Musas

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lunes, 9 de junio de 2014

Madrid, 3 de junio de 1939

Querida mía:

Las lágrimas brotan de mis ojos en esta capilla donde me dejan escribir mis últimos suspiros de vida. Has de saber que, como siempre, llevabas razón y me santiguo a cada minuto, rezando a ese dios en el que siempre creíste y que nunca vi, pero al que tengo ahora demasiado cerca.  Llevo más de una semana condenado a muerte y hoy por fin se rescinde mi pena.  Yo que vi regresar a la gran España, a la gente gritarle a la República en las calles de Madrid en el 31. Yo que me cegué de ideas revolucionarias, por las que estoy aquí, aunque no sean motivo suficiente para ser fusilado. Ojalá te hubiera hecho caso, ojalá no hubiera sido tan ciego. ¡Ojala solo te hubiera mirado a ti! Habéis ganado la guerra sí, pero ten cuidado con el fascismo.

Me cogieron cuando estaba escondido en Barcelona, tras los bombardeos y la llegada de los nacionales en febrero. No pude ir con mis compañeros hacia la frontera francesa, no podía huir dejando a mis camaradas en la estocada, aunque mucha gente huyó ¿Qué sentido tiene? Luego me trajeron a Madrid donde he estado prisionero todo este tiempo. Y aquí se acaba todo.
Si me pongo a pensar, tampoco tú y yo hubiéramos tenido futuro. Yo que enarbolo la bandera tricolor y la camisa roja y tú que adoras la rojigualda y vistes la azul falangista. Es ahora, a punto de morir, cuando me doy cuenta de que solo somos personas, da igual en lo que creamos o las ideas políticas que prediquemos, somos personas, y ninguna merece el desprecio o el aprecio por tener unos determinados ideales o por pertenecer a una organización o partido.

No espero que me llores, pero, por favor, recuérdame. Es la única manera que tengo de vivir algo de ti.

Madrid, 3 de junio 1939.

Gregorio S. Díaz "Madrid, 3 de junio de 1939"

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