Musas

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sábado, 1 de noviembre de 2014

Un fin de semana de noviembre.

Posaste tu risa sobre unas mejillas coloradas, un fin de semana de noviembre. Yo qué iba a saber de qué iba el negro del cuero que te recubría por completo. Qué iba a saber yo, de esos rojos labios y esa tez tan pálida. Cortaste mis alas, y tú tuviste el cielo abierto. Qué intercambio de golpes. Hasta que todo se rompió, a voces. Que recorrimos calles y calles de la mano. En la otra un vaso con bebida, que parecía nunca acabarse y que me hacía verte un poco más amarilla. La marca por los suelos y las paredes, de grises nombres que, aunque parezca mentira, tras todos estos años, no se han borrado. Más bien se han ido difuminando. Para dar la señal de que una vez estuvieron ahí. Que te recuerdo empapada y tiritando, con una manta en mi cama, jugando como inocentes adolescentes a las justas y adorables caricias. Perdí mi tiempo en ese lecho, cuando pude estar todo el día con liquido por mi estómago corriendo, aunque si lo pienso ahora, es un buen recuerdo, aunque ya no lo recuerde del todo. Que te hice caso y pronto fui a acostar, y para qué, si ahora no estás aquí para que te vuelva a hacer caso, ni unas manos que acaricien mi falta de necesidad. Es mejor ser rebelde, parece. La única alternativa. Que aquel fin de semana solo fue una vez en la vida y yo no lo exprimí. No tuve en mente el carpe diem. No te tuve más a ti.

Gregorio S. Díaz "Un fin de semana de noviembre" 

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