Musas

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domingo, 25 de septiembre de 2016

Última confesión.

Tranquila, no te asustes ni te sulfures. Me encuentro bien. A ti te veo mayor, peinando canas y vistiendo arrugas. Es el lento paso de los años el que provoca ese efecto. En tu piel puedo ver cada momento que has vivido. Demasiado tiempo, opino yo. Demasiado tiempo, repites tú, pero sigues como siempre. Supongo que me quedé cristalizado. Roto. Paralizado. Como Walt Disney, criogenizado. Quizá lo que pasa es que morí y hoy, que es tu hora, vuelvo, como lo que un día escribí en un libro que nunca llegaste a tocar.  A leer. A diseccionar. Entre líneas estabas tú. Entre todas. Quizá es que me muero y es un juego macabro del destino, que nos debía un reencuentro, a pesar de que para ti hayan pasado cincuenta años y para mí solo ocho. Es culpa del caprichoso tiempo que esperaba al momento perfecto. Ahora que lo preguntas yo tampoco lo entiendo. No sé a dónde fue ni porque nunca volví a verlo. Ese niño que fui, al que siempre le acompañaba un sufrimiento. Ese que te hacía estallar la cabeza con ideas, primero raras, más tarde, revolucionarias. Qué fue de mí y de esas letras que olvidaste un día cualquiera. Confieso, como última voluntad, que te estuve esperando tanto tiempo que se me hizo eterno. Rápido nos desconocimos, lento nos confundimos y perdimos. Ya será tarde, ahora camino hacia adelante con otros ojos que me devuelve mi espejo. El mismo en el que te miraste y que, hasta hoy, escondía tu reflejo. Confieso que recorrí valles espinosos. Más de siete mares, porque me ahogué también en las aguas de los mundos que inventé y que no eran de este planeta. Subí al cielo para enredarme en las nubes y pedirle consejo. Vi a la Luna de tu parte y clara mi derrota. Podía haber elegido la victoria. Solo era cuestión de elegir y quedarme. Agarrar sus manos de manera torpe. Pero es que sin querer te buscaba. Por eso viví tantas aventuras. Porque te esperaba. Querida, por última vez ante ti me confieso, no gastaré más tinta en un recuerdo etéreo. Porque la estación está sola y vacía. Porque, atado en sus vías, ya no te espero.

Gregorio S. Díaz "Última confesión."

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