más sobresaltos, más sorpresa. Ni más lágrimas ni más rutina. Más mierda. Tranquilidad. No evadir lo que mata poco a poco, solo tiempo para asimilar y arreglar lo que puede que no tenga remedio. Soledad. Quizá solo contigo. En ese otro tiempo. En ese otro lugar. 

Gregorio S. Díaz "Paz"

viernes, 10 de agosto de 2018

Un lugar del tiempo llamado casa.

¿Dónde estás ahora? ¿En algún lugar plácido y cálido? ¿Junto a alguien que amas de verdad? Pero…qué me dirías si de repente todo se fuera, de un plumazo. Si todo este tiempo se desvaneciera en un chasquido y pudieras volver. Al principio de todo y hacerlo de nuevo. Abrir los ojos y verlo todo con otros. De ser así, sé que lo intentarías. Que con más fuerza aún me empujarías. Me agarrarías. Pero no te engañes, querida, algunas personas no pueden ser salvadas. Ni aunque tuvieras tres oportunidades. Infinitos viajes en el tiempo a ese principio. No se salvan si no se dejan ser salvadas. Así que por mi no puedes hacer nada. Siempre muero. Ese reinicio solo te serviría para darte cuenta, como yo lo hago, de que hubo un lugar en el tiempo al que podemos llamarle casa. Un momento en el que éramos dos, en el que se sentía era el sitio justo donde se suponía que debíamos estar. Bórrame de esta línea cronológica. Bórrame por completo. Lástima que no entienda de leyes del universo. Nunca me dejarías morir, ni aun gritándote para que al pecho me dispararas. No sé dónde estas ahora, pero sé que estás ahí. Escondida. Sé que también me ves por allí, en esos momentos en los que viajo en el tiempo para verte, de espaldas al mundo y a mi yo. Maldiciendo quizá, por desear un poquito de aquel pasado tiempo. Ahora…todo lo que puedo darte son estas palabras encadenadas. Que a veces, sabemos ambos, te cuesta descifrarlas. Saber que son tuyas. Te pertenecen si las tomas. Tómalas, porque cada vez son menos las que salen y tienden a terminarse. No te preocupes, siempre habrá un camino de vuelta a nuestra casa. Un camino de vuelta a ti. Solo fueron unos años. No fue mucho tiempo, pero si lo piensas fue toda una vida. Lo único que importa, en este instante, es que estés ahí. A salvo. Caliente. Donde sea. Como sea. Con quien sea. See you soon.

Gregorio S. Díaz "Un lugar del tiempo llamado casa"

jueves, 9 de agosto de 2018

Conozco bien a esos tipos.

Conozco bien a esos tipos. No puedes hacerles frente porque usan siempre la mala palabra, aunque sea refinada, el engaño, el falseamiento y las cifras macabras. Les huele el aliento a cerveza podrida y, sobre todo, a superioridad, algo que es todavía mucho más asqueroso. Conozco bien a esos tipos. Te pasan la mano por el hombro y te adulan, diciéndote que eres diferente, a pesar de ser como todos los demás, que sabes ver las cosas y hablar. Que no todo en la vida está en los externos, que la vida por el centro y en cuarta va toda para adelante.  No importa que nos perdamos los detalles por el camino: los miles de compañeros y compañeras que fueron y hoy continúan en cunetas. Los que siguen marginados. Los que no vemos. Todo lo que nos han saqueado y robado. Conozco bien a esos tipos. Rectos señores, con traje y corbata, de camisa blanca impoluta. Que escuchan la palabra de Dios en la Iglesia y luego votan a la rancia derecha. Por la tarde, en su casa, la hija tiene que irse a Londres a abortar a pesar de estar a favor de la vida. A su mujer, le pega entre las cuatro paredes de su casa y la lleva del brazo, bien agarrada, en las procesiones de Semana Santa. Por las noches, le paga a la puta de siempre por una mamada. Se cree que por pagar tiene que ser su dueña y esclava. La amenaza y la humilla. Al día siguiente, maldice a la televisión cuando las noticias, manipuladas, hablan de que los socialistas quieren destrozar España. Como si no se la hubieran cargado ya las élites que la dominan. Conozco bien a esos tipos. Dicen que ya no hay valores en una sociedad que vive desengañada. Que ya no hay pan, ni trabajo ni patria. Que la valla de Melilla, más alta y electrificada. Que quien quiera es libre de llevarse su dinero a Suiza. Conozco muy bien a esos tipos. Los reconozco cada vez que invitan a una copa. Sus billetes tienen marcadas las huellas y el sudor de quienes tienen que trabajar para vivir. Y él les explota. Tanto, que tienen que guardar, que no pueden, como él, salir por ahí. 

Gregorio S. Díaz "Conozco bien a esos tipos"

miércoles, 1 de agosto de 2018

La forma en que te toco.

La forma en que te toco y acaricio, deberías saber, es una forma heredada. Tímida. Temprana. Que no engaña. La he tenido durante años escondida y ha salido a flote cuando se ha puesto frente a tu piel. Dejando en ti mis huellas.  La he vuelto a poner en práctica. Que hayamos compartido pupitre, eso solo lo hace más noble. Más limpio, seguro y estable. Ya me callé las ganas mientras aprendíamos historia norteamericana. Cuando yo solo quería recomponer un corazón roto y tu tenías el tuyo completo. Desde entonces, ya lo supe. Por eso, no se trata de cuándo nos conocimos, sino de cuándo nos encontramos. Quizá sea el momento perfecto. Yo ya tengo el oxígeno que anteriormente me faltaba. No podía respirar bien. También me he perdonado a mí mismo por todos los fallos, por todo el tiempo que me he tenido alejado del ruido. En la oscuridad, sumido. He tenido que rehacerme, con cada uno de mis pedacitos. Ha tenido que llegar el selecto olvido. Sacar de la mochila todo el peso. Dejarlo todo en la estantería, como trofeo. No olvidar lo aprendido. Mirar atrás, sonriendo, y entenderlo. Hoy no sería quien soy sin aquello. Voy a probar cosas nuevas, no solo esa comida tailandesa. A dejarme llevar. A saborear los nervios antes de darte un beso. Que se me traba la lengua, a tu lado. Toda la vida en una tarde de verano. La forma en que te acaricio y toco, deberías saber, es la única forma de hacer esto que yo quiero. 

Gregorio S. Díaz "La forma en que te toco"