Musas

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jueves, 22 de septiembre de 2016

Último veinticinco.

Zapatos marrones. Camisa, perfume que solía embriagar y pantalones. Noche de septiembre cerrada, como fueron siempre. Oscuridad en la carretera, acelerador a fondo y música rara hasta que entras. Dejas un aroma de mujer, que inhibe sentidos y el alma, del que ya no me acordaba. Vestido ceñido, labios coloridos, pelo recogido. Tacones altos. Algo sencillo. Risa tonta y frágil. Puesta al día y silencio incómodo. Situación extraña. Bizarra. Conocerte entera y desconocerte por igual. Ambos con la mirada perdida, queriendo mirarnos a la cara.  Como aquellos dos niños que, frente a frente, promesas de amor se juraban. Esas que ya están borrosas y borradas. Bar de mala muerte. Música típica. Cerveza mala. Voces forzadas. Me confundo al mirarte. Tenues anécdotas de vidas ya nuevas. Y aburridas. Sin chispa. Rompemos esquemas. Ya no seguimos protocolos. Esto no me sirve, ni esta cerveza emborracha ni llena. Yo quiero alguien como tú, que ponzoñosa, intoxica y envenena. Y ya que no puedes ser tú, al menos que no se te parezca. Plan 'b' de botella. Concretamente de ron, mientras que tumbados en tu sillón, van pasando canciones ya muertas. Las que sin saberlo forman parte de una banda sonora célebre y dolorosa. Las que algún día se bailarán en verbenas novedosas. Hielos, cola y tragos largos. Se te va ese carmín de labios. Se te escurre la mancha de ojos, porque lloras de risa, y no antiguamente, cuando lo hacías de pena. Quema el esófago con los chupitos. Nos ponemos rebeldes y enrojecidos. Estamos de acuerdo en que los veranos son malditos y los otoños benditos. Te acercas un poco más y ganamos lo que perdimos: complicidad. Que no se nos marcha ni pegándole tres tiros. Te vuelvo a contar, como una historia de vida más, que te quise desde un día cualquiera y aleatorio, cuando no nos conocíamos ni nos cruzábamos. Tenías que ser para mí, no me dejaba de repetir. Vuelves a saber de aquel verano en el que me enamoré de ti, culminado con un baile lento a cuatro bandas, en aquella noche tan mágica como trágica. También de septiembre. Como la de años más tarde, llena de una misma estrella, trivial, vino y candela. Te recuerdo que estabas preciosa apoyada en la pared en la que, yo no te dije, contestaste que sí. Que tu beso en la mejilla se llevó la timidez del que es nuevo en el arte de vivir cerrando los ojos y de puntillas. Otras cosas me las recordarás tú, yo no puedo llegar a todo, he olvidado y casi no me acuerdo de nada. Se me baja el ron cuando subimos el tono, reprochándonos no usar pegamento, no pode repetir cada noche noches como esta. Avanzamos y nos cansamos. La Universidad terminó por fracturarnos. El tiempo acabó por alejarnos. Alguien nos brindó nuevas oportunidades. Eso ya fue. Hoy me quedo aquí, contigo. Bebiendo, sonriendo y compartiendo como antaño. Durmiendo completamente borrachos. Hombro con hombro. Nada más. Ya somos adultos, conocemos el valor del compromiso. Sabemos a los que atenernos. Una noche de sueños. Por una última vez que cierra, definitivamente, el círculo. Sería un plan perfecto para nuestro último veinticinco. 

Gregorio S. Díaz "Último veinticinco"

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