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3 de junio de 2018

Entre Hoover y Colingwood.

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Por el rabillo del ojo ya te atisbé, justo al principio de la osadía. Con libros sobre el pecho. Tomando apuntes, a velocidad de vértigo. Justo cuando la mirada volvías. No te conocí hasta que llegaron Hoover y Colingwood. Cuando mi vida se había vuelto de blanco y negro puesto que Bonnie había decidido dejar morir solo a Clyde. El mismo otoño en el que no solo el martes y el jueves, sino todos los días se calificaban como negros. No sé si recuerdas, compartimos paseo bajo la lluvia antes de entrar al glorioso final de fiesta americana. Donde me llevé el segundo oro, quizá tu la plata. Y ella no sé qué se llevó, la dejamos sin nada. Te desvaneciste en una foto de promoción, ya caducada. Años después, la embajada norteamericana pareció unir al fin nuestras almas. Como si de una comedia típica se tratara. Yo te quería enseñar la Alhambra, como si fueses Eisenhower en aquellos años cincuenta donde España no contaba. Quería dejarte mi huella marcada: la puerta de las Granadas. Por si, en el futuro, tuvieras otras fiesta americana y tuvieras que enmarcarla. Corregirla. Comentarla.  Un beso, quizá, para terminar la velada. No sé si, como Selena, tendrás ganas. Puede que te rehaga. Que te mantenga cerca. Que te cure. Así, luego te marchas. Y escribiré que grites mi nombre. Y yo gritaré el tuyo las noches estrelladas. 

Gregorio S. Díaz "Entre Hoover y Colingwood"

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