Musas

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miércoles, 3 de febrero de 2016

Señor.

Dónde y cuándo. Dónde y cuándo, señor, se dejó usted la carita de niño bueno. La juventud de su cuerpo, la pureza de su rostro y el alma de ángel travieso. Yo solo sé, señor, que tuvo que ser a lo largo del camino, esos duros pasos que ha logrado dar todo este tiempo. Sin darse cuenta, señor, sin percatarse. Se fue haciendo mayor, inevitablemente, sin dejar de ser un niño. Se fue percatando de la realidad, que no era tan fantástica como suponía la épica. Dónde y cuándo, señor cuénteme, se dejó aquella bonita conciencia de la ignorancia, creyéndose igual que el resto. Aquellos lejanos pensamientos de sangre y vampiros cercanos, de victorias mutiladas y de reinos en cuentos y personajes divididos. Solo le puedo decir, señor, que tuvieron que ser todos esos libros, los que le vivieron y los que, por igual, le mataron un poquito. La soledad de los amores de hielo y barra, de mensajes y distancia, los que le inmunizaron a los de papel y espada. Sin enterarse señor, le fueron comiendo la tostada, ganando la batalla. Fue recostándose, sin pensarlo, en su sofá. Sin querer salir y plantar al mal cara. Sin apenas saberlo, señor, le creció la barba y las dudas de la academia le hicieron aún más mella. Señor, por favor dígame, dónde y cuándo se dejó las ganas. Las de los viajes y las aventuras, todas las ideas que le hacían sangrar tinta. En qué momento, permítame preguntarle, empezó a pensar en la guadaña. Señor, dígaselo al niño que dentro de su interior se halla.

Gregorio S. Díaz "Señor" 




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