Musas

Musas

domingo, 25 de noviembre de 2018

Demonios.

Mis demonios están bien atados. Cada vez que aprietan, de hecho, sus cadenas se ajustan más. Se tensan todas las cuerdas. Mis demonios no van a escapar, ni llenar de nuevo este Paraíso de fuego. No van a seducirme sus excéntricos juegos, ni voy a caer en la trampa de miel en la que suelen doblar los insectos. Yo ya les vencí y tienen puesto un sello irrompible, casi eterno. No son ellos los que han provocado todo ese caos y desperfectos. Hemos sido nosotros queriendo ser un huracán un día y al otro tormento. La incertidumbre de no saber si despertaré pudiendo coger tu mano o desayunado tu desamparo. Analizando cada paso que he dado, como si estuviera siempre pisando fango. Nada me guía ahora más que tu faro, y no sé por qué te empeñas en cambiar de luces e incluso, a veces, apagarlo. No tengo, ni quiero, otro lugar al que regresar. Toda isla ha quedado muy atrás. Lejos de la realidad. No hay más orilla que la de tu piel, ni más castillos que los que quiero en tu pecho erigir.  No hay nada que necesite del ayer, ni aunque algunos capítulos todavía tenga por escribir. No. No son mis demonios. Quizá sean los tuyos los que no te dejan dormir y te susurra por la noche cosas oscuras sobre mí. Que tienes un ojo abierto y otro cerrado, por si me da por salir. Esperando cogerme por sorpresa para poder decir: yo sabía que sí. Que tienes miedo de que te quieran y no quieres oír que yo te quiero  a ti. 

Gregorio S. Díaz "Demonios"

lunes, 19 de noviembre de 2018

Notre Dame

A veces hablo de más. Es superior a mí. Mi lengua dispara y dispara saliva, sin parar. En ocasiones digo cosas que no pienso y que no repetiré más, otras son más profundas y quieren salir en forma de quizás. Es el miedo, la ansiedad. De tener el corazón volcado hacia tu lado y que quede pisoteado. Muerto. Sin posibilidad alguna de sanar. No es mi culpa, la tiene el dolor, el pasado y su suciedad. Que me cortaron las alas antes de volar. Es mi instinto de supervivencia, que quiere poner la tirita antes incluso de sangrar. Son esas típicas inseguridades del ‘sé que te irás’. La rigurosa certeza de no tener nada que ofrecerte que sea material. Una piel con escamas, una voz pálida, mil libros y alguna que otra palabra. Pero nada más. No sé si eso valdrá. Si será suficiente. Luego, es cierto, tengo terquedad, malos hábitos y arrebatos en caliente. Dieciocho manías, menos pelo y más carne de cañón que agarrar. No solo eso. Que soy lo que no soy, aunque lo sabes ya. Que no tengo lo que habría que tener, aunque ahora te de igual. Querrás algo más que un abrazo frío y existe el temor de no poderlos calentar. Querrás alguna que otra cosa y puede que yo no sepa cómo actuar. Darte lo que necesitarás. Solo puedo dibujarte entre edificios antiguos, dentro de historias sin final. Hacerte eterna en el tiempo, con tinta de cristal. Prometerte, solo en el papel, París y Notre Dame

Gregorio S. Díaz "Notre Dame"

jueves, 8 de noviembre de 2018

Cementerios olvidados, castillos derrumbados.

Se niega a expandir más su frío. Porque hasta las páginas que lee, y pasa, se están llenando de húmeda escarcha. No se maldice a sí mismo por creer, de verdad, eso de la leyenda negra y el hechizo. Lo hace porque entiende que, vacío, moriría precipitado al abismo. Solo le quedaría vagar solitario por las ciudades de su imaginación, con la oscuridad de la noche en el cielo y las luces rojas y amarillas de la civilización al fondo. Andando sin rumbo, sin destino fijo. Pero, aunque el hielo sigue aprisionando su pobre corazón congelado, tu barro caliente le ha devuelto los latidos perdidos. Son lentos, pero constantes. Poco a poco más rápido. Le ha costado sudar agua, tinta y tiempo. Le ha costado travesías por el desierto en épocas de autoconocimiento, batallas nucleares entre frases, películas y versos, tormentas solares por culpa de los excesos. Y sigue vivo. No solo por sobrevivir, sino porque tiene que existir algo más que eso. Por esta razón se ha repuesto de la locura y las decepciones en forma de tortura. Por eso todo el hielo que rodeó toda su mente y cuerpo. Y vas tú y te pones en su camino. Seria y angelical, dando un puñetazo sobre la mesa. Abriendo la puerta del coche y cogiéndole la mano, para ayudarle a meter tercera. Girando el volante de manera brusca, hacia asfalto ya desgastado. Abandonado. Lleno de cementerios ya olvidados y castillos casi totalmente derrumbados. Que desembocan en otras ciudades, con otras vistas y con otras calles. Con nuevos huecos en los que esconderse y perderse. Por ello, se niega a permanecer impasible ante las señales del futuro. Se derrite poco a poco, con cada caricia en el cuello y con cada beso en la mejilla. Aunque siempre continúe con la mirada fría. Con la figura inalterable. Ahora quiere explotar con hechos y palabras. Destruir al hielo con tu ayuda, necesaria. Sentirse vivo. Vulnerable. Dejar la piel, de nuevo, amenazada. No importa que vuelvan a cortarla. Vale más que puedan tocarla. Provocar sensaciones olvidadas. Quiere decir más a menudo eso de: tú a mí, conmigo. Yo a ti, solo contigo

Gregorio S. Díaz "Cementerios olvidados, castillos derumbados."

sábado, 3 de noviembre de 2018

Mundo digital.

Fueron las primeras imágenes que no solo me hicieron llorar, sino volar. Soñar. Imaginar. Cuando tenía todo el tiempo del mundo para gamberrear y universos primitivos crear. Sentía que, de verdad, otra realidad podía tocar. Ese mundo digital me conformó. Me dio las ganas de transformar el mundo real y alcanzar, así, un futuro más justo. Mejor. La conciencia revolucionaria, de acabar con la oscuridad y las ruedas negras. De luchar contra quienes se aprovechan del abuso. Tener el control y la fuerza. La ayuda de amigos que prefieren perder que perderte. Morir a ver morir. El deseo de mandar fuera toda esta maldita realidad, que no permite creer en lugares que no existen en los mapas. Fue el mejor regalo. Tener un sitio al que huir, escaparse. Al que viajar. El mundo digital. Sin fronteras posibles y mucha vida que dar y derramar. La mano de alguien, que en el fondo eres tú, que no se va a soltar. Un lazo mental contigo mismo, en versión animal. Fueron años que no supe explotar, pero que hicieron a este loco creer en utopías, en canciones y en revoluciones. En el amor y la amistad. En los ideales de un emplazamiento más allá de la carretera y la ciudad. Más lejos de lo que podemos tocar. Cerca de lo que solo se puede escribir.

Gregorio S. Díaz "Mundo digital."

lunes, 22 de octubre de 2018

Movimiento pendular.

 ¿Qué querrá este tipo a estas horas? ¿Dinero, comida…? ¿Un techo sobre el que resguardarse? Bajo las escaleras de tres en tres y ahí está. Apoyado sobre un descapotable rosa, muy antiguo. Lo conduce otro amigo, tres chicas rubias atrás. Medio pecho al aire, manos en los bolsillos. Sonrisa falsa al verme.
¾¿Dónde está tu fiesta? ¾Dice.
No lo entiendo. No hay tiempo de entenderlo. Mi pijama se convierte en traje. La puerta de madera en una escalinata con vidrieras como entrada. El pequeño recibidor de casa en un tremendo hall de mármol blanco. Al Roll Royce rosa se unen cientos, miles de coches. Cientos, miles de caras que llenan las calles, directos hacia mí. Personas venidas desde toda la ciudad.
¾¡Vamos! ¡Déjame entrar!
Me interpongo ante él, parándole los pies. Me empuja y entra. Ya tiene abierta una botella y las chicas rajan el mármol con sus tacones de aguja. Toda esa gente que, como zombis, vienen, no pueden caber aquí. Miro a ambos lados y aparecen jefes de seguridad, con sus pinganillos en la oreja, ayudándome a echar a la decena de gente que ya está bailando dentro del palacio en el que se ha convertido mi casa. Es en vano. La marea de gente, azotada por la música, ya ha llegado. Ellas con tocados en la cabeza, ellos con camisas de colores y sombreros. Me paro a mirar el horizonte. El barco del tiempo, con su movimiento pendular, sigue moviéndose. De un lado hacia otro. De arriba abajo. En él, Ella, con su máscara y voz electrónica: “Al ritmo del tiempo, el trabajo. La libertad.” Y lo entiendo todo. Es el principio del fin. Mientras todos y todas entran, yo salgo. Meto la cuarta del Roll Royce. Salgo de la ciudad, escucho el primer rugido. El barco del tiempo, que llevaba una eternidad con su pendular movimiento, se resquebraja. La voz electrónica se estampa contra el suelo. El símbolo de una civilización, caído. Freno en la colina. Me bajo a admirar el paraíso. El Palacio Real explota por los aires. Toda la élite, corrompida de sexo, alcohol, prohibiciones y esclavitud, muere. Pasa uno de los trenes a escasos metros de donde me encuentro. Encima de él, una chica de tirantes negros. De trenzas y pícaros movimientos. Y entiendo. Lo hemos hecho los dos, al mismo y a la vez en distinto tiempo. 

Gregorio S. Díaz "Movimiento pendular"

viernes, 12 de octubre de 2018

Admiro.

Te admiro y admiro la capacidad que tienes para olvidar. Para dejar atrás. Para que ni una de mis palabras te inmute, si con las tuyas yo me derretía. La capacidad que tienes para que nada de nada te revuelva el estómago, la barriga, el pecho y la frente. Que ninguno de mis escritos te haya llegado, de verdad, dentro. Tan profundo como el resquicio interior de donde saco esas letras. Tan dentro como para que dijeras: joder, el puto tiempo, ¿qué nos ha hecho? Admiro que no seas capaz de pensar más allá. En otro beso, en otra caricia. En otra oportunidad de la vida. Ni siquiera se te pasa por la cabeza, aunque fuera mentira. Admiro cómo has conseguido tener el cupo de noches ocupadas. Que no dirijas un solo pensamiento a aquellas madrugadas que pasamos en mi cama. Que, para ti, todo sea un borroso recuerdo del que solo extraer lecciones y sonrisas a destiempo. De dejar a nostalgia que actúe para que, dos minutos después, pases a tu trabajo. Y si te he visto, ni me acuerdo. Admiro que no se te salga el corazón, ni se te dilaten las pupilas. Que tengas una mano que ha suplantado la mía. Que no recuerdes esos pasillos como si fueran fantasías. Que hayas aprendido a soltar lastre y vivir la vida como si fuera una, con simples postales de bienvenida y despedida. Como si el sentimiento no hiriera, ni lentamente matara. Como si se pudiera borrar todo, por arte de magia. Admiro en lo que te has convertido y al mismo tiempo desprecio lo que ha hecho la vida contigo. Y conmigo. A mi no me ha dado lecciones de olvido. Solo de egoísmo. De frío. De no ser el mismo. De ser otro, totalmente distinto. No merezco tanta condena, ni tal castigo. No saber querer, no tener destino. 

Gregorio S. Díaz "Admiro"

lunes, 8 de octubre de 2018

Está bien.

Está bien. Ahora son solo sueños que no se atreven a salir, a despeinarse. A convertirse. Algunas madrugadas han hecho mella en lo que dormido piensas. Ni helados, ni viajes lejanos. Ni Bibrambla, ni Granada. Ni el cuello lleno de colores y pajarillos. Ni cristal ni añoranzas del doce. Está bien. Todo esto te pertenece porque nunca lo tuviste, en el principio. Porque lo quise desparramar, luego, como si el tiempo no me hubiera enseñado lo que era el abismo. Supongo que es eso. Y está bien. Tendré que saldar una deuda de la que ya va quedando poco. Escuchando llantos tardes cualquiera, de verano y de velada. De empeños, lágrimas y peludas heladas. Poniendo fin al camino que, ahora, parece nunca acabar. Pero acabará. Y pasarán las horas. Las barras. Las palabras. Y llegaremos a estar en paz. Te habré pagado por todos mis delitos, por todos mis pecados. Me alejaré de espaldas, con la flecha de ella bien clavada. Y entonces, tú, quizá, puedas volver a querer guerra.  

Gregorio S. Díaz "Está bien"

jueves, 4 de octubre de 2018

Eso es todo

Esa curva. La que se te forma justo debajo de la nalga, donde empiezan tus piernas. Es todo un mapa donde perderse. Carreteras que recorrer, moteles donde descansar y gasolineras abandonadas en las que repostar. Esa línea curva, que marca la casilla de salida. El camino a una isla desierta, paradisíaca, donde encontrar el tesoro, tras vagar por desiertos y valles de lágrimas. Esos ojos verdes de ciencia ficción que, cuando en mí se fijan, iluminan un rostro que tiende cada vez más a la tragedia, a la oscuridad. Esas manos que queman a otras que han aprendido a no tocar, tocando. A no sentir. Esos dedos que, sudorosos, se entrelazan con otros, como si ya hiciéramos el amor antes de beberlo. Mente con mente. Tan alejadas y a la vez tan conectadas…que puedes leerme, de arriba abajo, hasta con las luces apagadas. Esos besos, que han tardado todo lo que yo he desesperado. Dame a pedacitos tu cielo. Dámelo, y no me dejes sordo con tus besos. Ciego con tus ojos. Roto, si no te tengo. Miras más allá y despedazas lo que a simple vista exporto. Una etiqueta que pesa, y con la que no puedo. No tengo más que palabras para ofrecerte. Quizá alguna risa, puede que muchos besos. Eso es todo. 

Gregorio S. Díaz "Eso es todo"

viernes, 14 de septiembre de 2018

Roto.

Me has roto. No es que duela como otras veces, pero es que vuelve septiembre y el mismo cuento de siempre. Una vez, en casa esperando un mensaje mientras aquellos dos volvían a los besos. Otra vez, desayuno con ‘nada’ y vino por la noche de despedida. Y ahora…Si yo solo buscaba prometerte el cielo abierto. Solo para nosotros. Miles de mapas en nubes que nos iban a llevar a islas llenas de tesoro. Si me había rendido, portando algo que no soy yo en la mano, pero que pensándolo bien me lo ha dado todo. Que solo quiero que cambie para construir un mejor futuro. Veo que clavadas las letras han quedado. Saltan y estallan, junto a sus melodías, dejándome el pecho lleno de estrellas rojas. De sangre quemada. Ahora estoy más lejos que al principio.  Me has roto. Tú también. Me tenías en las manos y las has apretado. Ahogándome. Quebrando unos huesos, que tienen marcas antiguas de haberse quebrado ya. A mí. Que prometí no romperme. Que dije: nunca más. Nunca más implicación. Nunca más ser vulnerable. Que invertí en escudos, vallas y caretas. Que fui poniendo minas antipersona para que estallaran en la cara de quien mi patio delantero atravesara. A mí. Que me armé hasta los dientes para defenderme de quien quisiera entrar en casa a invadirme. Has abierto mi Caja de Pandora. La tenía sellada para que los espectros que me recorrieron una vez el cuerpo no volvieran a salir. De nuevo, vociferan palabras con sabor a miedo. Señalan inseguridades. Muestran virtudes y defectos, dando vía libre a inferioridades. Todo lo que un día sembraba de dudas el camino y había conseguido vencer. Me has roto. Apostando por mí y a la vez al negro y al rojo. Asegurándote que, si no salía yo, saldría otro. Y yo me lo jugué todo al verde de tus ojos. Perdí. Y ya no tengo nada, a ti tampoco. La banca gana. Era solo un juego aquel ‘nosotros’. Pero me has roto. Por querer: Me dejaría perder, eternamente, en esos nimios combates. No participaría en actos que destruyen la dignidad, tan flagrantes. Prefiero hundirme en el lodo, volver a mi oscuro pozo, que darme de puñetazos o armar el codo. No tengo que pelear por poder cogerte los dedos. Por creer: los besos de Catedral. No son reales. Es solo la magia de la Historia y de sus muros y paredes, que te atrapa y te coge. Te hechiza, hace que vivas y luego te maldice. Me has roto. Y tendré que recomponerme. Y ya van como cuatro veces. Me has roto y me he dejado romper. He querido romperme. He sido yo el que me he roto. 

Gregorio S. Díaz "Roto"

jueves, 6 de septiembre de 2018

Puto oxígeno.

Puto oxígeno. Solo eso. Lo que necesitaba en tiempos oscuros, cuando el agua al cuello atormentaba. Navegando mar adentro y profundo. Meses de ahogamiento. Cuando la marca negra explota y mancha todo lo que tocas. Cuando nadie quiere y tú tampoco, pero lo intentas: ni quien estuvo, rechazando tardes de helado de sandía, ni quien podía hacerlo, achacando dolores de barriga. Oxígeno. Necesitaba respirar y tu aire me dio vida. Me quedaba poco de la mía. Deambulando, una última oportunidad para sacarme de la deriva. Me parecieron mil cervezas y besos robados. No míos, solo prestados. ¿Cuántas? ¿Siete veces mal contadas? Siete noches en tu cama. Una por cada día de la semana. Varios meses de desahogo y rellenando de la sangre que me faltaba a vasos. Esperando a otra. Otro momento. Antes de meterme entre tus sábanas ya sabía que iba a tener que dejarlas. Puto oxígeno. Lo que en ese momento necesitaba. No una vida entera, ni fútbol, ni manos entrelazadas. 

Gregorio S. Díaz "Puto oxígeno"