Te vi. Te vi allí. Sí, sí. A ti. A ti pero a otra tú. Sé que eras tú porque
vi tu reflejo futuro en la pupila dilatada. Yo estaba allí, pero era otro yo.
Lo sé porque vi mi figura en el espejo reflejada. A pesar de que parecía todo
abstracto, si me fijaba podía observar los detalles del cuarto. El parqué en la
pared y retratos colgados. Música ochentera, a toda voz. Lo único que me vino a
la mente fue que aquellas melodías estaban prohibidas en esta parte del Muro y
sin embargo me quitaste el miedo y el hipo con tu baile y tu desnudo ombligo.
Te acercaste cantando, llevándote un dedo a la boca, plantándome un beso de
esos y yo, luego, un: estás loca. Las pecas te recorrían la cara. Y eras tú.
Eras tú. Siendo diferente, pero tú. En
otro cuerpo, en otra vida. En otro tiempo, en otra apariencia. Justo como yo.
Aun así, allí estábamos los dos. Como ahora. Los dos. Otras personas, otros
rostros, pero, en el fondo, los mismos nosotros. El Muro cayó, el mundo del
este se desinfló. Resurgió en lo Oriental la música pop. La humanidad entró en
un nuevo siglo, que nos sirvió de contexto para conocernos. Otra vez. Como creo
conocerte, desde siempre. Y si cierro los ojos, siempre se convierte en
eternamente. El lazo rojo que nos une no lo puede deshilachar ni las brujas que
nos envenenan las nubes. Sus hechizos no podrán con el tiempo, ni con otras
personas de las que habitaremos el cuerpo.
Gregorio S. Díaz "Otra tú."