Musas

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martes, 7 de junio de 2016

Llueve.

Llueve. Llueve a cántaros y se desbordan las fuentes. Llueve, y París está empapada. Berlín se  encuentra inundada. Llueve, y Barcelona está incomunicada. Madrid arrasada. Llueve, y Granada está soleada. Llueve y mi corazón destrozado se llena de ríos por los que una vez tus naves surcaron, aunque ya no existe aquella isla en la que te convertiste en náufrago, se fue a pique al chocar con uno de esos iceberg calientes igual que el Titanic. Llueve y me ahogo entre sábanas mojadas, son restos del sudor que desde las pesadillas todavía me sacas. Ya no por las noches apasionadas en mi cama. Llueve y el cristal me dibuja gota a gota que ya no me quieres, que no te busque en otra y luego entre carreteras se desvanecen. Llueve y busco un motivo: las nubes también dibujan destinos. El mío lo corto porque apenas es un hilo, que no sabe dónde está ni por qué ha aparecido. Llueve y medito en la nostalgia. Esa puta barata que te llena de recuerdos y tristezas el alma, como cuando me hace pensar en un mundo más justo y ético siendo consciente de que ya no existe la Unión Soviética. Que el mundo se va a la mierda. Que tus ideas liberales esconden posturas reaccionarias y cobardes. Como si el mundo entero fuera burguesía y no explotados y pobres. Revolución y amor es lo que quisimos hacer y no conseguí matar a tus zares ni apuntalar nuestro castillo de aire. Sigue lloviendo. Sobre el Moscú traicionero. Sobre la Pekín vendida y sobre una España corrompida. Sigue lloviendo y no estás aquí, para bailar con las mariposas de marfil que nos alumbraron. Llueve y no tengo tu cuerpo empapado encima de mi cuerpo mojado. Llueve y suenan canciones de siempre. Llueve y me siento estúpido, loco, listo. Si perdí fue por mí, no por ti. No supe confiar en lo que podría dar de sí. Si perdimos, tuvo que ser así,  no esperes ganar  la guerra agachando la cabeza y escondiéndote en las trincheras. No luchamos contra el mundo ni nos dimos la mano. No quise darla desde entonces y, cuando la hice, se llevaron el brazo. Nos lo merecemos. Me lo merezco. Aunque no pienses que esto se ha acabado. Que tú has ganado y que yo, aquí, me quedo en el cementerio de fracasados. Resurgiré de las cenizas que un día quemamos. Volverás a caer, no en mi red, pero si en algún agujero. Volverás a ser presa. Aunque si te digo la verdad, prefiero que no pierdas. Que no caigas ni tropieces.  Para que así te enteres y de mí te acuerdes: te faltará por siempre el escritor sobre el que continuamente llueve, que morirá borracho y drogado, buscando una ciudad en la que no hayas estado, ni contaminado, y sobre la que no llueva. Habrá caído sobre mí, entonces, toda la tormenta que tus ojos, por nosotros, nunca hayan desencadenado. 

Gregorio S. Díaz "Llueve" 

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