Musas

Musas

sábado, 9 de diciembre de 2017

Piedrecillas

Deja de tirar piedrecillas a mi ventana, que a final voy a tener que echarte el lazo, y que subas por él hasta el Reino que he construido en mi cuarto. Está todo lleno de libros, pero faltan besos en palacio. Deja de tirar piedrecillas a mi ventana, que al final te veo ahí abajo. No escucho su ruido, porque tengo a todas horas los cascos, solo cuando anochece y me da por mirar al horizonte, veo en el cristal las manchas que dejan tus intentos. Deja de hacerlo. Deja de hacerlo porque ya me he acostumbrado a esta vida. Fría, solitaria, sombría. La de tener una supuesta carrera meteórica, y una capacidad de conexión nula. Deja de hacerlo porque al final reviento y me reinvento. Te cuento, te pinto, te escribo y te pienso. Te cojo y ya no te dejo. Deja de tirar piedrecillas a mi ventana, porque me veo cantándote a la luz de la Luna bajo la tuya. Y eso ya está anticuado, es perverso y estrafalario. Yo soy más de recitarte relatos anónimos. Deja de llamarme, porque ahora que me he encontrado, tengo que dejar de culparme por lo que nunca dije y todas las decisiones erróneas que he tomado. Por todos los corazones que he roto y machacado. Que fui yo mismo quién no quiso y resquebrajó cada antiguo hilo. Por mucho que ahora piense en lo tonto que siempre he sido. Que todo eso en lo que soy me ha convertido. Deja de tirarme esas piedrecillas a la ventana, porque puede que me vaya, que no vuelva, y que los dos nos quedemos con las ganas. Que nos rompa el roce de la distancia. Deja de hacerlo porque nada que ofrecerte tengo. Solo tragedias en forma de historietas y versos. Solo tengo miedo. Solo eso. Tírame piedrecillas a mi ventana, a ver si me doy cuenta de que todavía tengo alguna oportunidad. Tíramelas, aunque sea para mantener viva la llama de una ilusión que nunca se va. Que esas piedrecillas, aunque no existan, devuelven unas esperanzas ya perdidas.

Gregorio S. Díaz "Piedrecillas" 

jueves, 7 de diciembre de 2017

Vértigo.

Él pasa cada día por su casa, a ver si la ve. Lleva puestas sus mejores galas: pantalones estrechos y americana. Se queda mirando fijo a su ventana, nervioso, con el corazón latiendo a punto de arder. Las flores de su alfeizar desprenden olor a orquídea amarilla, el mismo perfume que él solía saborear directamente de sus besos, con gusto a vainilla. El macabro tiempo le había hecho olvidar qué se sentía. La sensación de aquella piel blanca y fría, bajo sus manos. El vértigo sobre sus labios. Aquellas ganas de quererla entera, para siempre, no por un rato. Pero no la ve. Agacha su mirada, decepción, y vuelve a andar sobre sus pasos, hacia delante. Sacándose esas historias, en las que sale ella, de su cabeza. Se maldice a sí mismo, por su postura cuando el reloj no marcaba ni las diez y media. Ella vive ajetreada. Tiene dos trabajos y no da abasto. A pesar de tener la vida medio encandilada, se siente perdida. Tiene cálidos besos por la noche y café caliente por la mañana. Una sonrisa a su lado, que otra sonrisa saca. Una vida perfecta, de no ser por la nostalgia. Compartir no tiene valor por las cosas que compartes, sino con quién se comparte. Y aunque sus huecos tiene rellenos, nota que le falta un pellizco en el ombligo. Una espina clavada. Un quizá. Un no sé qué. Se asoma a la ventaba y en el horizonte pierde la mirada. Cuando él le esperaba tras esos barrotes y ahí, hiciera calor o nevara, allí siempre la esperaba. En esas escaleras. Luego niega con la cabeza, cuando todo ese dolor inunda sus ojos y su garganta. Tanto él como el tiempo se han marchado, pero el dolor no se ha ido. Ella parpadea, con las lágrimas en las ojeras. Parece que es él, que se para a la sombra de su casa. Parece que es él, que con tristeza mira su persiana. Él la ve bajo el umbral de la puerta, respirando fuerte y sonriendo. Le entra el miedo, ese miedo de pensar que está haciendo algo malo, de que no es su sitio y debe marcharse rápido. Sale a correr, huyendo. Ella podía dar un portazo y seguir con aquellas manos a su lado, pero corre tras él, arriesgando. Él quiere avanzar, pero se va quedando parado. Ella lo abraza por la espalda y lo tumba en el suelo. Le da un beso y le ríe a dos centímetros de sus labios. Eso sí es vértigo.

Gregorio S. Díaz "Vértigo" 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Las dos.

Tanto Nostalgia como Distancia son las dos caras de una misma moneda. La distancia no solo separa, sino que amarga. La nostalgia no solo amarga, sino que retuerce las paredes del alma. Las dos conviven en el seno de un universo lleno de negra magia. A veces se torna blanca, pero siempre de maldad y miedo se sacia. Las dos te destapan la cara, y la careta, cuando a las cinco de la mañana sigues despierto, removiéndote, en tu cama. Las dos te disipan la vida, que se te va cada día un poco más por las rejillas de las ventanas. Las dos te acobardan. Te pueden, te matan. Te hacen esconder, en los más recónditos lugares de tu interior, lo que anhelas, deseas y esperas. Te hacen renunciar a los sueños de cuando reinabas en la juventud, y a la realidad que quisieras con todo el grueso de tu cuerpo, agarrar. Las dos te encierran, te quitan la libertad, tu iniciativa. Te hacen preso de sus garras. Te sumen en un estado de letargo, en el que se confunden espacio y tiempo, memorias y presente, recuerdos y fantasías. Te envuelven en el mundo de los tristes sentidos y te llenan de música el oído. Luego las dos te disparan entre ceja y ceja, devolviéndote a la cruda acera, fría, nocturna y de lluvia mojada. Las dos te tiene prisionero de un hoy que nunca acaba, pues no tiene un mañana. Las dos no te dejaron decir, después del último adiós, espera, vuelve, quédate, para.

Gregorio S. Díaz "Las dos" 

domingo, 26 de noviembre de 2017

Karen y Moody.

Mi puta Karen. Eso has sido todo este tiempo, eso estás condenada a ser. Mi jodida Karen. Quien me tiene el corazón cogido por los cojones. A quien deseo, por muchas camas que pruebe, por muchas almohadas que ahueque, por más besos que robe y por más tetas que escale. Mi puta Karen. Y eso que poco tengo del loco de Moody, yo me escondo entre las palabras que digo y las que escribo, pero entiendo lo que siente cuando al llegar la noche, se siente solo ante el vaso de whisky. A ese que por más casas en las que despierte, solo llama casa donde está ella. Quien se mete en líos y no es un cobarde. Que no huye y lucha. Que sigue y sigue. Que pierde y vive perdiendo. Joder no, yo no soy ese tipo. Pero tú si que eres esa Karen. Dándome la vuelta y mandándome a la mierda tantas veces como la he cagado. Teniendo peleas, juicios y fiestas. Colgándome de las piernas de la primera que a mí estuviera atenta. Mintiendo por corridas en otras bocas y por apuestas locas. Yo no soy ese tipo, pero tuve algo de él, un día. Y a ti, Karen, Moody siempre vuelve. Y a mi me falta el valor para llamarte. A mí sí que me importan esos Bill y Batesy. Eres mi jodida Karen, pero yo no soy tu asqueroso y loco Moody. Por eso yo no insisto, por eso tú no vuelves.

Gregorio S. Díaz "Karen y Moody" 


domingo, 19 de noviembre de 2017

Te quedarás ahí.

De ninguna manera posible. Es un hecho, que ya no encuentro ninguna. Así que supongo que te quedarás ahí. Paralizada en mi mente. Muerta en el recuerdo. Eterna en el tiempo. Al igual que los otros ángeles con los que, tras un pupitre, soñé y nunca tuve. Que se esfumaron con el humo de la vida, que poco a poco se desliza hacia arriba, y con el cigarro de mi perezoso cuerpo. Se quedarán tus ojos verdes tan dentro de mí, que su brillo me valdrá para durante mil días escribir, cuando la nostalgia, la soledad y la maldición de la rueda que nunca se para y siempre gira, avanza, me llene el alma de lágrimas y el corazón de fúnebres tinieblas. Cuando tenga esa sensación de haberte perdido, como siempre lo he hecho: huyendo. Sacando la toalla blanca antes de intentarlo. Siendo el cobarde delincuente que, entre calles sucias y raído por el frío, entre cartones yace inerte. Por haberme quedado, como de costumbre, de pie, quieto, agachando la cabeza durante los pasos de mi camino. Tienes que tener por seguro que no olvidaré fácilmente tu pálida cara, ni tus orejas, que sobresalen por el pelo, sonrosadas. No será difícil evocarte cuando la barba y la ropa hecha jirones me moleste y el paladar a vómito me amargue. Cuando escuche el grito y la agonía, cada tarde y cada noche, de quien quise por miedo a no querer, y de quien tuve por miedo a no tener más. A no volver a agarrar. Con quien, por pérdida del sentido y la noción de la realidad, me sostendré para no tener que sentir cómo las horas se van y no hago nada. Será, simplemente así, ángel. Tus alas no batirán cerca, trayéndome vientos nuevos. De cambio. Te quedarás ahí y no forjaremos nada. Enseñarás, serás lo que yo. Pero no seremos dos.

Gregorio S. Díaz "Te quedarás ahí" 

sábado, 18 de noviembre de 2017

No volverán.

No volverán. Nada de lo que fue volverá. No volverán los años, que pasan inevitables. Esos que hacen que parezca que fue ayer lo que sucedió en aquellas tardes incontables. No volverán los cálidos besos, ni los medidos abrazos. No volverán las sonrisas. Ni el temor. Ni la inocencia de las primeras veces. No volverá el tiempo, que se queda con todos los recuerdos. No volverá ni tu sombra, que cada día menos se asoma. No volverán las oscuras golondrinas a anidarme en el pelo. No volverán las oportunidades perdidas, ni las que, por mi culpa, se fueron. No volverá la magia de la que pensaba era dueño. No volverán las noches estrelladas, de alcohol, pintalabios y barras. No volverá esa conciencia despreocupada. Ni las tardes a solas con las curvas de aquella guitarra. No volverán las noches de mayo, los atardeceres a la luz de un parque y sus bancos. No volverás a escuchar aquella canción entre dos, tampoco esa conexión. No volverán las rubias cervezas, que ya van colando por los esófagos de otros en otras terrazas. No volverás tú, y no volveré a ser quién era. No volverá lo perdido y, peor aún, lo que se va perdiendo. No volverán canciones de las que solo la melodía tengo. No volverán las letras que, harto del papel, en notas reseco. No volverá la tranquilidad, ni la adolescencia. No volverán las ganas de no hacer la revolución y hacerte a ti el amor y la maldita guerra. No volverá el tiempo libre para leer, ni el tiempo ocupado, por el mero hecho de hacer algo. Lo que de verdad importa no es que nada vuelva del pasado, es que ya no vendrá nada nuevo. Tampoco usado.

Gregorio S. Díaz "No volverán" 

domingo, 12 de noviembre de 2017

Yo no te quería.

Yo no te quería. Solo era una pose. Una foto que queda bien. Un espejismo. Una mentira. Como si tu figura y tu compostura, con su inusual belleza, despertadora de pasiones y de rasgadas vestiduras, me hubiera hecho a mí más hombre. En realidad, solo me hizo más tonto. Más idiota. Como si lo que importara fuera tener tu carita y tu sonrisa de niña buena y no tener alguien que al verla sientas que revientas. Yo no te quería. Mi mano en tu mano y para calle. Yo no te quería, solo era por sentirme triunfante ante la vida, ante quienes había dejado atrás. Yo no te quería, solo quería mostrarte. Como trofeo. Como si fueses de verdad mía, a la vez que un florero inoperante. Supongo que era eso. Creía quererte porque me hacías sentir un héroe. No tú y lo que eres, pues nada de valor y personalidad tienes, sino lo que aparentas y todo el mundo pensaba que me pertenecía. Supongo que era eso. Yo no te quería, buscaba en tus ojos otros ojos y en tu cama otras sábanas. Otras manos y otras ganas. Otro nombre y otras palabras. Yo no te quería. En cambio, tú sí que me querías, pero hacías como que no podías. Yo no era un trofeo, porque no puedo serlo. Tampoco lo aparento. No me revestía el oro del que te dije, estoy hecho. Hablaba de pequeñas pepitas que relucen a veces en forma de versos.  Tú me querías. Tanto, tanto que te dolía. Por eso te alejaste enseguida. Tu destino peligraba, cada día que en mí te hundías. Como si esas ínfulas de reina no fueran falacias que te contaron desde chica. Yo no te quería. Aquella no era forma de querer. Tu sí que me querías, pero la tuya tampoco lo fue.

Gegorio S. Díaz "Yo no te quería." 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Ni la Barcelona ni la Belgrado de los noventa.

Llámame cobarde. Di esa palabra, con todas sus letras, en mis narices. No te voy a juzgar. Al contrario, te tendré que dar la razón. Para irme de aquí me ha faltado el valor. Reconozco que, parte de la culpa, la tengo yo. Por haber visto un mundo ajeno al de mi alrededor cuando apenas sabía cómo funcionaba el paso de los años e, ingenuo, quería hacerlo todo. Por creerme todas esas historias que, al leerlas, te llenan la cabeza de sueños y la mente de recuerdos. Todos esos sueños eran infundados. Estaban hechos con el material líquido y etéreo de la imaginación, del acero con el que tratamos de construir los cimientos de vidas alternativas a la que nos muestra cada día la puta rutina. Como si la emoción, de la que uno se apodera durante la juventud, hubiera mostrado un universo diferente al real, y ahora, que se va para no volver, vaya tiñendo de blanco y negro aquello que anteriormente se veía a todo color.  Pero hay otra parte de culpa que no es mía. Que pertenece al azar, al arbitrio, a factores que condicionan y que uno no elige. Que le voy a hacer yo si recorro calles que son finitas y que no iluminan más allá de las dos de la madrugada. Si tengo que soportar esta patética época en la que dormimos despiertos, y dormidos, soñamos con la Revolución, sin mover un dedo de la realidad por ella. Que esto no es la Barcelona ni la Belgrado de los noventa. No es la Barcelona del 92, donde podías camuflar la individualidad entre un mar de gente que no te iba a etiquetar, tachar, juzgar. Que aplaudía y abrazaba tu nacionalidad. Que te iba a abrazar, aunque no le entendieras ni una sola palabra. Esto tampoco es la Belgrado del 94, cuando la próxima guerra acarreaba peligro y excitaciones. Cuando todas esas emociones de la juventud sabían a cielo en forma de disparos de morteros, sonaba a casquillos y olía a sangre, sudor, miedo, perfume de mujer y odios entre los que un día fueron compañeros. Cuando esas extremas condiciones podían volverte loco y creer en el apocalipsis, anudarte la garganta e inhibirte cualquier atisbo de razón: una bala perdida, delatar a quien fue íntimo o una borrachera que te lleva al alistamiento. No, esto no es la Belgrado del 94 cuanto todavía vivía Ana Mladic, antes de que se desquitara de los delitos que ella no cometió y por los que pagó, teniendo el valor para pegarse un tiro en la sien, dejando en ensoñaciones los anhelos de toda una generación de jóvenes en los Balcanes. Qué va a tener esto de emoción, si no hay peligro. Si es lunes cada lunes y todos los días que no son lunes. 

Gregorio S. Díaz "Ni la Barcelona ni la Belgrado de los noventa."

miércoles, 1 de noviembre de 2017

En la noche de las tinieblas.

En la noche en la que puedes salir de tu escondite y trepar por los muros, cual sombra, que te llevan hasta mi entreabierta ventana. En la noche en la que todo se vuelve tinieblas y el olor a gachas frescas envuelve y llena de magia, cuyo líquido crea costras artificiales en los dedos de aquel que solía, por las calles y las cerraduras, rociarlas. En la noche que los muertos son los vivos. Cuando el tiempo se detiene a la hora en la que millones de relojes un día se pararon. Cuando recordamos que la tumba nos espera y que, tras ella, seguiremos teniendo sitio en este mundo macabro. En la noche del miedo que no es miedo, sino temor a dejar de existir, a morir, yo te invoco. Y lo hago para pedirte que acabas con el sufrimiento mío. Y no es que te esté arengando a que me lleves, de tu mano, al otro lado. Ya habrá tiempo para eso, tal y como dijiste en aquellos lejanos y confusos sueños. Te pido que aparezcas, no que me asustes, sino que te sienta. Que puedas actuar como ángel de oficio en esta vida que para mí se ha convertido en juicio, pensando siembre en lo que hago bien o mal. En el qué dirán y en el qué diré. Que intermedies por si me meten miles de años de infravalorada condena. Conviértete en humo etéreo y fúndete con la cera que solidifica en las rojas velas de la cocina. Es para pararle los pies a quien lleva ya un lustro interponiéndose entre el camino que sigo y mi destino, ese que tú ya leíste, porque está escrito. Dile que yo ya me he rendido. Que no hay mal que desee a nadie, solo amigos. Que perdí y perdón he pedido hasta por los pecados no cometidos. Que nunca quise hacer daño, pasarme de listo, ni cometer delitos. Que yo ya solo escribo. Que entiendo que es pasado. Que por todo ello me quite de encima este hechizo. Que solo quiero paz, buena suerte y muchos libros. Que no quiero vivir así, maldito.

Gregorio S. Díaz "En la noche de las tinieblas" 

jueves, 26 de octubre de 2017

Oración.

Estás aquí. Aún siento tu cuerpo desnudo pegado al mío. Esa sensación que, tan solo al pensarlo, me produce escalofríos. Pero no, no estás aquí. Conforme te fuiste yendo, llegó una glaciación que lo inundó todo de frío. Todo de invierno. Ya no lucen las rosas rojas y muere cualquier atisbo de belleza en la naturaleza. Se congelan hasta los ríos. Pero no se hielan mis venas, que siguen a un corazón que late, cada vez más despacio. Ese que entregué, candente. El que ya no quema. El eco de la nieve y la bendita lluvia, limpian un alma que se sabe negra. Los truenos traen tormentosos recuerdos, las lágrimas nostalgia, impotencia y miedos. Los pajarillos, que al amanecer límpido del cielo cantan, me traen melodías que pensé olvidadas. Rezo al que controla este maldito juego, para que haga que vuelvas aquí y le demos mil vueltas al mundo. Tantas como besos nos debemos. Le suplico que devuelva el calor y la luz de sol a este paraje oscuro. Que deje de teñir con tinieblas los años que transcurren y no vuelven. Te suplico a ti…¿Estás aquí? Esa es tu voz o me estoy volviendo loco. Solo es mi oración, devuelta por la montaña. De nada valen mis súplicas, porque no puedes oírlas. Te perdí y perdí el norte, el rumbo del camino. Porque yo estaba seguro de que eras mi destino… 

"Oración" Gregorio S. Díaz