Musas

Musas

martes, 15 de agosto de 2017

Mírame ahora

Mírame ahora. Inténtalo. Con esos ojos con los que solías hacerlo, con los mismos con los que te parecía ver al dueño del mundo. Y eso que solo expulsaba tristes destellos y muchísimos tormentos. Tan poco, que no sé cómo no te sabía a nada. Mira y observa la verdadera historia del chico de las tragedias. De las mentiras, las salidas y las bocas. No queda orgullo de aquel tiempo, tampoco del no contigo aprovechado. Las noches de paz, desenfreno y miedos. Las del cine, las chucherías y los paseos. También algún que otro cuento. Las tardes llenas de rutina, tele y pocos besos. De agarrar y oler tu rubio pelo. De maldecir por las mañanas a todo tu genio. Mírame ahora, por favor. Haz un esfuerzo. Aunque solo sea un segundo. No pretendo traerte malos recuerdos. Solo los buenos momentos. Prometo no robarte más tiempo. Mírame. Ya me zafé del pasado que me tenía agarrado y aprisionado. Del que, ingenua, creías que nunca saldría y al que estaría por siempre atado. ¿Crees que no lo sé? ¿Que no me daba cuenta de cómo luchabas contra viento y marea para que de mi mente se perdiera? Ya puedo estar tranquilo. Se ha ido. Ya no está y tampoco la espero. Por llamarla no desespero y es a ti con quien hablar no me atrevo. Mírame. He interiorizado el dejarse llevar de aquella tarde de febrero. ¿Por qué no lo haría? ¿Por qué no dejé que tus olas me llevaran a tu orilla? Cuando tu querías romper cada uno de mis miedos. He tenido que enfrentarme a ellos, pero han aparecido otros nuevos. Mírame y dime que todo lo que te escribí, leíste. Que el recuerdo de mí, a pesar de todo, es grato y a veces existe. Mírame, joder, mírame y dime que me quisiste. Yo también lo hice. Te dejé marchar a sabiendas que algún día como hoy, derrocharía la tinta que se extiende por mi pared. Ya sabía, desde el primer día, que esto sucedería. Que mil perdones te pediría. Que nunca más volverías. Que jamás, si me atreviera, me escucharías.

Gregorio S. Díaz "Mírame ahora" 

sábado, 12 de agosto de 2017

La culpa la tengo yo.

La culpa la tengo yo. De todo, de tantas cosas. De que todo sea como es. De que nada haya sido diferente. Cuántos colores me he comido sin verlos, y luego he perdido. Cuántos caminos se han quedado en el camino, por elegir senderos que me han traído hasta donde hoy mis pies rastreo. La culpa es mía. Pero qué le hago si he elegido este destino. Será por algo por lo que ha sucedido. Será porque no importa todo lo que he perdido. La culpa siempre fue mía. Por creer. Creía, firmemente, que no me querías. Que solo era un juguete en manos de mi mejor amiga. Que me engañarías. Como todos y todas hacen por estos rurales parajes. Más tarde, creí no necesitarte. Poder mis necesidades satisfacer sin tener tu beso cada noche para colmarme. Que no te echaría de menos después de que me saciasen. Pero el hueco entre mi pecho y mi barbilla, solo tú conoces. Luego, cuando se agotó la suerte, cuando a cada una despedí como billete en un casino de mala muerte, y tú elegiste forjar recuerdos sin que yo formara parte de ellos, creí necesitarte. Tener que volver a verte. Hacer lo imposible para que me vieras con los ojos de septiembre. Pero entonces se me olvidó llamarte. Continué, como lo hacen todas las cosas que pasan, sin morirme por no tenerte. Se me olvidó escribirte. Lo que no se me olvidó fue olvidarte. Y no quiero que te vayas y no quiero olvidarme. Qué sería yo sin lo que fui. Qué serías tú sin mí. Por eso tú tampoco me olvidaste, a pesar de los besos con los que has borrado mi nombre. Por eso volviste a escribirme. Y a explotarnos la bomba que siempre hemos manejado. La que, si revienta, nos hunde el pecho y nos hace daño. Como ya ha pasado. Lo que creo ahora es que, cuando el tiempo te traiga olores pasados, fotografías de antaño, cuando la barrera del olvido te supere, y de mí te deje algún rastro, volverás a buscar en lugares equivocados. Lo fácil hubiera sido insistir. Ser pesado. Tener tu cuello en mis manos. Escribirnos banalidades y no ser directo. O serlo y dejar la duda a posibles encuentros. Por eso busca bien cuando olvido deje un poco de paso. Cuando el eclipse que te nubla deje de oscurecer nuestro pasado. Busca bien. No será fácil encontrarme en este mundo que no pertenece a los desheredados.

Gregorio S. Díaz  "La culpa la tengo yo" 

martes, 8 de agosto de 2017

Tutankamón

Asfixia. El calor, la falta de aire. El sudor. Ninguna caricia. Varias de ellas yacen muertas alrededor. Bien escondidas, porque pensabas que nunca ibas a necesitarlas. Que más vendrían atraídas por el misterio de tu suerte y el anillo de cuentacuentos y bohemio, con tus canciones dedicadas al Sol y a la Muerte. Pedazo de cabrón. Otras tantas se escaparon por algún corredor. Por cientos de ellos, de los que está formado este laberinto. No les pediste ni perdón. Solo se lo gritaste cuando lograron salir de tu trampa mortal. Cuando respiraron otro cuello y te dejaron a ti por la mitad, a pesar de destrozarlas antes. Ellas se recomponen. A ti te han ido desarmando. Por eso estas solo. Lleno de oros sí, que son todos tus logros. Pero sin tiempo ni compañía para compartirlos. Solo de lejos, sin besos, te congratulan por el trabajo bien hecho. Nadie se olvida que tienes las manos llenas de sangre de romper tantos corazones. De esos que recuerdas y que marcan el latido del tuyo. Y cada vez más lento. Y cada vez menos capullo. Que hasta la juventud se te ha ido, y eso que es etérea. Que no puede escapar porque no tiene piernas. Pero que se evapora entre las paredes triangulares de una pirámide que se ha convertido en tu refugio de mierda. En el que ya nadie entra. La maldición que lleva tu nombre es más poderosa. Así que pinta pájaros en ese cielo azul y naranja que cuelga de tu infierno, escribe y aprovecha el tiempo, deja de lamentos. Lo que tienes te lo has ganado, y sabes que es cierto. Que has errado tanto que sueñas con retorcer el reloj y cambiar acontecimientos. Que ahora lloras, cuando riendo mil veces la has hecho. Has jugado. Muerde el labio y vive de ilusiones y recuerdos. Nada va a volver ni venir, como antaño. Nada nuevo ni nada viejo. Tuntakamón, que eres una momia en vida, y no te enteras. Que ya has muerto, aunque sigas viviendo. Que ya tienes el lecho, la fama y la leyenda formada. Vagabundo de Egipto. Ni Faraón ni putos títulos. Uno más que quiso conquistar el mundo de forma efímera, pero que solo consiguió poner en cada mano que tocaba una marca negra de la que todas se zafan. Porque destintas mal y muerte. Porque todo tú, Tuntakamón, es inmundicia y mala suerte.

Gregorio S. Díaz "Tuntakamón" 

jueves, 27 de julio de 2017

Tuyo

Tuyo. Soy tan tuyo, que ya que más importará reconocerlo. No soy ni mío. No me pertenece nada de lo que soy ni nada de lo que he sido. Soy tuyo. Completamente tuyo. Siempre lo he sido. Tú me hiciste y yo me dejé hacer. Yo nunca he hecho, y a veces incluso tampoco dejé que me hicieran. Ahora que la última gota de lluvia ha dejado de mojarme, cuando el horizonte ni oteo porque tengo que mirarla y serenarme, cuando vuelve a no entrar nada por la ventana, ni del verano el aire, es cuando entiendo que, si no soy tuyo, no seré de nadie. Es cierto, compartí noches enredosas con otras, bebí mil chupitos con quien creía, tontamente, que era toda una diosa. Me lamento, también, por no agarrar las manos a la que prometí verdades universales. De esas que ya a ninguna quiero darles. Me considero tonto por creer mentiras de chicas que tienen las piernas muy cortas, y el trasero demasiado grande. Pero, qué más dará el tiempo perdido si todo puede ser revertido. Si aún queda tiempo para aprovechar el tiempo, aunque no regrese la aguja al principio. Soy tuyo. Tan tuyo que lo entiendo. Yo no te quiero cortar, ni herir, con el afilado cuchillo que porto en mis adentros. Con mis miles de dagas, disfrazadas de defectos. Con todo lo que soy y que siempre daño ha hecho. No seré de nadie, tampoco tuyo. Porque tú ya no existes, aunque yo siga siendo tuyo.

Gregorio S. Díaz "Tuyo" 

lunes, 17 de julio de 2017

Desaprender a creer

He pagado todos mis errores. Una fortuna por cada uno de ellos, por pequeño, mezquino y bizarro que fuera. He dado todo lo que tenía para salvar mis deudas: sangre, sudor, lágrimas y, sobre todo, tiempo. Demasiado tiempo. Sabes de sobra, que lo he hecho. Así que no me vengas ahora con que tengo que derramar más sangre. No le auguro un futuro a este inerte y torpe sacrificio. La suerte no va a venir por más que me martirice, por más que desgarre los ropajes de mi espalda y me castigue. Ya pedí perdón, después de no pedir permiso. Ya pedí perdón y me rebajé ante corazones que robé y que, un día, mostraba orgulloso en mi vitrina de cristal y miel. Desarmé aquellos estantes. Les devolví a sus dueñas lo que les pertenecía. Quise hacer el bien, después de haberme quemado con un fuego traicionero. Pensando, entonces, que los cambios eran buenos. Que traerían mejores momentos y, sobre todo, sosiego. Pero sigo sin ver a ninguno de ellos. Cuando la luz parecía alcanzar, me devuelves miedos. Dolores de barriga que traen viejos y malos recuerdos. Hundiéndome de nuevo. No por perder, si mil veces he perdido, sino por creer. Porque sigo creyendo en amores malditos. Supongo que eso va conmigo, como siempre he dicho. Como si la mala suerte a cada paso me acompañase, fruto de viejos hechizos, de los que no me sé desenvolver. Supongo que es eso, que hay que aprender a perder y desaprender a creer. Así que no me digas lo que tengo que hacer o decir. El bien no trae bien. Solo tiempo perdido y corazones dolidos. Ya va siendo hora de que se muera este tipo que soy, que nada ha aprendido y todo, siempre, se ha creído. 

Gregorio S. Díaz "Desaprender a creer"

domingo, 16 de julio de 2017

Todo empezó con Silvio Rodríguez

Todo empezó con Silvio Rodríguez, y todo acaba con él. Nunca llegarás a entender sus palabras, sus melodías y sus escafandras. Nunca llegarás a saborear esa magia que desprende, porque a ti esas cosas no te duelen. No te llaman, no las quieres. Te queman, no te llenan. Las desprecias. Todo empezó la misma noche en la que el corazón con muros era la mejor banda sonora. Todo acaba la tarde en la que te acuerdas por qué él hablaba de la oscuridad y de esos muros. Que si los penetran, que si los derriban…estás vivo, pero a la vez muerto. Silvio, recuérdame no volver a tocar corazones sucios, rotos, llorones, inmaduros. Que no vuelva a tener sensaciones de que todo puede ser. Porque nunca, nada, lo es. Que no me dispares unicornios azules a la cara de mujeres que no sabe quién eres ni quieren conocerte.

Gregorio S. Díaz "Todo empezó con Silvio Rodríguez" 

sábado, 15 de julio de 2017

El que...

El que se reía del mundo, porque no lloraba. El que luego lloraba, porque no tenía una sonrisa a la que provocar su risa. El que pensaba que no iba a poder volver a ser, y ahora se encuentra como siempre, estampado contra la gruesa pared. El que pensaba que no le quedaban oportunidades para sentir, pierde otra y le duele como si fuera la primera. El que pensaba que ya iba siendo hora, que también le tocaba, el mismo ingenuo que no sabía que la suerte para él ha estado por siempre echada. Que el hechizo y la maldición todavía mancha. El que lo predice todo en sueños y no se da cuenta. El que, por perder, pierde todo lo que intenta. Dos años esperando a un beso de estos, aunque fueran los más maleducados y siniestros, para que te consuman de nuevo. Para que te quiten el renacido pellejo. Para que te sentencie, definitivamente. El mismo que sabe que todo es mentira, un engaño. Una farsa. Una copla de carnaval. Algo que podría haber sido real. La culpa la tienen los días intensos, el vacío que se llena por dentro, las promesas en estado incierto, que lo pudieron recrear. Las ganas y el deseo, que lo incentivaron. El recuerdo y los textos, que lo mataron. El que no se explica cómo y por qué. No lo de ahora. Lo de antes. Ni cómo vino, ni como fue. El mismo que esconderá la cabeza, aunque la mantendrá alta. La mirada agachada. No muerta, pero sí tuerta. Llena de vendas. El mismo que está acostumbrado a las causas perdidas y a sus dolorosas heridas.

Gregorio S. Díaz "El que..." 

viernes, 14 de julio de 2017

Memoria.

Dejar de verte en canciones.
De tocarte en letras e historias.
Entender que hay cosas que no son reales.
Que ya solo nos quedaremos en la memoria.

Gregorio S. Díaz "Memoria."

jueves, 13 de julio de 2017

Lo grande que lo haces.

¡Chico! ¿Qué te pasa? ¡Reacciona! Que al menos sabes que no estás muerto, que sigues vivo. Que se mantiene intacto lo que creías herido, fuera de servicio, inepto. Que tienes sitio para otra daga. Que la sangre fluye, líquida, renovándote por dentro, lejos de aquella ya solidificada, negra, tuerta, pasada de vueltas. Que puedes volver a querer, que pueden volverte a querer. Que puedes volver a herir y que te pueden, de nuevo, matar. Y te dejarías. Un corazón roto, ya lo sabes, es un corazón que late. Que derrocha tinta, magia, sueños. Que te llena de nostalgia, lágrimas, sentimiento. Y tú lo que necesitas es justo eso. Que solo escribes frases recalentando unos recuerdos que van más allá del tiempo de los dinosaurios. Que va siendo hora de un nuevo mundo. ¡Espabila! No es, ni será, la chica de tus sueños. Solo otra más. Otra que, empujándote, te puede impulsar. ¡Aprovecha, chico! No llorarás por causas perdidas como esta como lo hiciste antaño por la adolescencia y por las luces de una puta sombra. ¡No hay dolor! Y si lo hay, solo es porque te lo crees. ¡Mira al mundo, chico! ¡Mira! Míralo como hace tres semanas. Lo grande que es, lo grande que lo haces.

Gregorio S. Díaz "Lo grande que lo haces" 

martes, 11 de julio de 2017

Saliva

No intentes curar tus heridas con mi saliva. Ten cuidado. Que de sustancias químicas está corrompida. Que puede ser que se te agrieten, de aquí a unos meses, porque es demasiado corrosiva. No. No intentes nada. Que a mis veinticuatro ya conozco los entresijos de las más de mil puertas que he abierto. Y he cerrado. Ya sé, ya sé que los ecos del tiempo pasado parecen cantos de sirena. Yo me he ahogado entre sus canciones, perdiendo el tiempo y haciéndolo todo más complicado. Pero solo era un pedazo de ella. No sueltes más veneno, que es letal para unos sentidos poco acostumbrados al impacto de otro miedo. Como si fuera algo nuevo. No estaré cuando escupas el agua y respires a boca llena. Tampoco cuando tú quieras. No estaré ni cuando yo mismo necesite una tregua. Porque el tiempo se agota. Se va, muere y no deja de oportunidades otra. Porque yo me deshago cada vez que alguien como tú me clava una y me quita tres piezas.

Gregorio S. Díaz "Saliva"