Musas

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sábado, 14 de febrero de 2015

Perdido.

Que llevo tiempo perdido no es un secreto, no voy a negártelo, no, lo que sí que voy a hacer es no permitirte una falta de respeto. Que tengo miles de vidas pasadas, y qué pasa. Ninguna se ha colmatado en los cimientos de una buena casa. Que sí, que lo sé, que también he visto muchos trenes desde el andén, esperando siempre el siguiente. Pensaba que las vías no se detendrían y que, aunque no eléctrico, el vapor haría moverse a unos vagones hipotéticos. Y aquí me ves. El reloj de la estación tiene las agujas en un tiempo que se ha visto desbordado por la realidad. Las plantas crecen y campan a sus anchas, porque no recuerdan cuándo fue la última vez que por aquí pasó una huella humana. Los ruidos urbanos han sido enturbiados por los de una naturaleza que me parece ajena, pero que entrega paz. Ya no quiero salir de aquí. Perdido, en algún remoto, lugar. Rascándome una barba que nunca me quise dejar. Resguardándome del frío y la lluvia entre cuatro paredes antiguas. No dejo de mirar la ventana, de afinar el oído. Por si llega algún medio de transporte que me deje de salir de mi propio precipicio. Pero, ¿y si cuando llegue el momento no quiero partir? ¿Y si ya considero a esto, ser feliz?

Gregorio S. Díaz "Perdido."

1 comentario:

  1. Consejo va, consejo viene.
    Andamos como animales ansiosos repartiendo consejos a diestro y siniestro. Desde los más frecuentes y estúpidos como sé tú mismo, implícito en nuestro ser, hasta los más saludables, debes mirar más por ti y menos por los demás. Somos expertos en aconsejar todo aquello que nosotros no podemos aplicar en nuestras vidas, quizás porque ese hecho es el único que nos permite gozar de un instante de satisfacción. Qué quieres hacerle, parece que hemos venido a resolver el problema ajeno porque el nuestro ha quedado anclado en aquellos puertos olvidados. Cada día son más los que viven la vida de los demás por encima de la suya, los que se apoderan del problema ajeno para cubrir aquél que hace tiempo que permanece escondido debajo de esa alfombra que siempre aspiramos sin tener el valor de levantar.
    Añoranza de tiempos futuros, de esa estabilidad inherente en el proyecto que todo ser humano busca: compartir la vida, superar obstáculos, crecer y proyectarse con todo ello hacia el futuro, amando cicatrices y recordando con orgullo todo aquello que hoy te hace ser y estar aquí. Cuando algún proyecto se rompe consigue destruir nuestra autoestima, nuestra seguridad, nuestra confianza y nos conduce a sentir miedo de volver a confiar, complejo de culpa ante el daño que nos han hecho, temor a volver a exponerse cuando el tiempo acecha y, sobretodo, a sentirnos tremendamente vulnerables a nivel emocional. Evidentemente, ante todo esto no hay pequeños placeres que valgan, ni personas queridas que nos acompañen ni nada que se reduzca a la inmediatez ni a lo que ya teníamos y hemos perdido. Son islas independientes. Y cuando una desaparece no hay que mar que sacie el dolor que nos produce la pérdida de la otra, de todos los horizontes que nuestra mente proyectaba hacia el futuro.
    No me quedan consejos para darte. Empieza a escucharte. A no dar por hecho que tenemos que tener luz a todas horas y cielos sin nubes. A no querer vivir ni un minuto en la cara oscura de la luna. Que nunca más nos pase por alto ni un pedazo de cielo como el de hoy, morado, frío y repleto de nubes. Que no perdamos nunca la pista de los caminos de la luna entre tantas piedras que se cuelan siempre en nuestros zapatos.

    Demasiado consejo para tan poca fuerza de voluntad y autoconciencia. Consejero de ti.

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